Iván Carvajal, el poeta
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Ha muerto Iván Carvajal. Un poeta inmenso. Resulta tan curiosa la manera en que sucede la vida. Hace pocas semanas me llegó, por fin, su ‘Poesía reunida 1970-2022’. La adquirí con anticipación y la esperé con ansias. Hubo días en los que me exasperó la demora. Fui muy feliz cuando, finalmente, estuvo en mis manos. Sentí que mi biblioteca respiraba. Recordé las ocasiones en que me encontré de casualidad con él, generalmente en un restaurante español de la calle Tamayo, en La Mariscal. Pensé que lo lógico sería escribirle y proponerle que nos viéramos allí, a fin de lograr una dedicatoria en mi libro. Supuse que había tiempo. Olvidé que casi nunca hay tiempo.
En realidad, aquellos encuentros no habían sido tan recientes. No había caído yo en la cuenta. Y es que el tiempo corre con una tenacidad inexplicable. En todo caso mi relación con mi biblioteca no deja de ser un desafío. Me he propuesto no comprar más libros, porque ya no sé dónde ponerlos. Pero nunca cumplo con esa palabra. Quizá me contengo a ratos. Me entristece la posibilidad de saber que no me alcanzará la vida para leerlos todos. Tal vez lo que me hace seguir adquiriéndolos es la esperanza, irracional, de que el tiempo alcanzará.
Alguna vez me dije que los libros fundamentales, aquellos sin los que no podría vivir, son los de poesía. Es la poesía. No alcanzo, ni siquiera, a imaginarme mi existencia sin ellos. Por eso la llegada del libro de Iván Carvajal fue algo importante: “Simulacro de la escarcha/ en el día soleado,/ mapa de un cielo de estrellas/ albas y enanas, o un firmamento/ que apenas se sostiene”. Quiero decir que sentí una sensación de paz, como si el cosmos estuviera sutilmente organizado. Recordé, creo, la ocasión en que caminé, errático y melancólico, quizá ya sumido en la perspectiva o certeza del fracaso amoroso, por las orillas del Potomac en la ciudad de Washington y encontré –“en su milagro” – los cerezos en flor.
Vino, también, a mi memoria una ocasión irrepetible en Barcelona. Leonardo Valencia había organizado un conversatorio con Iván en su Laboratorio de Escritura. El invierno ya no era tal y la ciudad estaba en la calle. No tuvimos mucho público, creo que éramos un puñado de personas. Carvajal accedió a mi pedido de leer ‘La ofrenda del cerezo’ para ese pequeño grupo electrizado. Bajo la cadencia telúrica de su voz comprendí que cuando Carvajal se refería al cerezo hablaba, en realidad, del poema. Manifestaba su visión del acto creativo, de la palabra poética, del mundo. Tiempo atrás, cuando yo había sido un joven reportero, me había enfatizado en una entrevista que no importaba tanto la trascendencia o fama del poema, pues en un mundo y una vida humana tan frágiles lo fundamental era el simple acto, lleno de energía y valor, con “total concentración y altísima responsabilidad personal”, de escribir el poema. Con esa actitud quise asumir mi vida.
En ‘La ofrenda del cerezo’ recalcó una y otra vez esa declaración de principios: “El mundo podría seguir rotando sobre su eje/ aun si no estuviese este cerezo en marzo”. Y también: “Ninguna necesidad de él tienen los imperios./ Seguirán su curso los negocios./ El asesino no detendrá el disparo ni/ la víctima se volvería a mirarlo […] Ninguna necesidad tiene el cerezo/ que venga de tan lejos y me detenga/ a contemplarlo en su milagro./ Nada es necesario para el árbol/ salvo la luz, la noche, el agua/ los fermentos, la brisa del Potomac/ y el vuelo de las moscas./ La rotación incesante de la Tierra.” Me parece que ese sentido de lo efímero, que sin embargo resulta milagroso y simple, como la vida y la experiencia amorosa, está de otro modo presente en ‘Los amantes de Sumpa’: “persistir es vivir/ y volver a morir/ insistir”.
Hoy, en retrospectiva, siento que esos poemas me dieron claridad y amplitud de mirada. Y es que Iván, en cuanto a su condición de poeta, era también filósofo y profesor. Alguna vez me dijo que, además, se sentía un intelectual, lo cual para él consistía en “la actitud de reflexionar sobre las condiciones de la convivencia humana y sobre los distintos aspectos de la vida social”. No fuimos tan cercanos ni constantes, pero sus lecciones fueron inmensas y siempre lo consideré un maestro. Me gusta pensar que algo de su visión sobre la poesía sobrevive en mi propia visión del mundo. Y así creo que es como entiendo y siento a la permanencia de su poesía reunida, ya sin la firma del autor, en mi biblioteca.