El Odiseo de los pobres y Javier Bardem
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Sí, estamos hasta la coronilla de oír hablar de ‘La Odisea’, esa filmación multimillonaria y espectacular de Chistopher Nolan, con el simpático Matt Damon, un héroe mitológico de nariz respingada, más gringo que un Burger King. La verdad es que ha sido una campaña en redes impresionante para difundir al Odiseo de Hollywood.
Pero nadie habla del Odiseo de los pobres. Me refiero a ‘El retorno’, una película inglesa de bajo presupuesto que salió un año antes y presenta a un héroe avejentado, culpable, que no se reconoce a sí mismo. Una cinta sin combates épicos ni dioses tomando partido, esos dioses aburridos, griegos o semitas, que se divierten jugando con los humanos.
No, lo que vemos aquí es un hombre exhausto que alcanza la orilla de Ítaca (allí empieza esta película, en la última parte del poema de Homero), un soldado agobiado por la degollina que propició en la guerra de Troya y por todos los amigos que cayeron en el viaje. No en vano, para caracterizar al personaje, el director Uberto Pasolini se inspiró en los excombatientes de la guerra de Vietnam, que volvieron a casa arruinados física y espiritualmente.
Luego, para que interpretara a su Ulises, fue en busca del inolvidable protagonista de ‘El paciente inglés’, el melancólico Ralph Fiennes, cuya enfermera en aquel film era Juliette Binoche, la misma actriz que ahora, ya mayor, interpreta a Penélope, una mujer herida por el abandono, que detesta las estúpidas guerras de los hombres.
Y está su hijo Telémaco, quien también siente rencor por ese padre ausente al que echa la culpa del desastre de Ítaca. De modo que no se trata ya del retorno del héroe épico cubierto de gloria que cierra el ciclo, sino de un marido trastrocado que vuelve a una atmósfera saturada de odio donde no hay forma de recuperar el pasado, sino de olvidarlo.
Como me monté un doble al estilo de los viejos cines, la segunda película que vi resultó mejor que la primera. Me refiero a ‘El ser querido’, aplaudida en Cannes y estrenada hace dos semanas en España. Aquí la estrella es Javier Bardem, “ese actor majestuoso”, según el crítico Carlos Boyero. “Es magnetismo puro. Imposible desatenderte de su presencia, su gestualidad, lo que expresa y lo que oculta o disimula”.
Tal cual. Y al frente se halla Victoria Luengo en el papel de su hija, cuya actuación se crece, como se crecían quienes jugaban junto a Maradona. Asistir al contrapunto de dos actores de mucho talento es un deleite: el padre, Esteban, es un director consagrado en EE UU que vuelve a España a rodar una película cuya trama se desarrolla en el desierto del Sahara (ese desierto casi metafísico que vimos en un artículo anterior); ella encarna a la hija, una actriz sin futuro que mantiene vivas las heridas causadas por el largo abandono del padre que se había marchado hace 13 años a EE UU y nunca la contactó.
El guion y la dirección corrieron a cargo de Rodrigo Sorogoyen, que montó un drama familiar muy parecido al de ‘Valor sentimental’, cine en el cine, relación conflictiva de padres famosos con hijas lastimadas. Pero lo que en la película noruega era sutileza e interiorización a lo Bergman, acá es estallido mediterráneo de un padre-director con un pasado de violencia y excesos.
La película que filma Esteban (y también Sorogoyen) sucede en 1932, en un fuerte español ubicado en el Sahara Mauritano, cuando todavía era colonia de España. Pero ese rodaje se ve afectado y alimentado por las tensiones familiares de los protagonistas.
Aquí me detengo para no dar spoilers, pero cabe aclarar que esta no es la misma película que Bardem y su esposa de la vida real, Penélope Cruz, presentaron esta semana en el Festival de Venecia. La nueva cinta se llama ‘Búnker’ y fue recibida con un aluvión de aplausos.
Dato curioso: Penélope no es un nombre artístico de la chica Cruz; sus padres la bautizaron así por la famosa canción ‘Penélope’, de Joan Manuel Serrat. Extraña inspiración de los papás pues la Penélope de Serrat es una mujer de pueblo que perdió la vida esperando el retorno de su amante y no es ese el destino que querrías para una hija. Cuando finalmente el caminante regresa y le dice “mírame, regresé”, ella, “con los ojos llenitos de ayer/no era así su cara ni su piel/tú no eres quien yo espero”, canta el catalán.
Quedan muchos cabos sueltos que darían para sendos artículos; destaco solamente lo más conmovedor: que la leyenda de Odiseo y Penélope se viene cantando desde que la escribiera Homero y aquí nos tiene, hablando de ella como loros, veintiocho siglos después.