La nueva educación: transformar información en conocimiento
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Ya no cabe duda de que estamos viviendo una nueva revolución tecnológica. La irrupción masiva de la inteligencia artificial en nuestras sociedades ha transformado radicalmente la forma en que nos relacionamos con la información y el conocimiento. Durante siglos, ambos estuvieron concentrados en manos de grupos pequeños y privilegiados: gobernantes, clérigos, intelectuales. Hoy, en cambio, enormes cantidades de información están al alcance de buena parte de la humanidad, de una manera que habría resultado inimaginable hace apenas unas décadas.
Hay quienes hablan de una democratización del acceso a la información. Y, aunque estas herramientas pueden acercar recursos educativos a personas que antes no los tenían, en sociedades tan desiguales como las latinoamericanas, siempre habrá personas que tengan mayor acceso a las plataformas de IA (o que sepan darle mejor uso). En otras palabras, unos “tendrán más inteligencia artificial” que otros, y por esa razón, se verán aventajados. Por eso, si bien es verdad que la IA puede contribuir a reducir ciertas desigualdades, también puede profundizar otras. Incluso si todos tuviéramos acceso a las mismas plataformas, seguiría existiendo una enorme diferencia entre quienes saben utilizarlas con criterio y quienes se limitan a repetir sus respuestas.
En esta línea, se ha hablado mucho de cómo algunos empleos podrían desaparecer. Hace poco un colega me dijo que el verdadero problema no es que la inteligencia artificial vaya a reemplazar a los seres humanos, sino que las personas que sepan utilizarla reemplazarán a las que no. Esa es la verdadera brecha, según este colega. Puede ser. Pero me temo que el asunto es más profundo, y requiere más matices. Y aquí es cuando la educación entra en juego.
Tener inmensas cantidades de información a nuestra disposición no significa necesariamente que nuestro conocimiento aumente en la misma proporción. La IA puede producir respuestas sofisticadas y útiles, pero también equivocarse e inventar información. Transformar información en conocimiento requiere interpretar, contrastar evidencias, relacionar ideas y desarrollar criterios propios. Ninguna herramienta nos exime de esa responsabilidad. Sin una inteligencia humana “verdadera” por detrás, la inteligencia artificial seguirá siendo eso, artificial. Nos dará cantidades ingentes de información, pero no necesariamente nos hará avanzar en términos de conocimiento.
Y esto ya lo estamos viviendo en las aulas. Quienes nos dedicamos a la educación superior hemos sido testigos de notorias mejorías en el desempeño de los estudiantes al realizar una tarea sin que eso se traduzca necesariamente en un mayor aprendizaje. He tenido alumnos que entregan excelentes ensayos y, aun así, son incapaces de explicar los argumentos que supuestamente desarrollaron. Hacer mejor una tarea y aprender más no son necesariamente lo mismo.
La clave es: ¿cómo transformar la información en conocimiento? La nueva educación no puede limitarse a enseñar cómo utilizar plataformas de inteligencia artificial, aunque saber hacerlo será cada vez más importante. Debe profundizar en el pensamiento crítico y la creatividad. Una persona que sepa utilizar inteligencia artificial pero no tenga pensamiento crítico sigue siendo un idiota funcional. Sabrá repetir lo que las plataformas le digan, pero no sabrá discernir entre lo que es verdadero o falso, lo que es novedoso de lo que ya se ha establecido, y no contribuirá en nada al mejoramiento de la humanidad. Es más, contribuirá a un mundo cada vez menos humano y más artificial.
La nueva educación debe plantearse seriamente qué enseñamos, cómo lo enseñamos y, sobre todo, cómo evaluamos lo que nuestros estudiantes aprenden. Si una máquina puede escribir un trabajo en segundos, ya no podemos conformarnos con calificar únicamente los productos terminados. Tendremos que prestar más atención a los procesos: cómo se formula una pregunta, cómo se construye un argumento, qué evidencias lo respaldan, qué alternativas pueden imaginarse y cómo se responde a una crítica. Se trata de enseñar a utilizar la IA para ampliar nuestras capacidades intelectuales, no para renunciar a ellas. De lo contrario, podremos formar personas muy hábiles con la tecnología, pero cada vez más dependientes de ella para pensar.
Las familias, escuelas, colegios y universidades tenemos un grandísimo reto en términos de educación: reinventarnos por completo, teniendo en cuenta que la inteligencia artificial ha llegado para quedarse, pero que al mismo tiempo no debemos dejarnos arrastrar por la novedad y el facilismo. Si queremos que la inteligencia artificial de verdad sea una herramienta para llevar a la humanidad a otro plano en términos de conocimiento, la nueva educación debe recuperar algunas de las preguntas más antiguas: ¿Quiénes somos? ¿Para qué estamos aquí? ¿Cómo nos organizamos y gobernamos? ¿A dónde queremos ir? ¿Cómo podemos ser mejores?
Por más sofisticadas que sean las respuestas que produzca la inteligencia artificial, necesitamos personas capaces de hacerse esas preguntas, discutir sus respuestas y pensar por sí mismas. Al final, la educación no consiste solamente en aprender a encontrar respuestas, sino en desarrollar la capacidad de comprenderlas y cuestionarlas.