Miedo, desesperanza y resignación
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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En un ejercicio de necesaria memoria, a propósito de la renuncia de María Paz Jervis a la presidencia de la Cámara de Industrias y Producción, un político recordaba algunas de las ocasiones en que las cámaras empresariales intervinieron directamente en política. Citaba el llamado de una de estas a “tocar las puertas de los cuarteles”, el apoyo de otro gremio a la huelga general convocada por el FUT, incluida la convocatoria al cierre de las puertas de sus negocios y otra que clamaba por la renuncia del presidente de la República.
En la búsqueda de pretextos, se podría argumentar que todo eso sucedía cuando aún no se cumplía el período del primer gobierno del régimen democrático, en el insólito caso de haberse constituido como el primer país latinoamericano que dio el difícil paso hacia los gobiernos constitucionales. Por tanto, se podía sostener que no había el menor asomo de cultura democrática.
Obviamente, el pretexto es pueril y más vale dejarlo ahí. Pero sí cabe recordar aquellos episodios para comprender la gran diferencia que existe con las posiciones que esas mismas cámaras fueron adoptando a lo largo del tiempo. De la misma manera que otras organizaciones, como los sindicatos o las asociaciones de profesionales, fueron comprendiendo que su responsabilidad era no solamente la representación de los intereses de sus agremiados, sino sobre todo el impacto positivo o negativo para el convivir democrático que tendrían sus acciones. Entendieron que eran, como todos los otros, actores políticos.
En esa condición les cabe una responsabilidad que va más allá del debate sobre un impuesto, un arancel o una reforma laboral. Restringirla a esos y otros temas similares llevaría a encerrarlas en una burbuja aislada de la sociedad en la que se desenvuelven y limitaría significativamente el alcance de sus acciones. Obviamente, esto no quiere decir que deban convertirse en un ente que compite en las elecciones o que disputa el poder en cualquiera de sus niveles, mucho menos que llama a derrocar gobiernos como ocurrió en aquellos primeros años del período democrático. Solo consiste en seguir la máxima de Ortega y Gasset —un autor liberal, al que sin duda han leído muchos de los integrantes de ese gremio— acerca de la relación entre el individuo y su circunstancia. Si no se salva a esta, no se salva el individuo, en este caso un ente colectivo.
Ese fue el llamado de María Paz Jervis, cuando aludió al miedo, a la desesperanza y a la resignación que percibe entre los agremiados. Se refería no solamente a la actitud asumida por sus dirigentes frente a los temas específicos de su campo, sino explícitamente por los atentados a la libertad de expresión, es decir, por valores que competen a toda la ciudadanía y que deben ser principios básicos de organizaciones como esa. Lo dijo en su condición de presidenta de la Cámara de Industrias y Producción en un acto solemne de esta organización. Y lo hizo, según se desprende de su mismo discurso, después de haber sido reelegida para ese cargo.
Hasta este momento no se conocen los detalles del debate que debe haberse producido entre los afiliados sobre los duros términos que utilizó la presidenta. Pero, por la reacción de la Cámara, sí se puede confirmar que el miedo, la desesperanza y la resignación están presentes ahí, como lo están en otros ámbitos, y cierran el paso a cualquier preocupación sobre la circunstancia.