De la Vida Real
Venezuela vive entre nosotros
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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En los tiempos actuales, Ecuador sin venezolanos no sería lo que es.
Todos los días nos topamos con un pedacito de ese país: una persona, una comida, un dicho o un recuerdo. Venezuela vive entre nosotros.
El 24 de junio ese país sufrió un terrible terremoto. No fue solo un terremoto: fueron dos, con apenas 39 segundos de diferencia. El primero, de magnitud 7,2, cerca de San Felipe, en Yaracuy, y el segundo, de 7.5, más superficial y más destructivo. El norte de Venezuela quedó hundido en ruinas de cemento.
Hay zonas enteras en las que la ayuda no llega. Edificios caídos, gente enterrada entre los escombros. En La Guaira, la zona más devastada, falta la comida y las familias duermen en la calle. El balance oficial ya supera los 2.645 muertos y los 11.000 heridos, pero la ONU advierte que la cifra real sería mucho mayor: hay decenas de miles de desaparecidos.
Y nuestra alegría por ganarle a Alemania en el fútbol nos desconectó de esta tragedia. El 25 de junio, un día después del terremoto, la Tri hacía historia con ese 2-1 inolvidable. Pero, al ver a algún venezolano, o tan solo oír su voz, recordábamos que ellos están aquí y sus familiares allá, luchando por sobrevivir. Si es que lograron sobrevivir.
Ahora, ya sin la cabeza y el corazón en el Mundial tras la eliminación ante México, dimensionamos lo que están pasando nuestros hermanos de la Vinotinto.
El sábado pasado tuvimos un matrimonio. Gozamos, bailamos con una banda de chamos, todos venezolanos. Y en mi mente se cruzaba un pensamiento recurrente: nosotros bailando y gozando, y seguro el de la trompeta perdió a un ser querido. ¿Cómo puede estar aquí luego de semejante tragedia? Nosotros bailando y gozando, y seguro el cantante espera la noticia de alguien encontrado en su familia. Nosotros bailando y gozando, y seguro el del piano perdió a alguien, y por eso usa gafas a medianoche, para que no le veamos los ojos hinchados de tanto llanto.
El cantante, en medio de una canción, pidió un ratico de silencio: “Ustedes se preguntarán cómo podemos estar aquí animando si estamos pasando por esta tragedia como pueblo, como país. Pero este es nuestro trabajo, y ahora necesitamos más que nunca sacar a Venezuela adelante y a cada una de nuestras familias. Les pido un minuto de silencio por cada alma ida”.
Y no lloré solo yo. Todos los de la pista de baile lloramos.
Porque todos convivimos con un venezolano que nos dice “veci”, que nos alegra la vida con su eterna canción de cumpleaños. Si vamos al doctor, la de la recepción es venezolana. Si vamos al mecánico, el jefe es venezolano. Si vamos a cualquier peluquería, quien nos atiende es de allá.
Y sí, los venezolanos son parte de nosotros y de nuestra cultura. Por eso nos duele tanto la tragedia que están atravesando. Venezuela y Ecuador nos hemos fusionado y nos hemos convertido en uno solo.
Lloreyla es una amiga venezolana que trabaja en la panadería de abajo de mi casa. Aparte de ser regia, es encantadora. Se fue a Venezuela la semana anterior a buscar a su familia. Me escribió que su mamá murió, su papá está muy grave y sus hermanos no aparecen. ¿Cómo no sentir su dolor si la veía todos los días? ¿Cómo no estar pendiente de ella, si era la que me daba el pan diario?
Hoy, en la carnicería, Jhoan, mi gran amigo de Mérida, estaba feliz porque a su familia ya le dieron de alta. ¿Cómo no vivir su alegría?
El repartidor del supermercado está haciendo una colecta para regresar a su país: no sabe nada de su familia. Llorando, me contó que ellos se fueron solo por el verano. “Yo no me fui porque aquí siempre hay deudas que pagar, pero les mandé a mi señora y a mis hijos, y ahora ellos están muertos. Si no me dan razón de ellos es porque nadie quiere confirmarme la fatal noticia. Veci, ayúdeme con lo que pueda, necesito irme para allá”, me dijo desesperado.
¿Cómo no ayudarle? Nosotros ya pasamos por algo así: el 16 de abril de 2016 la tierra también nos rompió y, como país, sabemos que lo único que calma un poco el dolor es la solidaridad.
Ellos allá están devastados, pero no por haber perdido un partido de fútbol. No. Ellos perdieron gente amada. Ahí no hay medio tiempo, no existen rivales, no hay penales ni revanchas.
Venezuela, ahora más que nunca, nos necesita. No donando zapatos de taco, ni vestidos elegantes, ni comida que se puede dañar. Ellos nos necesitan para volver a comenzar: con ropa cómoda, comida enlatada y agua. Nos necesitan para poder levantarse una vez más.