Los fracasos de la izquierda y el péndulo latinoamericano
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Hace más de un cuarto de siglo se inauguró el llamado “giro a la izquierda” en Latinoamérica. El ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela, en 1999, marcó el inicio de un ciclo político que llevó a numerosos países de la región a elegir gobiernos de esta tendencia. El fenómeno se extendió rápidamente y se prolongó durante casi dos décadas, convirtiendo a la izquierda en la principal fuerza política de América Latina.
Las izquierdas que gobernaron Latinoamérica durante las décadas de 2000 y 2010 fueron heterogéneas. Algunas, como las de Lula da Silva, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet o Tabaré Vázquez, se enmarcaron en la tradición socialdemócrata. Otras, como las de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, adoptaron posiciones bastante más radicales y cuestionaron buena parte de las instituciones y los consensos políticos existentes. Pero hubo algo que todas compartieron: llegaron al poder prometiendo reducir las desigualdades sociales y mejorar las condiciones de vida de los sectores más desfavorecidos.
Y, en buena medida, lo consiguieron. La evidencia muestra que, entre inicios de los años 2000 y 2014, la pobreza y la desigualdad disminuyeron significativamente en América Latina. Aproximadamente 58 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza, según datos de la CEPAL, y el coeficiente Gini promedio cayó de alrededor de 0,57 a 0,52, según el Banco Mundial. Parte de esta mejora fue consecuencia de políticas redistributivas y de la expansión de programas sociales. Pero sería incorrecto atribuir todo el mérito a los gobiernos de izquierda. La región también experimentó un extraordinario boom de los commodities, que impulsó el crecimiento económico y generó recursos para expandir el gasto social.
Hoy vemos una realidad completamente distinta en América Latina. Las izquierdas latinoamericanas, en su conjunto, se han visto debilitadas, y buena parte de los países de la región ha girado hacia la derecha. ¿Cómo explicar que una corriente política que consiguió reducir significativamente la pobreza y la desigualdad haya perdido tanto apoyo? La respuesta está, en parte, en los enormes fracasos políticos que acompañaron esos logros.
Uno de ellos fue la corrupción. Buena parte de las izquierdas latinoamericanas terminó envuelta en grandes escándalos, con Odebrecht como símbolo regional. En algunos países, los casos involucraron directamente a los partidos y gobiernos; en otros, a empresarios y funcionarios cercanos al poder. El costo político de estos escándalos fue enorme.
Otro fracaso se produjo cuando, en algunos países, gobiernos de izquierda que llegaron al poder en nombre de la igualdad terminaron debilitando las instituciones democráticas y concentrando el poder. Venezuela es el ejemplo más extremo; Nicaragua, otro caso evidente. En otros países, como Bolivia y Ecuador, también se produjeron fuertes tensiones entre los gobiernos de izquierda y las instituciones de control, aunque con grados de deterioro democrático muy diferentes. Pero hay que resaltar que no todas las izquierdas latinoamericanas pueden ser colocadas en el mismo saco: las experiencias de Brasil, Chile o Uruguay fueron sustancialmente distintas.
A esto se suma algo que la ciencia política ha documentado bien: los electores no votan únicamente mirando indicadores económicos. Tampoco votan necesariamente de acuerdo con una ideología coherente. Las identidades políticas, los afectos, el rechazo hacia determinados líderes y, sobre todo, la evaluación que hacemos de quienes nos gobiernan tienen un enorme peso en nuestras decisiones electorales.
Y ahí aparece el péndulo. Brasil eligió a Jair Bolsonaro, El Salvador a Nayib Bukele, Ecuador a Daniel Noboa y Argentina a Javier Milei. Más recientemente, el giro hacia la derecha se ha profundizado con las victorias de José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia, y el primer lugar de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta brasileña.
Este péndulo revela el mayor fracaso político de las izquierdas latinoamericanas: no haber conseguido demostrar que era posible combinar redistribución económica, crecimiento y democracia de manera sostenible. No haber construido proyectos políticos capaces de sobrevivir a sus propios líderes. Y, en algunos casos, haber contribuido con sus errores y excesos a generar las condiciones para que los electores buscaran una alternativa política completamente diferente.
Las izquierdas latinoamericanas tuvieron éxitos importantes. Sus errores, sin embargo, ayudaron a abrir la puerta a las derechas que hoy gobiernan buena parte de la región. El problema es que esos fracasos no necesariamente han dado paso a derechas democráticas y moderadas. En algunos casos, han dado paso a derechas radicales, populistas y personalistas. Ese es el verdadero peligro del péndulo latinoamericano: pasar de un extremo al otro sin aprender de los errores del anterior.