La constancia también se aprende
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
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Hace pocos días, mi hija Julia recibió un reconocimiento como karateka del año de su grupo. Como madre, sentí un inmenso orgullo. Pero no por el diploma ni por el reconocimiento en sí. Mientras la veía recibirlo, no podía dejar de pensar en aquella niña que, tres años atrás, salió de sus primeras clases convencida de que el karate no era para ella.
El karate le exigía mucho más de lo que imaginaba. Requería concentración, disciplina, paciencia y una capacidad de perseverar que, en ese momento, no le resultaba natural. Julia tiene un diagnóstico leve de déficit de atención y algunas dificultades asociadas a la dislexia. Permanecer enfocada durante una clase, repetir una técnica una y otra vez o memorizar una secuencia representaban un esfuerzo considerable. Al poco tiempo de empezar, me pidió dejar las clases.
Como muchos padres, tuve la tentación de decirle que buscáramos otra actividad. Después de todo, queremos que nuestros hijos disfruten lo que hacen. Pero también pensé que abandonar ante la primera dificultad podía enseñarle una lección equivocada. Así que llegamos a un acuerdo: terminaría el compromiso de ese año escolar y, si al finalizar seguía sintiendo que el karate no era para ella, buscaríamos otra disciplina.
Nunca hizo falta.
Al año siguiente fue ella quien decidió continuar. Y este año, con un nuevo entrenador, el cambio fue aún más evidente. El reconocimiento que recibió fue apenas la consecuencia visible de cientos de entrenamientos silenciosos, de tardes de práctica y de pequeños avances que casi nadie vio. Sin embargo, el cambio más importante ocurrió fuera del tatami.
Vi a una niña más perseverante. Más capaz de tolerar la frustración. Más disciplinada para terminar aquello que empieza. Más segura de sí misma.
Constaté, una vez más, que el deporte puede ser una extraordinaria escuela para formar el carácter.
Vivimos en una época que suele celebrar el talento y los resultados inmediatos. Admiramos a quienes parecen destacar con facilidad, pero pocas veces hablamos del enorme valor de la constancia. Sin embargo, la evidencia apunta en otra dirección. La psicóloga Angela Duckworth, autora del concepto de grit, ha demostrado que la perseverancia y la pasión sostenida por objetivos de largo plazo predicen el éxito mejor que el talento por sí solo. Del mismo modo, el psicólogo Anders Ericsson explicó, a través de sus investigaciones sobre la práctica deliberada, que la excelencia rara vez es producto de un don innato; es el resultado de miles de horas de práctica consciente, retroalimentación y mejora continua.
Pero en estos tres años también aprendí otra lección que no esperaba. La constancia no se desarrolla únicamente por fuerza de voluntad. Se cultiva gracias a la presencia de adultos que saben acompañar ese proceso.
Este año, Julia tuvo la fortuna de encontrarse con Jonathan, su entrenador. Observándolo entendí algo que también aplica para la educación: la verdadera autoridad no nace del temor, sino del vínculo. Jonathan es un entrenador exigente. Corrige, insiste y espera mucho de sus estudiantes. Pero al mismo tiempo conoce a cada uno, los anima, celebra sus avances y les transmite la convicción de que son capaces de lograr más de lo que ellos mismos imaginan.
Julia quería hacerlo bien. No porque tuviera miedo de equivocarse, sino porque había construido con él una relación de respeto y confianza. Quería escuchar sus consejos, superarse y responder a las expectativas de alguien que creía en ella. Esa es, probablemente, una de las formas más poderosas de educar.
Con frecuencia creemos que debemos escoger entre ser afectuosos o ser exigentes con nuestros hijos y estudiantes. En realidad, los mejores educadores hacen ambas cosas al mismo tiempo. Ofrecen cercanía sin renunciar a las expectativas altas. Corrigen con firmeza, pero también con afecto. Ese equilibrio permite que los niños acepten el esfuerzo no como un castigo, sino como un camino de crecimiento.
Mientras veía a Julia recibir ese reconocimiento, comprendí que el verdadero premio había llegado mucho antes. Llegó el día en que dejó de decir "no puedo" para empezar a decir "lo intentaré una vez más". Llegó cuando entendió que el progreso no ocurre de un momento a otro, sino como resultado de pequeñas acciones repetidas con disciplina. Y llegó cuando descubrió que el esfuerzo vale la pena porque hay personas que creen en ella incluso antes de que ella misma crea en sus propias capacidades.
Las medallas y los diplomas encontrarán algún lugar en una repisa. La constancia, en cambio, la acompañará toda la vida. Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más valiosos que puede ofrecer el deporte.