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El cáncer de los poderosos

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

27 jun 2026 - 05:55

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Al obstinarse en buscar la reelección a sus 81 años y con varios problemas de salud a cuestas, Lula da Silva está cometiendo el mismo acto irresponsable que cometiera Joe Biden al no retirarse a tiempo. Esa torpeza senil de Biden impidió que los demócratas escogieran con primarias a un candidato capaz de derrotar a Trump, en lugar de su débil vicepresidenta nombrada a dedo, blanco fácil de los ataques trumpistas.  

¡Ah, los decrépitos que se creen imprescindibles, o inmortales! Poco después de las elecciones perdidas, Biden fue diagnosticado con cáncer agresivo de próstata, pero ahora es Sleepy Trump quien da claras muestras de deterioro físico y debilidad mental, lo que aumenta su peligrosidad.

De igual manera, la obstinación de Lula –a quien extirparon el mes pasado un carcinoma de cuero cabelludo– ofrece a Brasil una opción lose–lose: si continúa en el poder, el país más grande e importante de América Latina tendría un presidente cada vez más senil y enfermo; y si gana el hijo de Bolsonaro, reeditará la línea paterna de fomentar la quema de la Amazonía, rechazar las vacunas, reivindicar a la dictadura militar y otras barbaridades por el estilo.

De la vecina Argentina, cabe recordar al general Juan Domingo Perón, quien retornó a la Casa Rosada con 77 abriles y falleció al año siguiente, dejando el país en manos de su esposa, la excopetinera Isabelita, asesorada por el brujo López Rega, creador de la Triple A que pavimentó el camino del fascismo argentino.

Mucho se ha escrito sobre el hubris o enfermedad del poder que afecta sobre todo a los caudillos iluminados, pero nada he leído acá sobre la formación de los médicos brasileros y la calidad del hospital Sirio-Libanés de Sao Paulo que mantiene a Lula en pie.  Valga una anécdota personal.

Hacia 1975, viajando como mochilero, llegué a Sao Paulo, donde tres estudiantes de Medicina que vivían en un pequeño apartamento me dieron posada, algo común en esos días, pero no pude salir a dar ni una vuelta con ellos porque, además del exigente pénsum, hacían prácticas y tomaban cursos adicionales que les ocupaban unas 15 o 16 horas al día.

–¿Por qué estudian tanto? –les pregunté asombrado.

–Porque acá es muy competitivo y hay que estar siempre arriba, ‘no topo’.

–Ok. Si alguna vez me enfermo en serio, les vengo a ver.

Toco madera, pero el que se enfermó en serio fue Lula da Silva: fumador empedernido, en el 2011 le diagnosticaron cáncer de laringe y le trataron exitosamente en el mentado hospital de Sao Paulo, prestigioso en toda América Latina, justo a donde había llegado a trabajar uno de mis amigos paulistas, aunque en otra área.

También al presidente paraguayo Fernando Lugo y a Dilma Rousseff les habían tratado antes los respectivos linfomas, de manera que, cuando Hugo Chávez enfermó de cáncer, Lula y Dilma le insistieron que se hiciera tratar en el Sirio-Libanés. Pero, buscando mantener en secreto el tratamiento, Chávez puso como requisito que le reservaran dos o tres pisos. El hospital no aceptó tamaña pretensión y Chávez marchó a Cuba, donde acataron sus caprichos, faltaba más, con el petróleo que les donaba.

Pero Cuba ya no era lo que había sido en décadas pasadas, cuando la revolución dio un fuerte impulso a la medicina y mucha gente de otros países acudía a tratarse de diversas enfermedades. Ahora, para enfrentar el cáncer de Chávez se requería de la más alta tecnología, no del verbo político. Como anota un editor “esto lo dejó expuesto a la comisión de errores que complicaron el curso de su mal y aumentaron sus padecimientos”.

No es que el hospital Sirio-Libanés haga milagros, pero le habría dado posibilidades de prolongar su vida. (Las implicaciones que habría tenido esta prolongación para la martirizada Venezuela, arrasada por la corrupción y por dos terremotos, es otra historia).

Política y medicina se habían cruzado también en las misiones de médicos cubanos que iban a Venezuela, a Brasil, a Ecuador. Sí, eran médicos solidarios y sacrificados que, en su mayoría, trabajaban en los lugares más recónditos y desamparados de los países anfitriones, en las condiciones más duras, mientras el Gobierno cubano se quedaba con buena parte de su salario en dólares. Luego, los gobiernos de derecha los mandaron de vuelta con argumentos cargados de política.

¿Conclusión? Que la política se mezcle con la medicina no es saludable para nadie. Basta ver cómo, enardecida por la visión antiprogresista, la administración Trump ataca a la vacunación, recorta el presupuesto de la investigación médica y de las universidades y cancela programas de ayuda médica a las regiones más pobres del mundo. Tampoco es saludable que la política se mezcle con el deporte, generando el populismo irresponsable de algún presidente que decreta feriados a cada rato, dilapidando las horas de trabajo de todo un país para conseguir un poco de popularidad.

  • #Lula da Silva
  • #Brasil
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  • #Cuba
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  • #salud

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