Otra vez, los enemigos del pueblo
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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Una preocupante tendencia autoritaria se está esparciendo en América Latina, incluso en países que se consideraban inmunes por su tradicional solidez institucional. Con el justificativo de la inseguridad, varios gobiernos alrededor de la región están concentrando poderes y eliminando los pesos y contrapesos propios de una democracia liberal. La lista incluye a países como El Salvador, Costa Rica, Ecuador, México y Honduras. Las víctimas otra vez son las libertades personales como la libertad de expresión, de prensa, una competencia electoral libre y en igualdad de condiciones, una efectiva rendición de cuentas acerca del ejercicio del poder y de la administración de las rentas del Estado.
Ya sea en nombre de la seguridad, la salud, o la vida, la pobreza, y la desigualdad, se proclaman estados de emergencia o de excepción temporales que luego se vuelven permanentes. Así los gobiernos adquieren poderes extraordinarios que pueden (y suelen) ser abusados. ¿Vale la pena sacrificar la libertad a cambio de seguridad? Quienes todos los días sufren pánico regresando a sus casas no dudarían en responder que sí, pero deben estar conscientes del riesgo implícito en ese intercambio. En efecto, se intercambia un tipo de violencia por otro: la narcoviolencia por aquella de un Estado sin límites a su poder. El costo puede ser altísimo y la cuenta no se presenta de manera inmediata.
Hay que reconocer que el populismo encuentra terreno fértil en problemas reales. La pobreza, la falta de oportunidades en economías que casi no crecen o no lo suficiente para acomodar las expectativas de progreso de su población dieron paso a un populismo chavista que prometía darle correazos a los corruptos de siempre y redistribuir la riqueza hacia los más necesitados. Ahora, la inseguridad está dando paso a un populismo que promete darle una batalla sin tregua a los narcos y darle al pueblo paz y tranquilidad. En ambos casos, aparece un líder a la cabeza prometiendo rescatarnos de algún grupo de individuos designados como enemigos del pueblo.
América Latina atraviesa una segunda ola del populismo del Siglo XXI. Si a la primera se la denominó chavismo en honor a Hugo Chávez, a la segunda le podríamos llamar “bukelismo” en honor a Nayib Bukele del El Salvador. Diversos líderes de gobiernos democráticos han hecho el peregrinaje a El Salvador a conocer la tristemente célebre cárcel —el CECOT— cuyos abusos de derechos humanos han sido reportados en detalle por Human Rights Watch. Entre los políticos que han hecho el peregrinaje al CECOT para estudiarlo como un modelo a seguir se encuentran al ahora presidente de Chile José Antonio Kast, la ministra de seguridad de Argentina Patricia Bullrich, y el entonces presidente costarricense Rodrigo Chaves. El gobierno de Daniel Noboa construyó cárceles inspiradas en el CECOT.
El populismo es ideológicamente promiscuo y se adapta a las corrientes en boga. En los 2000, la variante predominante era el chavismo, que presentaba una falsa disyuntiva entre el pueblo y la oligarquía/partidocracia o entre la patria y el imperialismo (yanqui). La bandera era combatir la corrupción de las élites e imponer la redistribución para que haya “justicia social” y reducir la desigualdad. En nombre de combatir el imperio, la corrupción de los partidos tradicionales y beneficiar al pueblo, se terminaron debilitando las instituciones estatales y minando los pesos y contrapesos que hacen posible una democracia pluralista. Además, se contribuyó de manera importante a la inseguridad que padecemos ahora. En Venezuela se erigió una dictadura brutalmente destructiva y opresiva de la que todavía no logran salir.
En los 2020s, la variante predominante es el bukelismo, que ante el problema del crimen relacionado con el narco presenta como solución eliminar la división de poderes, debilitando así las instituciones propias de una democracia. Con el objetivo de combatir problemas importantes y reales, se dibujan papeletas electorales, se ejerce presión sobre los medios, tanto en México como en Ecuador, aunque en México sigue estando presente la variante chavista del populismo. El enemigo del pueblo cambia, pero la arquitectura del poder es la misma.
La solución que propone el bukelismo a la inseguridad —un problema que alimentó el chavismo en algunos países— es la misma que proponía el chavismo: concentremos todo el poder en manos de los supuestos salvadores, destruyendo la institucionalidad democrática. Combatir el crimen organizado es un objetivo loable y legítimo de cualquier Estado, pero debemos tener cuidado de no crear otro monstruo en el intento.