El desastre y la inflación en Venezuela
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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Venezuela sufrió ayer una tragedia de dos terremotos consecutivos de gran magnitud. La pérdida de vidas y el perjuicio económico seguramente serán altísimas, pero probablemente no superará el poder destructivo de un cuarto de siglo de chavismo. Ahora que Venezuela tendrá que reponerse no solo de la catástrofe natural, sino de la más profunda hecatombe económica, política y social que significó el chavismo, vale la pena tener en cuenta una reforma sin la cual las demás podrían fracasar: la monetaria.
Primero, el diagnóstico. En una entrevista reciente, el economista Ricardo Haussman afirmó que Venezuela ha sufrido “el mayor colapso económico en la historia de la humanidad, excluyendo las guerras, y mayor que el colapso que se produjo en la mayoría de las guerras”. Agregó que ocho millones de venezolanos han abandonado el país. En una entrevista de 2019, Haussman estimó que la pobreza había llegado a un 94% de la población. Una encuesta reciente de Fedecámaras reveló que, en promedio, 70% de las empresas tiene capacidad ociosa, estando 46,4% de sus instalaciones o maquinarias sin utilizar. La inflación, la brecha cambiaria y la falta de financiamiento figuran entre las principales preocupaciones de los encuestados.
Desde que Maduro fue removido del poder, la inflación ha continuado por los cielos. Según CEDICE la inflación anual en bolívares llegó a 676% a fines de mayo. En lo que va del año el bolívar se ha depreciado en un 106% (de 301 bolívares por dólar a 621). Esto según el tipo de cambio oficial, que está muy lejos de la realidad dado que la brecha cambiaria ha llegado hasta un 40% este mes. En ese mercado, el bolívar ha pasado de 308 bolívares por dólar el 5 de enero hasta 781 el 25 de junio, una depreciación de 153%.
Frente a este panorama, no debería sorprender que la mayoría de los venezolanos prefieran al dólar como unidad de cuenta y reserva de valor. Así lo ilustra una encuesta realizada en mayo por AtlasIntel: 57% de los venezolanos apoya la dolarización de la economía (31% la apoya y 26% la apoya firmemente).
Los argumentos en contra de la dolarización en la prensa venezolana son los mismos de siempre: que no conviene porque se pierden la soberanía monetaria y el señoreaje y porque existen alternativas a la dolarización como el bimonetarismo al estilo peruano. Otros dicen que sí conviene pero que no se puede porque primero habría que tener las finanzas públicas en orden y suficientes dólares en las reservas para hacerlo con credibilidad.
La soberanía monetaria de Venezuela es una ficción. Los venezolanos piensan en dólares y negocian las transacciones importantes en esta moneda. La economía venezolana ya opera en la práctica dolarizada desde que las autoridades venezolanas relajaron la persecución del uso de dólares en 2019.
La pérdida de señoreaje ignora el contexto de inflación alta. El señoreaje en bolívares podrá ser nominalmente enorme, pero en términos reales es muy pequeño precisamente porque la inflación destruye el valor del bolívar casi en el momento en que se emite.
Sobre la alternativa peruana, nuevamente, el contexto importa. Países como Ecuador, Colombia, Argentina, Bolivia, ni se diga Venezuela, no se acercan a tener un programa de reformas económicas pro crecimiento como las que implementó el Perú en la década de 1990. Si se acercaran, no estarían en las crisis y/o estancamiento en el que se encuentran actualmente. Pero hay que poner la vara más alta, para qué emular a Perú cuando podrían seguir los pasos de Panamá, una economía dolarizada con apertura financiera y comercial que es hoy una de las economías más prósperas de América Latina.
Sobre los supuestos prerrequisitos para implementar una dolarización, Ecuador es un caso digno de estudiar. La economía estaba en caída libre, teníamos déficit fiscal y reservas negativas. Pero los dólares comenzaron a ingresar al sistema financiero el día después del mero anuncio de la dolarización por un presidente que estaba de salida y sin tener respaldo ni en la ley ni en la Constitución. La ley que instrumentalizaba la dolarización se aprobó tres meses después. No hubo corrida bancaria, al contrario, los depósitos y las reservas crecieron durante ese primer año. El país ha estado dolarizado 26 años y los superávits han sido una rareza, particularmente después de 2007. Lo cual nos lleva a resaltar una de las principales virtudes de la dolarización: desvincula las finanzas públicas de la esfera monetaria. El déficit es un problema exclusivamente fiscal que ya no deriva en inflación—un problema monetario.