Merecer una Constitución
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Hay muchas formas de manifestar el amor a un país. Siempre he reivindicado, por ejemplo, que una forma de amor es ser crítico con el comportamiento de la población ecuatoriana a lo largo de la historia, como lo han hecho algunos intelectuales desde distintas visiones. Nos ha faltado cumplir reglas. Esta es una interpelación dura, pero siempre desde el deseo de construir un futuro sin repetir los errores del pasado. En esta ocasión, sin embargo, deseo hablar de una forma de amor muy puntual, que suele ser lúcida y tiene que ver con la generación de pensamiento teórico.
Es en ese sentido que celebro el libro, de reciente publicación, ‘Derecho Constitucional. Introducción a la Teoría del Estado, la Teoría de la Constitución y el Constitucionalismo’, del profesor José Luis Castro Montero. Y hay muchos motivos para esta celebración. Por ejemplo, el contexto en el que aparece esta obra. Un país al que la construcción de su proyecto constitucional le sigue costando harto, al menos 20 textos constitucionales y un número similar de asambleas constituyentes, así como golpes de estado, caídas de cortes supremas y tribunales constitucionales, un sin número de crisis políticas y revoluciones sociales. Y, sin embargo, aún hay quienes creen que el problema del país es el texto constitucional y no el comportamiento de la clase política y de la misma sociedad.
José Luis Castro, entonces, ha construido un excelente manual introductorio sobre la evolución del concepto de Estado, particularmente el ecuatoriano, y los alcances de sus cartas constitucionales en el desarrollo del constitucionalismo como relato de la Modernidad. Y es que el devenir político del Ecuador también se ha inscrito en los grandes debates teóricos del mundo, por tanto, en el lento y difícil intento de la humanidad de construir el Estado de Derecho, como etapa posterior al Estado absoluto, pero también como paradigma de una conquista que nunca es definitiva, sino frágil. Pues la tentación de romperlo es constante y, consecuentemente, también son constantes los riesgos a la dignidad humana.
En tiempos en que quienes se dicen constitucionalistas, o aquellos a quienes los medios irresponsablemente llamen de esa manera, han contribuido a los intentos de desmantelamiento del orden constitucional, José Luis Castro ofrece teoría, pensamiento y debate. Su mirada, probablemente, busca detenerse en los estudiantes de Derecho, es decir, en el futuro, con la esperanza de recuperar el decoro y la integridad de una profesión que hoy, en el país, se ha vuelto en parte una tramitología insustancial y carente de entendimiento de su rol en la sociedad, que es, y siempre será, la defensa de la democracia y el régimen de derechos.
Quienes quieran acercarse a la actualidad del país con un bagaje profundo, que les permita entender su pasado y su actual configuración política y social, deberían leer la obra de José Luis Castro. No sólo es útil para estudiantes, sino para la formación de una ciudadanía deliberante y más consciente del rol que desempeña. Y es que el trayecto andado, desde 1830, hasta la constitución vigente, recientemente ratificada en las urnas, solo puede entenderse como la suma de esfuerzos de la sociedad ecuatoriana para labrarse su destino. El libro, entonces, sí es un acto de amor y memoria ya que su móvil es la confianza del autor en la idea de que este país tiene sentido. La Constitución, el mismo constitucionalismo, es el mapa de navegación hacia el futuro. Ojalá podamos tener la lucidez de merecer esta difícil pero valiente historia que ha buscado construir el Estado constitucional.