El Chef de la Política
Fanáticos
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Un fanático no tiene límites. Cualquier posibilidad de escuchar argumentos provenientes de otra visión del mundo le está vedada. Para el fanático, eso es simplemente una pérdida de tiempo. Las cosas son tal cuál él las cree y no hay poder humano, y tampoco divino, que le permita modificar en un ápice la posición que ha asumido como legítima. No solo es legítima, sino que es la única legítima. Todo lo que vaya en contra de su opinión es un error. Así, sin más. Para el fanático, el mero hecho de compartir un espacio con alguien que no está alineado a su posición es una forma de claudicar, es traicionar a sus principios. No es la ética de la convicción de Max Weber pues allí hay racionalidad en la creación de convicciones, creencias y valores. Acá, en el fanático, imperan las rigideces, el extremismo, la pura devoción malsana.
Fanáticos hay en todos los ámbitos de la vida pública y sus formas de entender el deporte, la música, el arte, la ciencia o cualquier expresión humana están regida por los mismos principios: lo que a mí me gusta sirve y es lo único que sirve. Si no estás de acuerdo, simplemente eres mi enemigo. Mejor, eres un paria al que no se le puede reconocer ningún mérito en lo que dice o hace. En definitiva, el que piensa distinto del fanático no pasa de ser un pobre individuo incapaz de observar la verdad revelada y que no solo merece compasión sino en muchos casos también el ostracismo o el castigo corporal. No hay exageración en lo descrito. De estos casos la historia humana tiene cientos de ejemplos, tristemente célebres.
En la política los fanáticos también están presentes y son los que han causado los peores perjuicios a las sociedades. La búsqueda de acuerdos y la posibilidad de negociar, elementos esenciales de la vida política, son para ellos una afrenta. Reconocer algún nivel de mérito en la actuación de sus adversarios no es posible pues basta que no piensen como ellos para que la capacidad de valorar al otro se elimine por completo. Como el fanático no razona, sino que actúa por impulso, lo que le viene a la cabeza inmediatamente luego de oír (no escuchar) a alguien que piense distinto es la ofensa vil o la estigmatización.
Hay fanáticos que no defienden ideas o creencias, sino que simplemente odian a alguna persona o grupo de personas. Este particular tipo de fanático asume que cualquiera que no sienta repudio por quienes él repudia es porque es parte del "otro". Como buen fanático, cree firmemente que esa persona o grupo de personas es lo peor que le puede pasar a la sociedad. Si no te enmarcas exactamente en los parámetros que establecen mis argumentos extraídos de las vísceras entonces merecen el escarnio público o cualquier tipo de sanción. Al final, si te castigan, te lo mereces. Así piensa el fanático promedio.
Ser fanático no tiene que ver con formación universitaria ni estrato socioeconómico. De hecho, los fanáticos más visibles son doctorcitos, asisten a banquetes de mantel largo y hablan como si tuvieran una papa en la boca. Estos son los peores y son a los que el país debería prestar más atención porque tienen espacios de opinión pública. Pero ojo, no hay que confundir al fanático, que al final del día cree como verdad revelada en sus posiciones, del sujeto ruin que simplemente se adhiere a los fanáticos por intereses de momento, sobre todo de naturaleza económica. Ese tipo de personas no son fanáticos y mal haríamos en encasillarlos en este segmento. Ellos saben que lo que hacen o dicen va en contra de lo que piensan o de los hechos, pero ante los estímulos que están a la vista, prefieren sumarse al grupo de fanáticos.
Ellos, en realidad, dejarán su posición radical una vez que los tiempos políticos cambien y allí, como han hecho siempre, tratarán de remar en el sentido que mejor convenga. Esa gente no es fanática. Esa gente es pusilánime. Son profundamente peores para la sociedad, desde luego, y precisamente por ello haríamos mal en encasillarlas en el grupo de fanáticos a quienes, en algún momento, la tolerancia y la ecuanimidad puede abordarles.