Un espacio que también educa
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
Actualizada:
Llevo varios años convencida de que el espacio educativo, el entorno en el que niños y jóvenes aprenden cada día, influye profundamente tanto en el aprendizaje como en su bienestar. Las escuelas no solo transmiten conocimientos; también comunican, silenciosamente, qué valor otorgamos a quienes estudian en ellas.
En Ecuador todavía persisten enormes brechas en el mantenimiento y equipamiento de escuelas y colegios. Estas carencias afectan, por supuesto, la seguridad —cuando un cerramiento perimetral es insuficiente— o la salubridad —cuando no existe acceso a agua segura o servicios sanitarios adecuados—. Pero su impacto va mucho más allá: también condicionan la motivación, la convivencia y las oportunidades reales de aprendizaje.
Durante mi paso por el Ministerio de Educación tuve la oportunidad de participar en la negociación y la implementación inicial del Programa Anual de Inversión Educativa (PAIE), una iniciativa cofinanciada por la CAF mediante un préstamo de USD 150 millones para modernizar el sistema educativo, con énfasis en las zonas rurales y más vulnerables del país. Su diseño respondía a una visión integral: rehabilitar infraestructura, incorporar equipamiento tecnológico, fortalecer la formación docente y actualizar el currículo de Bachillerato. La apuesta era clara: mejorar las condiciones en las que aprenden los estudiantes para mejorar también la calidad de la educación.
Hoy, desde el sector privado, esa convicción no ha hecho más que fortalecerse. He comprobado que garantizar espacios dignos y funcionales no constituye una intervención meramente estética. Es una decisión pedagógica.
La evidencia internacional respalda esta idea. Diversos estudios del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y del Banco Interamericano de Desarrollo muestran que la mejora de la infraestructura escolar se traduce en mejores resultados educativos, mayor permanencia de los estudiantes y un incremento en las oportunidades de aprendizaje, especialmente entre los niños más pequeños y en contextos de mayor vulnerabilidad.
No es difícil entender por qué. Cuando un aula está diseñada para favorecer el trabajo colaborativo, docentes y estudiantes encuentran más oportunidades para interactuar, debatir y construir conocimiento juntos. Cuando una biblioteca resulta acogedora, cuenta con buenos libros y está acompañada por mediadores de lectura, aumentan las posibilidades de desarrollar el hábito lector y mejorar la comprensión —solo basta conocer el trabajo que está haciendo el equipo técnico de bibliotecólogos y mediadores de lectura de la Artisteca para constatarlo—. Cuando existen laboratorios, talleres, patios seguros o espacios para el arte, se amplían las experiencias de aprendizaje y se fortalecen habilidades que difícilmente pueden desarrollarse entre paredes deterioradas o espacios improvisados. Y cuando las escuelas cuentan con áreas verdes de calidad, donde los niños pueden jugar, explorar, observar la naturaleza y aprender al aire libre, no solo ganan espacios de recreación: se crean oportunidades para desarrollar la curiosidad, la creatividad, las habilidades socioemocionales y el vínculo con el entorno. El juego merece una reflexión aparte, pero basta decir, por ahora, que también necesita espacios que lo hagan posible.
En educación suele decirse que el entorno físico puede convertirse en un "tercer maestro". Comparto esa afirmación, aunque con una precisión importante: ningún edificio reemplaza a un buen docente. Son los maestros quienes convierten esos espacios en oportunidades de aprendizaje. La infraestructura abre posibilidades; la pedagogía les da sentido.
Por eso resulta alentador ver que distintas organizaciones de la sociedad civil han entendido que la transformación educativa también pasa por la calidad de los espacios. Organizaciones como CRISFE, Unidos por la Educación, FARO y muchas otras fundaciones vienen impulsando proyectos que combinan innovación pedagógica con mejores condiciones físicas para aprender. Basta recorrer las Comunidades de Aprendizaje o las escuelas referentes impulsadas por Unidos por la Educación para comprobar cómo un entorno digno transmite expectativas altas, invita al cuidado y favorece una cultura distinta de convivencia.
Sin embargo, construir mejores escuelas no es suficiente. También debemos aprender a habitarlas mejor.
Con frecuencia escuchamos que mantener limpias las aulas, cuidar el mobiliario o recoger la basura es responsabilidad exclusiva de la institución educativa, de las fundaciones o del Estado. Esa mirada, aunque comprensible, resulta insuficiente. Una educación de calidad también forma ciudadanos capaces de asumir responsabilidades compartidas.
Cuando un estudiante cuida su mesa de trabajo, recicla los residuos que genera o procura mantener limpio el patio de su escuela, no está haciendo simplemente una tarea de mantenimiento. Está aprendiendo que los bienes públicos también le pertenecen y que ejercer derechos implica asumir deberes.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que puede ofrecer una buena escuela. No solo enseñar matemáticas, ciencias o literatura, sino ayudar a formar personas que entiendan que los espacios comunes reflejan el tipo de sociedad que queremos construir.
Ojalá sigamos viendo más inversión pública y privada en infraestructura educativa. Pero ojalá también crezca nuestro compromiso colectivo para valorar esos esfuerzos, cuidarlos y hacerlos sostenibles en el tiempo. Porque una escuela bien construida puede abrir muchas puertas; una comunidad que la siente como propia puede transformar generaciones.
Referencias
CAF. Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe. 'Programa Anual de Inversión Educativa (PAIE), Ecuador'.
CAF (2022). 'Infraestructura educativa y aprendizaje en América Latina'.
Banco Interamericano de Desarrollo (BID) (2020). 'Construyendo educación de calidad: el impacto de la infraestructura escolar'.
Unesco (2024). 'Global Education Monitoring Report'. (Capítulos sobre entornos de aprendizaje e infraestructura escolar).