¿Queremos democracia?
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Con el fin de la Guerra Fría y el colapso del bloque soviético, se instaló en buena parte del mundo la idea de que la democracia había vencido. Varios analistas profetizaron que la democracia liberal representativa —en su versión “occidental moderna”— llegaría, de un modo u otro, a cada rincón del planeta para quedarse. Este era el famoso “fin de la historia” planteado por Francis Fukuyama: la humanidad habría llegado al punto culminante de su evolución ideológica y política con el triunfo de la combinación de democracia liberal y economía de mercado.
Desde entonces, los analistas políticos y de opinión pública hemos dedicado importantes cantidades de tiempo, recursos y esfuerzo a examinar cómo se sostiene un sistema democrático. Aunque existen diversas explicaciones, hay cierto consenso en que una cultura democrática —entendida como la existencia de una población que respalde la democracia como ideal— es esencial para su florecimiento. Para muchos, el apoyo ciudadano constituye una condición necesaria para la consolidación democrática de un país.
Para medir el apoyo ciudadano a la democracia, los principales programas de encuestas a escala mundial han recurrido a diversos indicadores. Uno de los más utilizados es el llamado indicador “churchilliano”, que, parafraseando la célebre frase de Winston Churchill, pregunta a los encuestados si la democracia, aun con todas sus limitaciones, es el mejor sistema para gobernar una sociedad. A partir de las respuestas a esta pregunta se han calculado niveles de apoyo democrático y, sobre esa base, se han formulado juicios sobre la fortaleza de la cultura democrática de los países.
En Ecuador, el Barómetro de las Américas, un prestigioso programa de encuestas de la Universidad de Vanderbilt que en su última edición contó con la colaboración de la Universidad de Notre Dame, lleva más de veinte años monitoreando los niveles de apoyo ciudadano a la democracia. Entre 2004 y 2014, el respaldo a la democracia se mantuvo relativamente estable, por encima del 60%. Sin embargo, en 2016 cayó al 53%, se mantuvo en niveles similares en 2019 y se recuperó en 2021. Lo alarmante es que, en las dos últimas mediciones (2023 y 2026), el apoyo democrático se ha situado en apenas el 51%, su nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones en 2004. Esto resulta especialmente preocupante por dos razones: primero, porque este tipo de apoyo suele ser relativamente estable a lo largo del tiempo; segundo, porque algunas de las democracias más consolidadas de la región registran niveles de apoyo del 75% o más. Ejemplos son Uruguay, con el 86%, Chile con el 77% y Costa Rica con el 75%, según datos de la misma encuesta en el mismo año.
El contraste con el resto de América Latina es revelador: entre 2023 y 2026, el respaldo promedio a la democracia aumentó seis puntos porcentuales en la región, hasta situarse alrededor del 65%. Ecuador y Perú, que además registraron los niveles más bajos de apoyo democrático, fueron los únicos países que no participaron de esa recuperación. El estancamiento en nuestro país merece, por lo tanto, una explicación propia.
Un indicador que puede ayudar a explicar por qué el apoyo a la democracia en Ecuador es tan bajo es el de satisfacción con la democracia. A diferencia del apoyo —que pregunta si la democracia es el mejor sistema para gobernar—, el indicador de satisfacción pide a los encuestados que realicen una evaluación sobre el funcionamiento de la democracia en su país. En Ecuador, en 2023, solo el 26,5% de los encuestados respondió estar “muy satisfecho” o “algo satisfecho” con el funcionamiento de la democracia; en 2026, ese porcentaje fue del 31,6%.
Estos resultados sugieren que una de las razones del debilitamiento del apoyo democrático podría ser la incapacidad de nuestro sistema político para resolver los problemas más apremiantes de la ciudadanía. Una democracia que no ofrece respuestas a las necesidades de la población difícilmente puede dar por descontada su legitimidad.
¿Queremos democracia los ecuatorianos? Los datos sugieren que no podemos dar por sentado el compromiso democrático de la ciudadanía. La democracia ecuatoriana enfrenta no solamente una crisis de desempeño, sino también una crisis de legitimidad ciudadana.