De la Vida Real
Mírame linda
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Vengo de una estirpe en la que las plantas son una pasión. En la familia de mi mamá no se habla de otra cosa. Si hay que dar un regalo, no hace falta pensar mucho porque el mejor siempre será una maceta, una planta o algún árbol que dé algún fruto exótico. Mi mamá ama con locura las plantas, y mi abuelo dejó de herencia toda esa pasión. Pero por alguna razón desconocida, jamás me interesaron, y por lo tanto la herencia jamás me llegó.
No tengo idea de cómo se las cuida, ni de qué tan distinta puede ser una orquídea de una violeta. Lo que sí me quedó fueron los datos sueltos: sé que la piña es de la familia de las bromelias y que la papa y la naranjilla son familia porque las dos son solanaceaes, y esto lo sé porque en las conversaciones familiares no se habla de otra cosa que del parentesco entre las plantas, como si todos fueran genealogistas. También sé la vergüenza que se siente cuando mi mamá pide una estaca de una planta a gente desconocida, o el malgenio que me da cuando un tío para el auto a raya para agarrar una semilla.
Cuando mi mamá se va de viaje, el único encargo que nos deja es que le reguemos el jardín, y las plantas dentro de la casa, que son miles. Y cuando me llama por teléfono es para preguntar por sus plantas. Mi tío tiene en su jardín un microclima único de tantas plantas sembradas. Y en la casa de mi ñaño hay tantas variedades de árboles que mi cuñada, amante a morir de las plantas, me decía: “Valen, ya no tengo espacio para este árbol que da un fruto rarísimo, pero igual le voy a sembrar al lado del zapote para que no le dé sombra”. A mí esa explicación me sonó a un problema sin resolver del álgebra de Baldor.
En las conversaciones que he oído en la familia de mi mamá, hay la teoría de que una casa no necesita más adornos que plantas, que el mejor centro de mesa es una linda maceta. Las plantas adornan cualquier espacio, dicen.
Hasta que un día decidí, por instinto más que por presión, comprarme una orquídea blanca y ponerla en una mesa esquinera junto a la ventana. Y sí, ese espacio vacío de pronto cobró vida. Luego me compré una violeta, y otra orquídea morada y una rosada. Después un ají, que aparte de decorar da frutos. Así, esa mesa simple se fue llenando de vida. En una maceta que me regaló mi ángel de la guarda, la Yoli, que también tiene un amor incondicional a las plantas, sembré algo que da flores rosadas. En otra nació un limón, o tal vez sea una naranja, todavía no florece para saber qué mismo será.
En la casa de mi abuela había unas semillas con brotes, al disimulo me robé dos, y con la Yoli les plantamos. Ahora hay una especie de arbolitos que no tenemos idea qué serán. También tengo unos helechos y una planta divina que se llama rosario, que adorna cada esquina de mi casa y las puse en macetas de coco, de esas que cuelgan.
Cada vez que voy al mercado traigo una plantita. El problema es que todavía no sé los nombres, pero están hermosas: unas son solo hojas, otras me sorprenden con flores, y no les pongo nada más que agua una vez por semana. Mi balcón, que hace un año era aburrido, feo y sin sentido, ahora me tiene buscando espacio para nuevas plantas.
Tengo una miramelinda, ese nombre me lo sé de memoria porque mi abuelo siempre recolectaba esa semilla y decía que la planta pide que la mires: “mírame linda”. Y mi vecina me regaló unas semillas y las puse en la maceta que también cuelga. Ahora ella es la que me avisa cuando debo regarla. Se pone triste, agachada, y me llama “mírame linda”, la volteo a ver, le pongo agua y se pone radiante, elegante, bella, y aprovecho para regar también a sus compañeras.
Ahora me fijo en cada árbol, en cada jacarandá, en cada arupo que hay en la ciudad. Veo una vereda sin árboles y pienso: aquí debería haber uno para que dé sombra. Veo un árbol de guaba y pienso qué felices serán los que viven en esa casa. Se abre un portón y me quedo espiando a ver cómo es el patio.
Así es como un gusto en que jamás pensé que me llegaría, me está invadiendo el alma. Ayer me fijé que la flor de cera, una enredadera que me regalaron, ya floreció, y sentí tanta alegría que le agradecí por existir.
Tal vez es la edad, tal vez el entorno, o la herencia atrasada que me llegó, pero algo que puedo garantizar es que tener plantas alrededor es lo más cercano a la felicidad.