Columnista Invitado
Éxodo de los colegios
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
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En 1998 el Colegio Alemán se estableció en Lumbisí–Cumbayá con alrededor de 1.600 estudiantes. Hacia el cambio de siglo, el Spellman salió de El Girón hacia San Patricio, en el mismo valle, con una matrícula que bordeó los 1.800. Este año el Colegio Americano completó su traslado a Puembo, con un campus para cerca de 2.500. La progresión es legible: del centro-norte a Cumbayá; de Cumbayá a Puembo.
Esto no es una crítica al traslado de colegios. Las ciudades cambian, las infraestructuras se adaptan y las familias toman decisiones razonables. Cuando las instituciones y el equipamiento se trasladan, es prioritario entender cómo la ciudad gestiona lo que dejan al irse.
Un colegio es una infraestructura urbana activa. Genera flujos previsibles, trayectos a pie, comercio de cercanía, horarios. Cuando se pierden anclas institucionales, se reducen las ventas; menos locales abiertos debilitan la vigilancia informal y una menor percepción de seguridad refuerza la decisión de salir de la zona. El enfriamiento se acumula durante años. Primero dejan de verse uniformes en la calle a las siete de la mañana, y después ya nadie recuerda que allí hubo un colegio.
En Quito, varias de esas salidas ocurrieron sin una secuencia urbana que amortiguara el vacío, sin un reemplazo funcional ni anclas intermedias. El costo llegó después.
Durante décadas, los colegios fueron la infraestructura que hacía habitable un barrio.
El Colegio Benalcázar es municipal, reúne a más de 1.500 estudiantes y sigue activo en una de las manzanas más densas del hipercentro. Ahí no hay un barrio residencial clásico, pero el colegio sostiene ritmos horarios y una economía de proximidad diurna. Sin él, esa zona pierde resiliencia.
En el programa Quiero Mi Barrio, de Chile y en los modelos de Community Schools, en Estados Unidos, las escuelas se usaron como nodos barriales tempranos: edificios abiertos más allá del horario escolar, integrados al deporte, la cultura y los servicios comunitarios, antes de que la demanda residencial sea fuerte. El riesgo urbano baja primero y el repoblamiento viene después.
Traducida a Quito, la secuencia importa. Primero, crear condiciones mínimas de previsibilidad: veredas continuas, iluminación, control de la velocidad, seguridad situacional. Sin eso, cualquier ancla fracasa. Luego, un ancla educativa puente, de escala controlada, que no exige matrícula masiva ni retorno inmediato: inicial, programas vespertinos, bibliotecas infantiles, uso compartido del espacio. Educación visible y cotidiana para reactivar la rutina sin inventar demanda. Recién después de que exista el umbral, la escala puede crecer.
Ahí aparecen actores que hoy existen y que todavía no se leen como parte de una estrategia urbana. Las fundaciones educativas pueden entrar donde el mercado aún no llega, reciclando infraestructura ya construida. La red municipal puede operar donde nunca habrá suficientes familias que paguen una pensión. Redes privadas como Innova Schools, con sedes de tamaño medio, pueden consolidarse más adelante, cuando ya haya demanda. Las tres lógicas son complementarias si se ordenan en el tiempo, y ordenarlas no le corresponde a ninguna de ellas.
Al Municipio le toca lo que nadie más puede hacer. Decidir dónde conviene que exista un colegio antes de que el mercado lo pida y mantener las condiciones para que funcione. Tiene suelo, su propia red de unidades educativas y la competencia sobre el uso del suelo. Falta la política que ordene esas tres cosas en el tiempo.
Los colegios siguen siendo un indicador temprano de si una zona todavía sirve o ya dejó de servir para criar. Carcelén muestra que el relevo es posible.