Giros políticos, democracia y autoritarismos
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
Actualizada:
Así como a comienzos del presente siglo buena parte de los países de América Latina hicieron el llamado giro a la izquierda, ahora la mayoría se está inclinando hacia el otro lado. Con cada nueva elección se ha ido confirmando que las derechas (así en plural) van ganando terreno, mientras las izquierdas (también en plural) ven reducirse sus espacios. Es cierto que ese fenómeno aún no llega a los dos países más poblados y con las mayores economías del continente (Brasil y México), pero también es verdad que el tercero de ellos (Colombia) acaba de tomar esa vía. El giro es innegable.
Pero, de la misma manera que en el anterior giro no hubo homogeneidad entre sus integrantes, tampoco la hay en el actual. La izquierda venezolana del chavismo tenía muy pocas similitudes con la chilena de la Concertación por la Democracia, así como la boliviana de Evo tenía más diferencias que similitudes con la argentina de los Kirchner. Para abundar, ninguna de esas tenía algún parecido con la uruguaya del Frente Amplio. Con las derechas actuales sucede lo mismo. Milei casi no tiene similitud con Kast, ni el panameño Mulino puede confundirse con el colombiano De la Espriella. En síntesis, para entender cada uno de los giros es imprescindible el uso del plural. Hay izquierdas y hay derechas.
Obviamente, por encima de esas diferencias hay elementos comunes que son los que definen a cada una de ellas como parte de la respectiva tendencia. En el caso de las derechas, el más importante de esos elementos comunes es la opción por la menor intervención del Estado en la economía. Ese fue el elemento distintivo de los gobiernos de derechas que aplicaron las políticas neoliberales en la última década del siglo pasado. La privatización, la desregulación, la reforma laboral y la apertura de la economía eran las unidades de medida del mayor o menor avance de esa tendencia política.
Esa característica se mantiene en las derechas contemporáneas, pero paralelamente van tomando cuerpo, como nuevas señas de identidad, algunos planteamientos que se sitúan en dos campos. El primero es el de los valores, donde un buen número de las derechas continentales han decidido seguir el camino de las tendencias radicales que han alcanzado protagonismo en Europa en los últimos años. En algunos casos se lo plantea como una respuesta a la denominada lucha cultural de sectores de las izquierdas y a la ideología woke y no es extraño que desentierren temas religiosos que desde hace tiempo estuvieron a buen resguardo de la política.
El segundo campo es el de la seguridad pública. La amenaza del crimen organizado con sus múltiples facetas ha llevado a algunas de esas derechas a escoger la vía de la mano dura. El modelo es el salvadoreño Bukele, que deja de lado otros aspectos básicos para la lucha contra esas amenazas (como las políticas sociales y el seguimiento de la ruta del dinero) y marca un camino directo hacia un régimen autoritario. La oferta de seguridad a cambio de la limitación de derechos y libertades, que es el núcleo de ese modelo, puede funcionar por un tiempo y solamente ofrece resultados parciales. A cambio destruye las bases de la convivencia ciudadana, cierra la puerta a la construcción de la confianza interpersonal y alimenta las conductas autoritarias en la población.
El avance en ambos campos de la mayoría de las derechas continentales va erosionando a uno de los elementos básicos de la democracia contemporánea, que es el Estado de derecho. En este punto cabe recordar que las críticas más fuertes que se hicieron a algunos gobiernos que protagonizaron el giro a la izquierda radicaban precisamente en ese punto. Se podía argumentar en esos casos que sus protagonistas no se habían despojado de la pesada herencia que considerada a las libertades como privilegios burgueses. En este caso parecería que también hay la carga de una herencia que llevó a las derechas a aupar y en mucho caso promover dictaduras.
El camino que se va configurando puede conducir a un orden político antiliberal o iliberal. Es muy grande la responsabilidad histórica de estas derechas. Algunas aún pueden evitar la deriva autoritaria. Pueden demostrar que hay campo para las derechas democráticas.