De la Vida Real
Gol es gol
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Ser mamá es ir de la mano de los hijos en cada etapa. Y no queda más remedio que ser una mamá distinta para cada uno.
A la Amalia, mi hija de 12 años, le da vergüenza todo lo que hago. Ella trata de que yo no sea como soy, y yo trato de seguir siendo como soy sin incomodarla tanto.
Al Rodrigo le enerva que me demore horas conversando con la gente, que sea lenta y despistada. Él trata de organizarme y yo trato de no desesperarle con mis indecisiones.
Y el Pacaí, mi hijo mayor, que ya mismo cumple 16 años, simplemente me ignora. Le gusta que esté con él, pero que no comente nada más de lo que debo comentar, quiere que sea lo más prudente posible, cosa que voy aprendiendo a mi ritmo.
Así resultó ser mamá.
Pero cuando voy a un partido de fútbol del Rodri no me importa nada. Entro en mi papel de madre animadora, la que corre a darle agua y la que se emociona sin entender nada del partido.
El sábado pasado fuimos en familia a verle jugar al Rodri en el campeonato de su escuela de fútbol. Nos tocó una cancha arriba de Conocoto, un terreno bastante improvisado, sin tribuna donde sentarnos. Nos pusimos atrás del arco, protegidos por una malla rota, porque no había otro lugar. Igual era un lugar privilegiado: bajo los árboles, en sombra, y con asientos de troncos recién cortados.
Las otras mamás también estaban ahí, con el celular en mano, gritando e insultándole al árbitro:
—¡Ven a ver el VAR, aquí te estamos filmando, no seas tan tonto!
A diferencia de ellas, yo no entiendo de fútbol. El Wilson, mi marido, se sentía director técnico y le daba órdenes al Rodri como si él lo oyera. El Pacaí no paró de narrar todo el partido, con más pasión que el Alfonso Laso cuando juega el Ecuador:
—¡Va el Rodri, va el Rodri por la derecha, se la lleva, se la lleva, deja uno, deja dos, qué jugador, señores, qué jugador! ¡Mete el centro, remata… afuera, afuera por poquito! ¡Uyyy, casi, casi, casi!
La Amalia, de rato en rato, tomaba fotos con mi celular, pero sin involucrarse.
Las mamás gritaban eufóricas: "¡Dale, mijo!". Yo pensaba que cualquiera podía ser el mijo, pero seguro cada hijo reconoce la voz de su mamá. Yo no sabía bien qué gritar. Solo decía: "¡Bien, Rodri! ¡Dale, Rodri!".
Y llegó el momento cumbre del partido. El Rodri metió un gol. Grité de la emoción. La Amalia me dijo:
—Ma, no hagas show.
El Pacaí se agarró la cabeza:
—¡Qué gran coju…!
Y el Wilson gritó:
—¡Nooo, Rodri, era en el otro arco!
Todo pasó en menos de diez segundos. Alcancé a sentir ese orgullo que solo sentimos las mamás cuando un hijo mete un gol, y me demoré el tiempo justo para ir de la gloria al fracaso y entender que mi adorado hijo había metido un autogol.
El profe pidió cambio y el corazón se me encogió. El Pacaí narraba:
—Sale el Rodri, señores, sale con la cabeza agachada. Así de cruel es el fútbol, así de cruel es este deporte, señores, un error te cuesta la victoria.
El Wilson le decía al profe que le volviera a meter. El profe no le oía, claro. La pasión por el fútbol hace que los fanáticos hablen solos.
De reojo veía a la Amalia tomándose selfies.
En el entretiempo corrí a darle agua al Rodri, a felicitarle por el único gol que ha hecho en el campeonato. Le llené de besos y él, muy calmado, me dijo:
—Ya te puedes ir, ma.
En el segundo tiempo el profe le volvió a meter y el Pacaí retomó su narración:
—¡Vuelve el Rodri, vuelve con todo, señores! Recibe, se da la vuelta, busca el espacio, dispara… ¡al arquero! Pero ahí está, ahí está el hombre que no se rinde pese a sus errores.
Para mí, el Rodri juega mejor que Messi. El Wilson le gritaba, anda arriba, arriba. Concéntrate, Rodri, concéntrate. Y la Amalia seguía tomando fotos a todos, menos a su hermano mellizo.
El partido terminó uno a cero. El equipo contrario ganó con un solo gol: el del Rodri.
Las otras mamás salieron hablándoles a sus hijos por haberles hecho aguantar sol y asientos incómodos para nada.
Al salir de la cancha vendían choclos, granizados, mollejas y salchipapas. Obvio compré todo. Buscamos un lugar entre los árboles y nos sentamos a comer. Es el único rato en que la Amalia no me critica, es cuando compro comida.
Bueno, le dije al Rodri, jugaste muy bien porque, a la final, gol es gol.