Más allá de enseñar a pescar: lo que Trevor Noah nos recuerda sobre la pobreza
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
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Les recomiendo leer el libro de Trevor Noah, Born a Crime, publicado en español bajo el título 'Prohibido nacer'. Varias personas me habían recomendado esta autobiografía de un comediante sudafricano altamente reconocido en Estados Unidos y el mundo, y tardé más de lo que debía en hacerles caso.
Había escuchado varios de sus stand-ups, en los cuales hacía referencia a Patricia, su madre, y la retrataba como una mujer valiente, rebelde y fuerte que lo crió en un entorno de mucha carencia. Sin embargo, hasta no leer las palabras que narran su niñez, no había comprendido la profundidad de esa carencia.
En este libro de memorias, Noah no solo cuenta cómo un niño mulato, nacido de madre negra y padre europeo en Sudáfrica al final del apartheid, era en sí mismo una imposibilidad, un "crimen" —de ahí el nombre del libro—, sino que también narra episodios en su casa, en su barrio, en el colegio y con sus amigos que nos recuerdan que la pobreza, la familia y el amor de una madre se ven igual en cualquier parte del mundo.
En esta narración, el autor hace referencia al refrán popular: “Dale un pescado a un hombre y comerá un día; enséñale a pescar y comerá toda la vida”.
El autor cuestiona la suficiencia de este principio. Plantea que no basta con enseñar a pescar, sino que se requieren otras condiciones para que una persona pueda convertir ese conocimiento en prosperidad. Dice que, además de enseñar a pescar, “sería bueno si también les dieran una caña de pescar”.
Cuenta cómo un acto de generosidad en el momento preciso, sumado a sus conocimientos y mentalidad emprendedora, cambió por completo el rumbo de su vida.
A partir de esa imagen, me permito proponer tres lecturas para el contexto latinoamericano:
1. El mérito sin condiciones habilitantes es una ficción conveniente
El discurso de "enseñar a pescar" suele apoyarse en una noción de mérito individual. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando las condiciones estructurales impiden siquiera acercarse al río? La evidencia en economía del desarrollo muestra que el acceso a activos productivos es un determinante crítico para salir de la pobreza. El conocimiento sin medios puede no producir movilidad real.
2. La desigualdad no es solo de ingresos, sino de oportunidades efectivas
El planteamiento de Noah obliga a distinguir entre igualdad formal —todos pueden aprender— e igualdad sustantiva —todos pueden aplicar lo aprendido—. Esta diferencia ha sido ampliamente desarrollada por Amartya Sen en su enfoque de capacidades: no basta con ofrecer educación; es necesario garantizar que las personas tengan las libertades reales para convertir ese aprendizaje en bienestar.
En este sentido, entregar "la caña" puede entenderse como proveer condiciones mínimas: acceso a crédito, redes de apoyo, salud, nutrición o tiempo disponible. Sin estos elementos, la enseñanza se vuelve insuficiente.
3. Las políticas públicas eficaces combinan desarrollo de capacidades con transferencias
Durante años se ha planteado una falsa dicotomía entre asistencia y formación. Sin embargo, programas en América Latina y África han demostrado que la combinación de ambos enfoques es más efectiva. El Programa Mundial de Alimentos ha documentado, en múltiples evaluaciones, que las intervenciones que combinan alimentación escolar con educación mejoran tanto el aprendizaje como la permanencia en el sistema educativo. La pregunta pertinente, entonces, no es si se debe "dar el pescado" o "enseñar a pescar", sino en qué momento y condiciones, cada intervención es más pertinente.
La historia de Trevor Noah ilustra, desde la experiencia vivida, lo que la teoría económica confirma. Y me llevó también a reflexionar sobre cómo la prosperidad puede multiplicarse.
Yo suscribo la idea de que la riqueza —especialmente aquella basada en el conocimiento, la innovación y el capital humano— no es finita. No es como un pastel de tamaño determinado que, al repartirse entre más personas, produce porciones cada vez más pequeñas. Es más bien como una vela: la llama no se disminuye al encender con ella otra vela; se multiplica.
Por eso creo que una educación de calidad debe contemplar los dos componentes: la enseñanza de la técnica y el conocimiento, y también, en alguna medida, la caña, es decir, el acceso a los medios para poder implementar lo aprendido.