Lo invisible de las ciudades
Gato por liebre: carreteras por viviendas
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
Actualizada:
Dos noticias me llaman la atención. Podría decirse que son las caras distintas de una misma moneda: el espacio que le damos al automóvil y las distancias que nos obligan a depender de él.
La primera viene de Barcelona. La metrópolis catalana acaba de prescindir de la exigencia de garajes en las construcciones urbanas; una medida tomada también en Londres y Ámsterdam. Se busca incentivar el transporte público y reducir el tráfico vehicular en zonas de alta densidad.
Esto no es nuevo para nosotros en Quito. Las autoridades han dispuesto reducciones y hasta la eliminación de estacionamientos obligatorios en proyectos inmobiliarios en altura y de alta densidad. La medida supone un ahorro para los promotores. ¿Se traduce también en vivienda más accesible? ¿Cuentan sus habitantes con alternativas suficientes para movilizarse? ¿Y qué ocurre con las exigencias para los proyectos de mediana y baja densidad?
El garaje es la habitación del automóvil. Le reservamos un espacio en la casa porque hemos organizado la ciudad de tal manera que termina siendo otro miembro de la familia. Cuando la vivienda queda lejos del trabajo, del colegio y de los servicios, y el transporte público no resuelve esos recorridos, tener carro deja de ser una elección. Las distancias lo vuelven indispensable. Hay que alojarlo, alimentarlo con combustible, pagar sus seguros y atender sus desperfectos. Ese miembro adicional termina convirtiéndose en un parásito del presupuesto familiar; uno del que resulta difícil desprenderse, porque dependemos de él para sostener nuestra vida cotidiana.
Por eso, la discusión sobre los garajes conduce a otra sobre las carreteras. Poco resolvemos quitándole la habitación al automóvil si seguimos construyendo ciudades que nos obligan a tenerlo. Cada nueva vía que permite vivir más lejos puede presentarse como una oportunidad para acceder a una vivienda más barata. Pero parte de lo que ahorramos en la casa termina gastándose en llegar a ella. Y eso sin contar el tiempo.
La otra noticia proviene de Australia. En Gold Coast, al sur de Brisbane, una reflexión sobre su crecimiento señala esta incongruencia: la ciudad ha pretendido solucionar los problemas de vivienda construyendo carreteras. En lugar de promover vivienda cerca de las principales concentraciones de trabajo, prefirió ampliar sus redes viales y dejar que el mercado construyera proyectos residenciales donde los terrenos son más baratos.
La promesa merece examinarse desde el bolsillo de quien compra: el precio del inmueble cuenta apenas una parte de la historia. También compramos una localización y, con ella, los gastos y las horas que exigirá habitarla. Si para alcanzar una casa propia debemos hipotecar nuestros ingresos y nuestro tiempo al automóvil, conviene preguntarnos qué tan buen negocio nos ofrecieron.
Muchas veces he mencionado que la movilidad, más que un problema, es el síntoma de un uso del suelo mal planteado. Concentramos actividades comerciales, sociales y culturales en un núcleo, pero descartamos la inserción de vivienda en esos sectores. Y cuando la incorporamos, la concebimos como un producto suntuario, para las élites o para quienes aspiran a convertirse en élite.
Hemos cambiado la noción de las distancias. Lo que antes era una epopeya de viaje, ahora es el recorrido cotidiano de la casa al trabajo o al colegio.
La vivienda debe volver a ser una prioridad al planificar, entendida como parte del hábitat del ciudadano. No se trata solo de estadísticas o de satisfacer la necesidad de un techo. Hay que dejar atrás esa visión fragmentada que atiende cada necesidad por separado. Las áreas comerciales, los centros de trabajo y las periferias residenciales forman parte de una misma ciudad. Lo que decidimos en unos sectores tiene consecuencias en los demás.
La vivienda abarca también los desplazamientos diarios. Así deberíamos entender el urbanismo al momento de planificar. Se duerme en una casa, pero se habita una ciudad entera.