Columnista Invitada
Sentirse feliz para aprender
Psicóloga Educativa con amplia experiencia en diseño e implementación de políticas públicas. Jefe de Bienestar, Permanencia e Inclusión Educativa en CRISFE.
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Aprender exige mucho más que estar en una clase, abrir un libro, escuchar una explicación o construir un proyecto. Para poder aprender de verdad, es necesario sentirse en la predisposición de hacerlo y esto implica contar con condiciones de bienestar adecuadas, alimentación suficiente, descanso propicio, higiene, atención oportuna al estar enfermos y la tranquilidad que brinda un espacio seguro. En definitiva, para aprender, especialmente durante la niñez y la adolescencia, es indispensable estar rodeado de personas que cuidan, protegen, escuchan, responden a tiempo y logran sentido de pertenencia.
En la escuela necesitamos sentirnos felices y esta felicidad no implica llegar siempre dando saltitos de alegría. La felicidad en la infancia y la adolescencia se entiende mejor cuando la vinculamos con esa tranquilidad cotidiana que permite que cada niño y niña se conozca y explore su mundo. Más que una sonrisa permanente, ser feliz es sentir que alguien acompaña y guía. Es saber que es posible pedir ayuda y va a existir una respuesta siempre, y que esta respuesta va a estar orientada a que cada vez se gane mayor autonomía. Esa felicidad y ese sentirse cuidado sostienen la vida y el aprendizaje.
La evidencia científica nos permite afirmar que el aprendizaje ocurre mejor cuando niñas, niños y adolescentes se sienten seguros, reconocidos y acompañados. Por eso, hablar de educación también exige hablar de cuidado. En definitiva, la escuela necesita: profesores preparados, materiales adecuados, metodologías innovadoras, y sobre todo una base de cuidado que les permita realmente vivir su infancia. Porque una niña o un niño aprende mejor cuando sienten que su vida importa y cuando la escuela, la familia y la comunidad actúan juntas para proteger.
¿Qué implica este cuidado cuando lo abordamos desde la escuela? Significa construir límites claros que garanticen la seguridad y disminuyan la incertidumbre. Involucra contar con relaciones respetuosas en donde lo que sienten niñas y niños es tan válido como el sentir de las personas adultas. Se sustenta en la construcción de entornos que valoran las diferencias, que están preparados para el juego y que conectan el aprendizaje con la realidad. Se basa en permitir que en la escuela estos niños sean niños y nada más, niños que crecen rodeados de afecto, de espacios para ser escuchados, para levantar su voz, para mostrarse como son y para participar con otros.
La escuela tiene un papel decisivo, aun cuando este cuidado es una responsabilidad compartida. Las familias, el Estado, los servicios de salud, los sistemas de protección y la comunidad tienen que hacerse cargo. Ninguna niña, niño o adolescente debería ser privado de sentirse feliz, de vivir su niñez, de jugar, y para esto, cuidar debe entenderse como una tarea ética, comunitaria, educativa y social.
La función adulta de cuidado resulta irremplazable, tanto en la escuela como fuera de ella. Las personas adultas tenemos la responsabilidad de organizar la vida, poner límites, escuchar, actuar a tiempo y garantizar seguridad. Esa presencia permite que niñas, niños y adolescentes puedan dedicarse a aprender, a jugar, a convivir y a descubrir sus potencialidades. La tranquilidad de sentirse cuidado es una base silenciosa, pero decisiva. Cuando esa base existe, la escuela puede cumplir mejor su tarea. Cuando una niña o un niño se siente protegido, su vida se ordena, su confianza crece, sus sueños afloran y el aprendizaje encuentra un lugar donde suceder.
Por tanto, debemos dejar de ver al bajo rendimiento, a la desmotivación o a la inasistencia a la escuela, como problemáticas exclusivamente académicas e individuales. Debemos entender que las respuestas deben ir más allá de exclusivos refuerzos académicos y tareas complementarias para subir calificaciones. Es indispensable entender los errores o las faltas como oportunidades y a las evaluaciones escolares como instrumentos integrales que también permitan identificar esas necesidades de cuidado que podríamos cubrir con pequeñas acciones en el aula o en el patio de recreo.
Todo esto implica dejar de ver a la escuela como un espacio para llenar cuadernos o terminar libros y encontrar en ella un lugar que enseña y cuida y enseña a cuidar. Es asumir la responsabilidad de cuidar a las infancias siempre, sin importar nuestro rol: padres, maestros, vecinos, etc. Es construir una alianza estratégica entre familia, escuela y comunidad para que nuestra mayor expectativa sea ver a niños, niñas y adolescentes felices. Es entender que es necesario sentirse feliz para aprender.