Narrar y narrar la conquista de América
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Un proceso de civilización y libertad es cómo entiende Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a la conquista de México y, probablemente, de toda la América que fue parte del imperio español. Méjico, dice, no México, para reiterarle, supongo, a la décimo tercera economía del mundo (hoy más grande que la española) que la lengua cervantina que hoy hablan sus habitantes llegó con ellos a partir de las carabelas de Colón. Y es cierto, pues la impusieron a sangre y fuego tras la caída de Tenochtitlan, un hecho que Ayuso contextualiza como un hito en el proceso, que ella admira, de la evangelización y el mestizaje. Por eso, no dudará jamás en la pertinencia de rendirle todos los homenajes que sean posibles al conquistador Hernán Cortés.
La historia -la historiografía, por supuesto- suele ser un territorio de disputa, más aún en tiempos como estos, de polarización y fanatismo. Por supuesto que la conquista de lo que hoy es América Latina, y su colonización, es muchísimo más compleja e interesante que la versión maniquea de Ayuso e, incluso, que la de sus detractores. No fue un asunto de buenos contra malos, ni puede ser contado en blanco y negro. Fue un proceso histórico de consecuencias planetarias que, para su estudio, requiere una mirada capaz del plano múltiple, de la duda y de una mirada tan crítica como amplia, plural e integradora.
Resulta fascinante, en ese sentido, la existencia de una corriente de la actual literatura latinoamericana que indaga, a través de la novela histórica, precisamente sobre esos temas: la conquista y, también, la independencia, como si fueran dos caras de una misma moneda. Esa ansiedad es por lo menos lógica: son hitos que configuraron al mundo y nuestra capacidad de leer el presente, para proyectar un futuro, depende de nuestro entendimiento de aquel pasado. Por eso, probablemente, Ayuso dice lo que dice. Intenta que su relato participe en lo que será la articulación del futuro.
Es en ese sentido como se reafirma el poder de la literatura para dimensionar las características de cada tiempo y sus grandes debates. Por ejemplo, la novela 'Un día cualquiera', de Carlos Arcos Cabrera, aborda tanto la caída de Moctezuma como la fundación española de Quito, así como 'El espía del inca' de Rafael Dumett y 'Francisca' de Alonso Cueto dan cuenta del violento contacto entre europeos y sudamericanos. Obras para la inteligencia y la complejidad, no apologías de la colonización.
A este grupo se suma, entonces, 'Las niñas del naranjel' de Gabriela Cabezón Cámara, que construye una ficción basada en Catalina de Erauso, también conocida como la monja alférez. Fue novicia, paje, recadera, contadora, escribiente (llegó a ser escritora), grumete, tendero, comerciante, espadachín, arriero, celebridad pública reconocida por el papa Urbano VII y una figura relevante en los antecedentes de las disidencias del género en el contexto, muy a pesar de Ayuso, de Occidente. Cabezón Cámara utiliza a esta persona real para imaginar una historia en el interior selvático del Río Paraná, en donde los mitos de los pueblos amazónicos dialogan con una cultura de reciente arribo y proponen preguntas sobre la realidad que, en aquel momento, se estaba configurando.
El título se refiere a dos niñas guaraníes que empiezan a conocer el imaginario cultural y espiritual de la lengua española gracias a un militar que fue novicia y que encarna, en sus contradicciones, la multiplicidad de ese proceso: la violencia y la crueldad al desnudo y también la ternura y el cuidado. Hay que decir que esta obra es meritoria no solo por su propuesta creativa, que ha dado como resultado una narración maravillosa, sino también por el meticuloso trabajo con el lenguaje, no para reconstruir formas y modismos de los siglos XVI y XVII, sino para reconocer, con la ayuda del género epistolar, la dimensión afectiva, normativa y transformadora de todas las lenguas frente a la historia de los pueblos y las sociedades.
Occidente, entonces, es mucho más que una nostalgia decadente por el pasado de un imperio extinto. También es el hecho de narrar heridas por medio de la palabra, así como de sanarlas en el tiempo gracias a la memoria y al poder del lenguaje. Cuando el populismo histórico abrasa la simplicidad, la literatura histórica aporta con la complejidad. Y es que casi siempre las zonas grises son las fundamentales y esa es una vieja enseñanza que, entre otras, nos ofrece la lengua de Cervantes, pues en sus registros conviven un gran cúmulo de culturas, espiritualidades y filosofías. De Homero a Averroes. De Santo Tomás de Aquino a Guamán Poma de Ayala. Cruces cristianas, soles y lunas. Sincretismos. Encuentros y desencuentros. El siglo de oro. La herencia árabe en el flamenco o en los sonetos de Lorca. Los laberintos de Borges. Los animales que son deidades. El sujeto y su circunstancia. La razón y la magia. La conciencia del mundo.