El Chef de la Política
La hacienda: una forma distinta de mirar las elecciones (y la política)
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
Actualizada:
Mucho tiempo hemos invertido en analizar los procesos electorales desde la influencia que ejercen las etiquetas partidistas sobre la votación. Esa perspectiva es útil, desde luego, pero parte de un supuesto: la existencia de organizaciones electorales lo suficientemente establecidas para que la ciudadanía con solo ver el membrete partidista entregue el voto, independientemente de quien sea el candidato. Hoy en día, ese tipo de enfoque aplicaría básicamente a la Revolución Ciudadana, proscrita del proceso electoral de noviembre. Ahí está una de las razones por las que analistas, como Javier Rodríguez, alertan sobre las dificultades y posibles pérdidas que tendrían los candidatos de RC al no presentarse a las urnas como RC.
Desde otra óptica se asume a los liderazgos seccionales como el factor determinante para el éxito electoral de una candidatura. Más allá de la organización política, lo que importa es cuán conocida es la persona en la ciudad o provincia. Ese es el argumento central. No obstante, dado que en el Ecuador no es posible ocupar más de dos veces el mismo cargo de elección popular, las probabilidades de que este tipo de liderazgos se consoliden es menos frecuente que en el pasado. Ejemplificando, ya no es tiempo de los Luis Mejía Montesdeoca en Imbabura o de los Fernando Guerrero en Chimborazo.
Una tercera vía para comprender las elecciones y sus resultados es el clientelismo político. Intercambio de votos por favores, en términos simples. Sin embargo, no es tan obvio como parece. Para que exista clientelismo se requiere, al menos: interacciones de mediano o largo plazo, vínculos afectivos entre la población y el que actúa como intermediario (el puntero argentino, el broker en idioma gringo) y una organización política que sea la que provee bienes o servicios por fuera de las rutinas del aparato estatal. En el caso ecuatoriano, quizás con algunas pocas excepciones, actualmente esos rasgos clientelares prácticamente no existen. Aunque la compra de votos se parece al clientelismo, claramente es algo distinto.
Sin desestimar los enfoques anteriores, recurrir al análisis sociocultural podría complementar el entendimiento de los procesos electorales y sus posibles ganadores. En un país como el nuestro, carente de cohesión nacional y en el que el racismo y todas las formas de exclusión están presentes en lo cotidiano, esta perspectiva sería útil para dimensionar lo que se vendrá en las próximas seccionales. Por ejemplo, asumir con franqueza que vivimos en un país en el que los apellidos y el color de piel siguen marcando la ruta de lo que es ser "buen" o "mal" político puede ser valioso para dilucidar quienes tienen más y menos opciones electorales, sobre todo en las provincias de la sierra y eventualmente en las amazónicas.
Esa dura interpretación de la realidad, en la que la minimización de las personas a quienes consideramos inferiores por razones socioculturales y económicas, y que en el fondo da cuenta del manejo hacendatario del país, hay que tomarla en serio porque puede ser que desde allí se explique lo que las encuestas no capturan ni las redes sociales evidencian de forma clara. Dicho de forma clara, una imagen que refleja de buena forma lo que somos es la de la hacienda y sus distintos actores. Comprender a los líderes políticos que alcanzan éxito electoral como aquellos que se comportan como el gran capataz que subordina a los de abajo, acial en mano, a título del encargo recibido por el dueño de la hacienda, es una imagen decidora de lo que ocurre en épocas electorales y de tarima.
Pero esa metáfora de la hacienda no solo sirve para los momentos previos a asistir a las urnas. Da cuenta también de cómo comprendemos el servicio público. Acá el cargo no lo entendemos como la delegación temporal en aras a la provisión de bienes y servicios a los más necesitados. Acá, en nuestra particular forma de entender la democracia hacendataria, quien llega al poder es investido como un cuasi príncipe que, para mantenerse, debe ejercer el poder en su amplísimo sentido. Tener los pantalones bien puestos y decidir, aún por encima de lo que la ley diga. Ese es el líder que nos convoca. Ese es el capataz que nos alinea. Si hace algo de obra pública, le agradecemos por el favor. Si mejora algún servicio básico, le reconocemos por dejar sus temas personales para dedicarse a la función pública. Si el capataz además de ser fajado tiene buena apariencia, lo amamos eternamente.