De la Vida Real
Fútbol
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Al minuto dos nos metió gol Alemania.
Y yo, que no entiendo nada de fútbol, me vi de pronto metida en el Mundial. Todos vestidos de amarillo, banderas por todas partes, una estructura vasta y gigante, una pantalla más grande que la de cualquier cine y el audio retumbando con la fuerza de un estadio entero metido en el pecho. Estábamos en zona vip. Yo, vestida de mamá: pantalón flojo, zapatos blancos, blusa oversize. Los demás, con la camiseta de Ecuador puesta como una segunda piel.
Cuando llegó el gol de Ecuador, al minuto nueve, estallaron las lágrimas. Las parejas se besaban, los niños lloraban y yo también enloquecí con la euforia de ser ecuatoriana. Porque, de verdad, no tenía ninguna esperanza de gritar un gol.
Esa alegría era algo que nunca había vivido. A mí no me gusta el fútbol, pero esa tarde entré a la cancha sin moverme del asiento: me convertí en directora técnica. Gritaba los faules como si llevara toda la vida haciéndolo. No fui al Mundial, pero el Mundial vino a mí. Hubo rezos. Y, adelante nuestro estaba el exfutbolista de la selección, Edison Méndez, que seguía cada jugada con la misma tensión que nosotros, como si también él estuviera jugándose algo en esa pantalla.
Y ahí, apretada entre esa multitud, entendí algo simple: no hacía falta estar en el estadio para que el partido entrara en el cuerpo. El grito llega igual, esté uno donde esté.
El animador gritaba a todo pulmón: "sí se puede, sí se puede, sí se puede". Cada vez que el balón se acercaba al arco nos parábamos, gritábamos y nos aferrábamos a esa jugada. El cuerpo entero dependía de ese instante. Alemania atacó y Galíndez evitó el gol. Miré a mis hijos: estaban a punto de un infarto. Entre comentarios y nervios, alguien preguntaba cómo habíamos sobrevivido los partidos anteriores sin morirnos del susto.
Llegó el entretiempo y todos corrieron a comprar algo de comer. Ahí uno descubre que la verdadera delicia del fútbol nacional está en la empanada de morocho con ají.
En el segundo tiempo apareció otra cara de este deporte: la impotencia. El árbitro nos cobraba todo, absolutamente todo. No pude evitar la rabia ante lo que interpreté como una injusticia, en pleno partido mundialista. Quedaba al menos el alivio de celebrar cada defensa. No era gol, pero los gritos y los aplausos estallaban igual.
Y llegó el segundo gol. La locura colectiva duró más de diez minutos. Todos de pie, en una algarabía total, mientras llovía confeti de colores. Entonces apareció otra lección del fútbol: el aguante. Esa angustia permanente de pensar que, en cualquier momento, podían empatarnos o ganarnos.
El animador pidió que el país entero se pusiera de pie. Y el país se puso de pie. A una sola voz gritamos: "sí se puede, sí se puede".
En el minuto 88 nadie podía quedarse quieto. La gente se llevaba las manos a la frente. Creo que todos pensábamos lo mismo: que se acabe el partido ya. En el minuto 89 fue una fanesca de emociones: nervios, expectativa y felicidad, todo revuelto, como en la receta. Cada uno resistía a su manera. Cuando anunciaron siete minutos de tiempo añadido, sentí que acabábamos de empezar otro partido. Los noventa minutos ya habían pasado, pero esos siete duraron como un partido entero. Nunca un reloj me había parecido tan lento.
Y cuando por fin sonó el silbatazo final, el alivio fue tan grande como había sido el miedo.
El fútbol no es solamente un partido. Es un idioma que millones hablan al mismo tiempo sin necesidad de ponerse de acuerdo: basta el pitazo inicial para que todo un país recuerde, por noventa minutos, que comparte algo más que un territorio. Es la única ocasión en la que un país entero —repartido entre estadios, zonas vip, salas de casa, restaurantes o a miles de kilómetros de distancia— respira con el mismo miedo y celebra con el mismo grito.
Eso viví el jueves pasado: al hombre que no conocía y que me abrazó cuando llegó el segundo gol, a la señora de la fila de atrás que lloraba sin que nadie le preguntara por qué, ( lloró todo el partido) a los niños que chocaban la mano con desconocidos como si fueran primos de toda la vida. Por noventa minutos —noventa y siete, en realidad— no hizo falta presentarse. Bastaba con estar ahí, gritando lo mismo, para sentirse parte de algo.
Llegué creyendo que iba a ver un partido, y entendí que había vivido algo mucho más grande: un país latiendo al mismo ritmo durante noventa minutos. Bueno... durante noventa y siete. Porque esos siete minutos finales nunca los voy a olvidar.
Y entonces supe que el fútbol nunca es solamente fútbol.