De la Vida Real
Los mellizos ya no duermen juntos
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Ellos armaron sus maletas, los llevamos de madrugada al aeropuerto y algo en mí se rompió. Por primera vez en 12 años, la Amalia y el Rodrigo se separaban.
Viajaban en el mismo avión, hacia el mismo destino, pero ahí terminaba lo compartido. Como están en paralelos distintos del colegio, cada uno se fue a un hotel diferente, con un itinerario diferente, hasta terminé en dos grupos de WhatsApp: el de los papás del paralelo A y el de los del B. Los mismos mellizos que dormían juntos hasta el año, que se cuentan todo, que se defienden sin que nadie les enseñe cómo, se iban por rumbos separados a Galápagos.
Son mellizos, pero no son iguales. Nunca lo han sido.
Cuando nacieron, pensé que criarlos “parejo” era darles lo mismo: la misma ropa, las mismas reglas, los mismos regalos en Navidad. Con los años entendí que eso no funciona con dos personas tan distintas. Criar parejo no es tratarlos igual: es darle a cada uno lo que necesita.
Al Rodri hay que darle espacio para que organice su mundo, porque, si no, se ahoga. A la Amalia hay que darle margen para que improvise, porque, si la aprietas con horarios y listas, se bloquea. Los dos necesitan cosas opuestas para sentirse en control de su vida, y aprender eso me tomó más de una pelea sin sentido en la casa.
El Rodrigo es el ser más estresado que conozco: organiza todo, lidera sin proponérselo y tenía la maleta lista con tres días de anticipación, revisando la billetera una y otra vez —cédula, pasajes, 40 dólares.
La Amalia es su opuesto exacto: la más relajada que puede existir. Vive en su mundo, deja todo para el último momento —salió idéntica a mí—. Hizo la maleta la noche anterior y, ya en el auto, lista para salir, soltó la noticia: “Me olvidé de las medias”. El Wilson, mi marido, que es estructurado, casi pierde la cabeza. En el fondo creo que ya se acostumbró a vivir conmigo, que siempre pierdo, me olvido y dejo botado algo.
Ella metió todo en su canguro, arrugado y sin ningún orden. Yo quería decirle que arreglara un poquito, pero el Rodri se me adelantó: le dio una de mis billeteras y le organizó todo. “Gracias, ñaño, pero, si pierdo la billetera, pierdo todo lo importante junto. Con el canguro pierdo una cosa a la vez.” Ella tiene su lógica, pero igual aceptó el gesto del ñaño.
Con las maletas ya hechas, el Rodri seguía nervioso hasta que la Amalia le dijo: “Ñaño, no estés nervioso, mejor veamos una película”. Sabe cómo calmarle. Vimos los tres “Ovejas espías” y él, por fin, se relajó. Mi hijo mayor, el Pacaí, los miraba y sentenció: “Al ñaño le va a dar un paro cardíaco, mami. Parece que se va a la guerra y la Amalia a un retiro de yoga minimalista”.
Llegaron juntos, se separaron en el aeropuerto y esa misma noche me mandaron un video: se habían encontrado en el malecón. Verlos abrazarse —“hola, mi bro”— me sacó lágrimas. Cada uno viviendo lo suyo, con sus amigos, creando recuerdos por separado en el mismo lugar. Sentí que Galápagos era mi útero.
Y, como si la vida quisiera probarme, mientras ellos disfrutaban las Islas Encantadas, aquí la Caya —la perra que es la adoración de la Amalia— tuvo una hemorragia y hubo que operarla de emergencia. El Wilson, el Pacaí y yo hicimos todo por salvarla. La Amalia no se podía enterar de que su perra estaba en cuidados intensivos en el hospital. Yo miraba sus fotos de las Islas Encantadas y, al mismo tiempo, las fotos que nos mandaba el veterinario desde el quirófano. Lo único que quería era contarle el secreto al Rodri, con él siempre sufrimos juntos. El Pacaí, fatalista como es, ya tenía armado un discurso para cuando la Amalia volviera y hubiera que darle la noticia post mortem de la Caya.
Por suerte, todo salió bien. Y en el grupo de los papás llegó una foto de los dos, abrazados, comiéndose un helado en el malecón, al mismo tiempo que el veterinario mandó una foto de la Caya fuera de la muerte. Un día de martirio que terminó en felicidad.
Aprender a soltar a los hijos es una carrera en que voy avanzando muy despacio, quedándome en supletorios y repitiendo algunas materias. Porque tratar de que no sufran es una meta que uno persigue sabiendo que nunca la va a alcanzar del todo.
Quizás lo único parejo que les puedo dar a mis mellizos es esto: la certeza de que, sean tan distintos como son, siempre van a tener un ñaño o una ñaña esperándolos al otro lado del malecón, y una perra viva que los espere en el medio moviendo la cola.