Largo sendero para un pato cojo
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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El resultado general de la elección norteamericana estaba previsto, pero no con la contundencia que alcanzó. Aunque se daba por seguro que al Partido demócrata le iría muy bien en la contienda para la Cámara de Representantes (diputados), no deja de sorprender que, cuando aún quedan escaños por asignar, ya cuente con la mayoría absoluta de sus integrantes. El optimismo en la elección senatorial se vio desbordado al comprobar que también esa cámara estará bajo su control. Y, en un plano menos visible para quienes miramos desde afuera, pero muy importante para la vida cotidiana de sus habitantes, por lo menos 36 de 50 gobernaciones estarán a cargo de demócratas.
Es un viraje de esos a los que se los califica como tsunami. Pero, como sucede con esos fenómenos naturales, lo importante es lo que viene después, es decir, la manera en que se lo va a encarar. La tarea es para unos y para otros, en que los unos son los demócratas y los otros son Trump, por un lado, y los republicanos, por otro lado.
Un dato clave para avizorar por dónde pueden encaminarse los hechos se encuentra en aquella definición irónica del presidente derrotado como un pato cojo (lame duck). Debido al fuerte sistema de controles y balances que establece la Constitución estadounidense, la pérdida de mayoría en el Congreso le debilita significativamente al mandatario hasta el punto de compararlo con ese pájaro que camina penosamente.
La experiencia enseña que en esas condiciones el presidente pierde la iniciativa y busca apurar el tiempo para llegar lo más pronto posible al final de su mandato. Sin embargo, no parece que esa será la actitud del actual mandatario. Por el contrario, es muy probable que, como revancha por la derrota, él persevere en sus políticas, tanto externa como interna y, para fortalecerse, apueste por una confrontación mayor con los demócratas y por una profundización de la guerra no declarada con Irán o con quien aparezca en sus pesadillas. Obviamente, sería difícil que esa estrategia le proporcionara algún éxito, pero es la que correspondería a su personalidad.
Los republicanos deberán asumir que las principales causas de su derrota estuvieron en las políticas que perforaron el bolsillo de los electores, en la confrontación permanente como estilo de gobierno y en la caótica política internacional. Aunque el presidente sostiene lo contrario, su presencia en la campaña -aunque no en la papeleta- fue el témpano del Titanic para su partido. Ahora deberán buscar la manera de alejarse y de recuperar unos votos que les dieron la espalda por causas de fondo y de forma. Más grave aún, deberán hacerlo mientras internamente trumpistas y antitrumpistas buscarán alejarse de la herencia tóxica para disputar la candidatura presidencial.
Los demócratas tampoco la tendrán fácil. Les costará mucho encontrar mecanismos de cohesión ya que las tendencias internas se han marcado claramente. Siguiendo el instinto derivado del orgullo propio del triunfalismo, cada una de ellas hará suya -exclusivamente suya- la victoria. En esas condiciones, un éxito de esa dimensión no dibuja el mejor escenario para diseñar un futuro en el que predomine la unidad del partido. Será necesaria no solamente la cohesión interna dentro de las dos cámaras legislativas, sino una cuidadosa coordinación con sus gobernaciones en Estados que tienen más particularidades que similitudes.
En fin, será un largo y tortuoso sendero para el pato cojo, mientras ese país y el mundo contarán no solo los meses, sino los días y las horas que pasarán hasta que llegue a su final.