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El día de los abrazos

Paolo Moncagatta

Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.

Actualizada:

04 jul 2026 - 05:55

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Ecuador está fuera del mundial, lo sé. No voy a escribir sobre si jugamos bien o mal, sobre el técnico o los jugadores, las supuestas amenazas, los árbitros, o la FIFA. Esta vez voy a escribir sobre algo que me parece mucho más interesante que todo eso, y es el impacto que el resultado de un partido de fútbol puede tener en el ánimo de una sociedad, en su cultura, y hasta en su identidad.

El día de la victoria contra Alemania probablemente se pueda calificar como el día más feliz en la historia del Ecuador. No hablo del mejor día para el Ecuador como país, pero sí como el día más importante para la felicidad individual de las y los ecuatorianos. No se me ocurre otro día que se le acerque; ni cuando hemos “ganado” guerras, ni cuando regresamos a la democracia, ni en otros logros deportivos tal vez más significativos a nivel individual como las medallas olímpicas de nuestros deportistas.

El pasado jueves 25 de junio, cuando la selección venció a Alemania en un partido épico, muy pocas personas se lo esperaban. Es por esto que, cuando el árbitro dio el pitazo final, todo el país, incluidos los más de un millón de compatriotas que viven en el extranjero, explotamos en auténtica algarabía. Gritos, pitos, lágrimas, sonrisas, y muchos, pero muchos, abrazos. Creo que no exagero si digo que es el día en que más abrazos se han dado en los casi doscientos años de historia ecuatoriana: abrazos entre familiares, amigos, y lo más interesante, entre desconocidos. El triunfo ante Alemania hizo que momentáneamente nos olvidáramos de diferencias socioeconómicas, étnicas, etarias y de género, y le perdiéramos el miedo a fundirnos en abrazos para celebrar la victoria de lo que nos une, el ser ecuatorianos.

Gocé ese día. Paseé con mi familia por nuestro barrio, hicimos barras por la selección, y nos congratulamos con un montón de desconocidos gritando “¡Ecuador, Ecuador!” Después me reí con los memes que circularon, y mantuve el buen espíritu que reinaba en el colectivo por un par de días más, al igual que mis colegas, amigos y familiares.

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Lo que vivimos esos días tiene nombre en las ciencias sociales. Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología, lo llamó “efervescencia colectiva”: esos momentos extraordinarios en que una comunidad se congrega en torno a una emoción compartida y los individuos sienten que forman parte de algo más grande que ellos mismos. Durkheim estudió este fenómeno en los rituales religiosos, pero su lógica aplica perfectamente a lo que el fútbol produce en sociedades como la nuestra: una comunión intensa que suspende las jerarquías y las diferencias, y que renueva -aunque sea por unas horas- el sentimiento de pertenencia a la comunidad. El problema, ya lo advertía el propio Durkheim, es que la efervescencia es, por definición, transitoria. La energía colectiva se disipa, y cada quien vuelve a su vida ordinaria.

Quizás fue por eso que en medio de tanta alegría, bien merecida para un pueblo que ha sufrido tanto, había un pensamiento que me rondaba y que no me dejaba tranquilo. El tener que depender del resultado de un partido de fútbol, por más extraordinario que sea, para sentirnos felices y orgullosos de ser ecuatorianos, y para poder abrazarnos sin vergüenzas, era algo que, al mismo tiempo, me llamaba la atención y me incomodaba. No tengo ningún problema con celebrar la victoria de la selección, pero sí me hizo pensar en por qué no celebramos nada más de la misma forma en que celebramos aquello.

Ahora, una vez eliminados, volvemos a ser el país de siempre, con los mismos problemas de antes. La corrupción, la inseguridad, la desigualdad, el desempleo y la falta de oportunidades siguen estando ahí, intocados, en los mismos niveles. Bien dicen por ahí que el fútbol es el opio de los pueblos: estas alegrías momentáneas nos llenan de endorfinas y feriados nacionales, nos hacen sentir orgullosos de pertenecer al país, pero son cortas, y hasta cierto punto, artificiales. Mientras no construyamos un verdadero sentido de identidad y orgullo que trascienda los resultados de la selección de fútbol, seguiremos siendo un país desunido, con identidad débil, y me atrevo a decirlo, triste.

El día de los abrazos pasó muy rápido. Ojalá para una próxima vez no tengamos que esperar una victoria mundialista ante una gran potencia para que se dé otro. Podríamos empezar por darle más importancia a otros proyectos comunes, logros científicos, culturales o comunitarios, o a la reconstrucción de la confianza entre ciudadanos. El reto del Ecuador está en construir razones cotidianas para sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos, en vez de esperar a que nos las regale, cada cuatro años, el calendario de la FIFA.

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