Plata es plata en el estado de naturaleza
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Solo fueron necesarios diez días para que pudiéramos comprobar que ya estamos inmersos en lo que Hobbes y Locke denominaron el estado de naturaleza. Se referían a la situación en que, dicho por el primero de ellos, el hombre es el lobo del hombre y no existe un orden colectivo en que todos puedan vivir sin temer por su vida y su seguridad. Lo que para la mayoría de las personas sonaba como un anuncio catastrofista, exagerado y ajeno a la supuesta bondad y espíritu pacífico de la apacible sociedad ecuatoriana, se ha cumplido y en esos pocos días se mostró de manera dramática.
El asesinato de Monika Silva (sí, asesinato, como se desprende de la autopsia, que deja sin piso a la absurda versión del suicidio), el ataque de dos sicarios adolescentes al líder de una banda delincuencial y el obsceno cortejo fúnebre de ese individuo en la ciudad en que vivía nos demuestran que ya estamos en la situación que hasta hace poco la creíamos lejana e incluso improbable de que ocurriera aquí. En realidad, no solo la creíamos lejana, sino que, amparados en nuestra ingenuidad de la isla de paz, la negábamos a pesar de que estábamos dentro de ella.
Ninguno de esos tres hechos constituye lo que el poeta romano Juvenal denominó un cisne negro (y que lo popularizó Nassim Taleb en un libro innecesariamente extenso y repetitivo) para referirse a algo inesperado que altera sustancialmente la situación. No, esos no fueron sucesos fortuitos, aislados e imprevistos. Por el contrario, no solo que se veían venir, sino que hubo advertencias claras acerca de cada uno de estos. Las más concretas fueron, por supuesto, las que antecedieron al asesinato de Monika Silva. Ella misma hizo las denuncias, no solamente por medio de las redes sociales, sino incluso en las instancias judiciales y por medio de los organismos de defensa de los derechos humanos. Nunca se hizo lo que en cualquier Estado de derecho se haría en un caso como este, porque simplemente ese Estado de derecho está en agonía.
El sicariato en el aeropuerto tampoco fue algo inesperado después de más de tres años en los que diariamente se han producido hechos de ese tipo. Ya no llama la atención que haya sido a plena luz del día, porque hace rato que los delincuentes abandonaron intencionalmente las sombras de la noche para asentar así su autoridad. Por esa misma razón tampoco sorprende que el escenario haya sido un espacio público y densamente concurrido. Ellos saben que es la manera más clara de despejar cualquier duda acerca de quién tiene el mando. Incluso sobre la edad de los sicarios ya tuvimos antecedentes cuando se difundieron vídeos de niños, menores que los de este episodio, que aprendían a disparar en medio de un enfrentamiento con los policías.
Asimismo, no es la primera vez que vemos a una multitud lanzarse a la calle a acompañar el traslado de los restos de un delincuente o a rendirle homenaje con fuegos artificiales. Los ritos de la santa muerte ya no están relegados a los sitios privados, recónditos y malolientes de estos individuos. Su muerte es un asunto de su barrio, de su comunidad, incluso de su ciudad, porque su vida estuvo ligada a esos espacios, a esos vecinos. Es una sociedad que permanece indiferente ante el letrero que pregona que “legal o ilegal, plata es plata”.
Todo eso no solo se veía venir, sino que ya estaba acá. Lo que sucedió en esos diez días fue solamente la condensación de unos hechos que se suceden a diario y que, precisamente por su cotidianidad, no ocupan los titulares de los noticieros. Pero, también estos quedarán pronto en el olvido. Lo que en cualquier sociedad y en cualquier otro momento de la nuestra hubieran sido hechos insólitos que habrían producido revuelo, sirvieron apenas para la conversación del momento y para elevar el grado de estupidez de las redes sociales. Es una de las consecuencias de vivir en ese estado de naturaleza, donde ya claman por el Leviatán (un Bukele o un Espriella), cualquiera que venga a poner orden, sin entender que el problema está en nuestra incapacidad para construir un orden colectivo e integrador.