En los bordes de Occidente
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Parecía una estampida programada para la TV: decenas de miles de jóvenes marroquíes cruzaban la frontera, en vivo y en directo, por los riscos y por el mar e irrumpían en Ceuta, minúsculo enclave de territorio español en África del Norte. El diario El País habló de “Mohamed VI y sus proyectiles humanos”, anotando que el rey de Marruecos, una y otra vez utilizaba a su población más vulnerable para mostrar su disgusto y negociar con España, al costo esta vez de 80 jóvenes ahogados.
Luego de esa travesía de espanto, que muchos de ellos emprendieron desde el fondo del desierto atraídos por la mentira, difundida en las redes, de que tenían libre acceso y serían bien acogidos, con hambre ahora y sed, cercados por soldados españoles, exhaustos y derrotados, volvían a su país, donde no tienen ninguna oportunidad de empleo y superación.
Había sido un desplazamiento de dimensiones bíblicas o épicas o cinematográficas... cinematográficas... Como la palabrita quedó sonando, recordé que buena parte de ‘La Odisea’ fue filmada en territorios de Marruecos. Pero la película que me interesa es ‘Sirât’, que en árabe significa viaje, ganadora del premio del Jurado de Cannes el año pasado. Dirigida por el español Óliver Laxe, la cinta fue rodada igualmente en Marruecos, como lo muestran sus tomas más ásperas y espectaculares.
En su travesía por el desierto, bien vista, ‘Sirât’ tiene mucho de viaje metafísico. Acompañado de su hijo de unos 11 años, un padre, –interpretado por Serguei Pérez, el único actor profesional de toda la troupe–, busca a su hija perdida hace meses o años en las fiestas rave que se celebran en la región.
Con una música narcótica, estos jóvenes y ya no tan jóvenes desplazados, marginados de sistema, que buscan hundirse en el volumen de los parlantes del rave “para no oír al mundo que se derrumba” son lo opuesto de los muchachos marroquíes que, llenos de vida y esperanza, cruzaron a Ceuta en busca de ese mundo occidental y decadente del que los otros escapan y reniegan.
Lo interesante es que los ravers de la película son ravers de la vida real, con sus tatuajes, sus mutilaciones, su lenguaje verbal y corporal expresado en ese baile zombie al son de una repetitiva música techno que hace palpable el vacío.
Y un viaje al vacío y la desolación es el que emprende en su frágil furgoneta el padre con el niño, siguiendo a los camiones bien equipados de los ravers que van en busca de otra fiesta o ceremonia por caminos polvorientos y riscos de vértigo. A ratos se produce lo que el director busca: que dejemos de pensar y nos integremos a la situación tal como se va integrando el padre en esa subcultura compacta de automarginados que no se relacionan para nada con el mundo marroquí pues van a lo suyo. O sea, a la nada.
En el trayecto, el padre va superando pruebas durísimas hasta un final que nos deja a todos peor que al principio, aunque con una sucesión de imágenes imborrables. Todo cubierto de un fino polvo, tal como la ganadora de la Palma de Oro en el mismo festival 2025, esa obra maestra del director iraní Jafar Panahi: ‘Un simple accidente’.
Vetado por el gobierno criminal de Irán, Panahi grabó en la clandestinidad y con poquísimos recursos, pero con mucho talento y con actores que (nuevamente) parecen sacados de la calle, solo para volver a ella. El tema son los conflictos morales que se plantean entre unos habitantes comunes y el torturador al que han secuestrado temporalmente en una furgoneta en la que (nuevamente) viajan en círculos hacia ningún lado, mientras los personajes dudan en ejercer su venganza.
Para lograr un retrato entrañable de ese microcosmos de paisanos del común, Panhi tensa las contradicciones morales de la sociedad iraní que vive bajo un régimen brutal. Pero esos iraníes, igual que los habitantes de cualquier barrio quiteño o marroquí, no merecen ser exterminados por la lluvia de misiles que les envían Trump y Netanyahu.
De modo que Cannes premió a dos películas que reflejan lo que está pasando en los bordes de ese mundo europeo amenazado por la guerra, los incendios, la inmigración desbocada y el auge de la ultraderecha. Una Europa que duda de sí misma, obligada a rearmarse para enfrentar a Putin, con problemas económicos, pero que sigue siendo la tierra prometida para los desesperados del África. La guinda de pastel la puso Gianni Infantino, ese personaje medio siniestro que visitó esta semana a Mohamed VI para ofrecerle que la final del Mundial de 2030 se realizaría en Marruecos si el rey le apoya para la reelección en la FIFA. Pregunta: ¿cuál es la diferencia entre hundirse en el estruendo del rave, o en un estadio repleto de fanáticos, para no oír cómo el mundo se derrumba?