Punto de fuga
Con estos asambleístas, para qué enemigos
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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¿Con quién será de hablar para redactar una ley que establezca que una persona que gana su postulación como asambleísta no pueda retirarse antes del final de su mandato para postularse a otro cargo público o mandarse a cambiar a algún ministerio o embajada? Elaboro un poco mejor la idea: o sea, podrán renunciar al cargo —obviamente, cada uno es libre de hacer con su vida lo que quiera—, pero lo que no podrán hacer es ejercer alegremente otro cargo durante el tiempo que les reste para terminar el cargo para el que fueron elegidos.
Es decir, si les faltan 3 años para terminar su período de asambleístas, solo al término de dicho período serán libres de postularse para, o de ejercer, otro cargo público. El problema, yo sé, es que es con ellos mismos con quienes hay que hablar para hacer esta reforma. Y a esta gente no hay cómo encargarle ni un saco de alacranes, no se diga la elaboración de una ley coherente y completa o, peor aún, una dignidad pública.
Me hago otra pregunta (o varias): ¿para qué buscaron ser asambleístas si sabían que se iban a ir casi inmediatamente?; ¿tienen una idea de lo que significa ser parte del primer poder del Estado?; ¿siguen sin saber las funciones de la Asamblea Nacional y, por tanto, sus obligaciones políticas al ser parte de ella?; ¿estuvieron mintiendo todo el tiempo cuando pidieron el voto a cuanto incauto se los quiso dar? (esta es una pregunta retórica, la respuesta es obvia); ¿consideran peleles y tontos útiles a sus votantes? (otra vez, pregunta retórica); ¿serán tan malos alcaldes, prefectos, viceprefectos, concejales, etc. como fueron malos asambleístas? (ya saben, pregunta retórica).
Si se concretan todas renuncias y posteriores postulaciones de aproximadamente una veintena de asambleístas, lo más grave no será que el 14% de los representantes del primer poder del Estado —elegidos hace poco más de un año— dejen botando el cargo y ya estén entusiasmados con otra chamba, sino que haya gente que vaya a votar nuevamente por ellos, que están demostrando con creces que no tienen ni la responsabilidad ni la honestidad intelectual que cualquier cargo público demanda.
Sería bueno que fuera problema únicamente de quienes van a volver a darles su voto (por la razón que fuera: interés, confianza genuina, esperanza…), pero no, lo terrible de todo esto que nos van a encartar a todos con funcionarios que ya han dado pruebas sobradas de no funcionar. Solo que ahora lo van a poner en práctica en un nuevo puesto público. Es de llorar.
No apelo a ellos, porque sé que nada se les puede pedir (basta con revisar su bajo rendimiento, el de los que se van y el de los que se quedan). Apelo al mínimo vestigio de sentido común que quede a los votantes para no volver a dar el chance a ningún funcionario que haya abandonado el cargo. Así como dejan botadas sus curules, mañana bien pueden dejar botada la alcaldía, la prefectura, la concejalía. Solo bastará que un botín más grande esté al alcance y allá irán, traicionando toda la confianza y responsabilidades depositadas en ellos.
Si el abandono de sus cargos (que es una forma de desprecio por el servicio público) dice horrores de ellos, el hecho de que haya gente dispuesta a darles otra vez el voto habla peor de sus votantes. Como los eligen a sabiendas de lo que son capaces (y de lo incapaces para el servicio público que son), después no deberían tener derecho a quejarse de tener a esos enemigos enquistados en alcaldías y prefecturas. Y cuando sea el momento: a llorar a la llorería, mis queridos, porque guerra avisada no mata votantes.