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Educar para la libertad

María Brown Pérez

Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.

Actualizada:

29 may 2026 - 05:45

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Al leer la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, no pude evitar detenerme en su reflexión sobre algunos de los principios centrales de la doctrina social de la Iglesia: el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad y la justicia social. Aunque el documento se concentra principalmente en los desafíos éticos de la inteligencia artificial y del poder tecnológico contemporáneo —un tema también interesante desde el lente de la educación— sus reflexiones sobre la solidaridad y la subsidiariedad me resultaron profundamente iluminadoras para pensar la educación, la crianza y la formación del carácter humano.

En el texto, el Papa se detiene particularmente en el principio de subsidiariedad. La Iglesia lo define como el principio según el cual aquello que las personas, las familias y las comunidades pueden hacer de forma libre y autónoma no debe ser absorbido por instancias superiores. En otras palabras, las personas libres deben ser responsables y participar activamente en la conducción de su vida y de su comunidad. León XIV recuerda que este principio “exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad”.

Esta reflexión sobre cultivar la libertad desde el empoderamiento de las personas para actuar de forma autónoma —sin restar relevancia a las responsabilidades y deberes del Estado u otras instancias superiores— merece ser acogida también en la familia y en la escuela cuando pensamos en la formación humana y en el desarrollo de personas solidarias y buenas.

  • El valor de la virtud

Vivimos en una época en la que, movidos muchas veces por amor, miedo o culpa, padres y educadores tendemos a resolver demasiado la vida de los niños y jóvenes. Les evitamos frustraciones, les organizamos cada minuto, intervenimos en cada conflicto, justificamos sus errores, solucionamos sus olvidos y anticipamos cualquier dificultad antes de que puedan enfrentarla por sí mismos. Confundimos protección —o incluso amor— con formación, pensamos estar haciéndoles un bien, pero en realidad estamos limitando su proceso de aprendizaje y cultivando en ellos una mirada paternalista de la realidad.

Una educación verdaderamente humana no consiste en sustituir la voluntad del otro, sino en fortalecerla. No consiste en evitar toda dificultad, sino en acompañar el desarrollo de la capacidad para enfrentarla. La subsidiariedad parte precisamente de esa confianza en la dignidad y en la capacidad de las personas para actuar responsablemente en libertad.

Esto tiene implicaciones profundas en la crianza. Un niño que nunca aprende a resolver un problema solo, a asumir las consecuencias de sus actos o a tolerar pequeñas frustraciones difícilmente desarrollará autonomía moral. Si cada dificultad es absorbida por los adultos, terminamos formando personas dependientes emocionalmente, frágiles frente al fracaso y con poca capacidad de autorregulación.

Por otro lado, en la encíclica el Papa también nos invita a reflexionar sobre un error frecuente de nuestro tiempo: asociar el valor de una persona a su productividad. Precisamente por reconocer esa dignidad inherente a cada ser humano, la educación debe permitir que cada persona ejercite aquello que puede hacer por sí misma: para sí misma, para los otros y para el bien común.

  • Más allá de enseñar a pescar: lo que Trevor Noah nos recuerda sobre la pobreza

Paradójicamente, el exceso de ayuda puede debilitar la libertad.

La solidaridad, otro de los principios centrales de la encíclica, tampoco puede entenderse como una simple lógica asistencial. León XIV la define como un principio y una virtud que se oponen a la indiferencia y que implican responsabilidad mutua. La solidaridad auténtica no anula al otro ni lo convierte en un sujeto pasivo de ayuda permanente; por el contrario, busca fortalecer sus capacidades y dignidad.

La verdadera solidaridad exige algo más complejo: formar personas capaces de ponerse al servicio de otros sin destruir su autonomía; personas capaces de ayudar sin generar dependencia; personas que comprendan que amar también implica exigir, confiar y permitir crecer.

Esto resulta especialmente difícil en sociedades donde el paternalismo se ha normalizado.

En educación, frecuentemente se premia a los docentes que resuelven todo por sus estudiantes, en lugar de reconocer a quienes trabajan día a día desarrollando capacidades para que esos estudiantes sean personas autónomas, retirándose poco a poco y dando lugar al ejercicio de la libertad, la solidaridad y una ciudadanía activa.

Tal vez una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo es que hablamos constantemente de libertad, pero educamos cada vez menos para ella. Porque la libertad no nace de la ausencia de límites ni de la satisfacción inmediata de todos los deseos. La libertad se construye cuando una persona desarrolla criterio, fortaleza interior, responsabilidad y capacidad de elegir el bien incluso cuando nadie la obliga.

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