Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
Lo que dijo Osvaldo Hurtado no es un "exceso político" ni una opinión aislada. Viene siendo una alerta desde distintas vertientes políticas, de la sociedad civil y de organismos internacionales.
La tragedia de la democracia moderna es que ya no muere por un colapso repentino ni bajo el estruendo de un golpe de Estado. Se apaga lentamente, por cuotas, mermada por el miedo y la apatía social.
La Revolución Ciudadana lleva años comportándose con la superioridad moral que no les corresponde. Son eficientes para cuestionar las acciones de otros pero incapaces de dejar sus egos inflados de un lado.
¿De qué nos sirve elegir autoridades locales si estas pueden ser procesadas a conveniencia del poder? ¿De qué nos sirve tener alcaldes y prefectos si, en caso de que cometan ilícitos, el sistema podría perdonarlos o castigarlos a conveniencia?
El Estado tiene como desafío combatir al crimen sin mermar la democracia, sin abonar a la impunidad, sin destruir el tejido social, sin profundizar en un discurso simplista que habla de los buenos versus los malos.
¿Cómo no tener miedo viendo lo que les pasa a otros? ¿A otros, incluso con capital político, económico o social? Nadie puede juzgar a quien decide callar cuando el precio de hablar es ver a su familia destruida.
Quien comete un delito debe pagar su deuda con la sociedad. El aislamiento, el hambre y la tuberculosis sin tratamiento no forman parte de ninguna condena legal.
Ningún gobierno, por más alineadas que tenga a las instituciones en teoría independientes, puede sostenerse en el tiempo sobre la nada y el ruido de la propaganda.
Lo peligroso de aplaudir este libreto es creer que la crueldad estatal sólo les pasa a los políticos de turno. Olvidamos que un país sin límites es un territorio peligroso para cualquiera.
No quiero jubilarme aplaudiendo todo lo que antes critiqué. Ni recibir pagos por difundir fakes. No quiero olvidarme de los hechos para centrarme en los afectos. O desafectos. Ni medir con varas distintas a quien destruye la democracia.
Lo que dijo Osvaldo Hurtado no es un "exceso político" ni una opinión aislada. Viene siendo una alerta desde distintas vertientes políticas, de la sociedad civil y de organismos internacionales.
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La tragedia de la democracia moderna es que ya no muere por un colapso repentino ni bajo el estruendo de un golpe de Estado. Se apaga lentamente, por cuotas, mermada por el miedo y la apatía social.
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La Revolución Ciudadana lleva años comportándose con la superioridad moral que no les corresponde. Son eficientes para cuestionar las acciones de otros pero incapaces de dejar sus egos inflados de un lado.
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¿De qué nos sirve elegir autoridades locales si estas pueden ser procesadas a conveniencia del poder? ¿De qué nos sirve tener alcaldes y prefectos si, en caso de que cometan ilícitos, el sistema podría perdonarlos o castigarlos a conveniencia?
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El Estado tiene como desafío combatir al crimen sin mermar la democracia, sin abonar a la impunidad, sin destruir el tejido social, sin profundizar en un discurso simplista que habla de los buenos versus los malos.
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¿Cómo no tener miedo viendo lo que les pasa a otros? ¿A otros, incluso con capital político, económico o social? Nadie puede juzgar a quien decide callar cuando el precio de hablar es ver a su familia destruida.
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Quien comete un delito debe pagar su deuda con la sociedad. El aislamiento, el hambre y la tuberculosis sin tratamiento no forman parte de ninguna condena legal.
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Ningún gobierno, por más alineadas que tenga a las instituciones en teoría independientes, puede sostenerse en el tiempo sobre la nada y el ruido de la propaganda.
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Lo peligroso de aplaudir este libreto es creer que la crueldad estatal sólo les pasa a los políticos de turno. Olvidamos que un país sin límites es un territorio peligroso para cualquiera.
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No quiero jubilarme aplaudiendo todo lo que antes critiqué. Ni recibir pagos por difundir fakes. No quiero olvidarme de los hechos para centrarme en los afectos. O desafectos. Ni medir con varas distintas a quien destruye la democracia.
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