Tablilla de cera
La histórica victoria demócrata abrirá una nueva era… ¿o es demasiado pedir?
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Es difícil exagerar en los calificativos del triunfo demócrata del martes: es histórico porque capturar las dos cámaras ha pasado solo seis veces en la historia de EE. UU.; es aplastante pues sacaron 11 puntos de diferencia a los republicanos en el voto popular para la Cámara de Representantes; es contundente porque ahora tienen 27 de los 50 gobernadores estatales, cambiando la mayoría que desde 2010 tenían sus opositores.
Hacia las 10 pm del martes, cuando los demócratas voltearon las dos Carolinas, la ruta de un triunfo espectacular quedó clara. Los analistas de los canales estadounidenses aparcaron sus dudas y solo calculaban cuán grande sería su margen de victoria.
Y este superó todas las expectativas, pues cambió la ecuación de poder en EE. UU. Lo que uno se pregunta ahora es si el partido triunfador logrará canalizar este sentimiento popular hacia una plataforma coherente que en verdad termine con el estilo racista, cruel, plutocrático y autoritario de Donald Trump.
A lo largo de la campaña de estas elecciones de medio período, Trump imploró a los votantes “Finjan que yo estoy en la papeleta”. Y lo dijo no una ni dos veces, sino, como calcula Peter Barker del NY Times, 47 veces.
Y los votantes lo hicieron, solo que no en la manera que él quería. Porque el resultado electoral es un contundente rechazo a Trump, a sus políticas, a su corrupción, a su manera de gobernar, a su megalomanía y a su infantilismo.
El control de las dos cámaras por los demócratas limitará considerablemente el poder del presidente en los últimos dos años de su mandato. Trump ya anunció que vetará toda propuesta legislativa demócrata, pero ellos podrán iniciar investigaciones y juicios políticos (“impeachment”) a Trump y a los miembros de su inepto gabinete, bloquear iniciativas legislativas republicanas, controlar el presupuesto y, dado que los elegidos al Senado duran seis años en sus cargos, jugar un papel clave en la renovación de las cortes, incluida la Suprema, tan servil a Trump, si llegara a presentarse alguna vacante.
Dentro del tsunami demócrata, la formación ha logrado victorias dignas de encomio, sobre todo las de representantes de las minorías.
Destaco entre las de las mujeres el triunfo en Texas, que el NY Times dice que es un “sismo”, un “movimiento tectónico”, de Gina Hinojosa, la primera mujer latina en alcanzar la Gobernación de ese estado, que los demócratas no han tenido en 31 años.
En Georgia, Keisha Bottom es la primera mujer negra en llegar a la Gobernación.
En Nuevo México, Deb Haaland es la primera mujer nativa americana en hacerlo.
El médico Abdul El-Sayed (Michigan) será el primer senador musulmán de la historia, a pesar de enfrentar la campaña más racista, insidiosa y millonaria. Solo en las primarias se gastaron los republicanos US$ 70 millones contra él, sobrepasando por once a uno el financiamiento del que él dispuso. Fueron las primarias con mayor gasto electoral en la historia estadounidense.
Ya al enfrentar al republicano Mike Rogers, los fondos empleados contra El-Sayed ascendieron a US$ 175 millones, muchos dedicados a mensajes relacionados con el terrorismo, el 11-S, el islam o grupos musulmanes.
Buena parte de esos fondos provienen del AIPAC, el comité electoral de los judíos estadounidenses, y otra de multimillonarios como Elon Musk. Trump se burlaba de su nombre y nunca dejó de decirle “yijadista”.
Su oratoria, su estilo confrontativo, su rechazo al papel del dinero de multimillonarios y corporaciones en la política, su plataforma de salud pública para todos, la forma en que derivó los ataques diciendo que eran contra sus electores y contra la misma idea fundacional de EE. UU., hicieron que El-Sayed, “el más improbable de los candidatos” como él mismo dijo, triunfara con más de siete puntos.
A esto se suma la contundente victoria en Minesota, con más del 75% de los votos, de otra musulmana, la refugiada somalí Ilhan Omar, reelegida para un quinto mandato en la Cámara, a pesar de que en plena campaña agentes del DHS allanaron su residencia, supuestamente para investigar irregularidades en sus papeles de inmigración y trámites de ciudadanía en los años noventa.
Otro triunfo que ha escocido a los intolerantes es el de Chris Pappas, en New Hampshire, quien será el primer senador abiertamente gay en la historia de EE. UU.
El triunfo del reverendo Adam Hamilton en Kansas es muy notable pues ese estado llevaba 94 años sin elegir a un demócrata para el Senado. Y James Talarico, en Texas, rompe 33 años de sequía demócrata. Xavier Becerra será el primer gobernador latino de California.
Pueden contarse cientos de casos interesantes, pero el espacio no da. Sin embargo, no quiero dejar en el tintero, el triunfo de Amy Acton para la Gobernación de Ohio sobre el multimillonario republicano Vivek Ramaswamy, respaldado por Trump. Médica de profesión, será la primera mujer elegida gobernadora de Ohio y la primera gobernadora demócrata del estado desde 2006.
Su triunfo es más notable por la vil campaña que enfrentó. No solo que su contrincante gastó más de US$ 100 millones contra ella, sino que lanzó un anuncio en que la madre de la candidata le acusaba de mentirosa y poco confiable.
Resulta que esa señora había estado 48 años alejada de su hija, después de que a esta y a su hermano pequeño la policía los retiró de su casa porque su padrastro venía abusando sexualmente de ella desde los 9 hasta los 12 años. El pedófilo fue acusado por la fiscalía, pero huyó de Ohio. La madre, en vez de optar por su hija, se puso al lado del depredador sexual y le acompañó en su huida. Cuando se supo la historia completa, se levantó una ola de indignación en EE. UU. Pero Trump y J.D. Vance apoyaron a Ramaswany y le pidieron que no retirara el anuncio. Trump llegó a decir que él hubiera agradecido a Dios de tener un anuncio así.
Quizás esta historia es la más apropiada para concluir porque pinta el grado de depravación moral del peor régimen que ha soportado EE. UU.