De la Vida Real
El dulce de guayaba que nunca aprendí a hacer
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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El miércoles en la tarde mi amiga Jackie me pasó dejando una funda gigante de guayabas con una nota que decía: "Tú que amas la guayaba". Cerré la funda y guardé la nota. Le mandé un WhatsApp: "Gracias por el detalle, te contaré cómo me va". Y ahí quedó el asunto, porque amo con locura el dulce de guayaba, ese que venden envuelto en plástico con un sticker amarillo y sabe a gloria, aunque jamás en mi vida lo he hecho desde cero.
Pero si de la nada te llegan guayabas, ¿qué más puedes hacer?
Con el celular en la mano busqué recetas. La fórmula era simple: por cada kilo de fruta, una taza de azúcar. Al ojo hice el cálculo, licué todo y ahí me di cuenta de algo importante: hace tiempo vengo pensando que debería comprarme unos buenos cernidores. Tengo dos, uno para taza y uno más grandecito. Me demoré horas cirniendo el jugo. La idea era que el dulce no tuviera pepas, pero eso fue imposible. El cincuenta por ciento de las pepas quedó en el cernidor y el otro cincuenta por ciento siguió de largo al dulce. Lección aprendida: jamás hay que posponer la compra de cernidores.
Mientras cocinaba, noté algo que no esperaba: el aroma a guayaba cocinándose no me transmitía ningún recuerdo. No me veía en la cocina de mis abuelos preparando este dulce. Tampoco en la casa de mis papás. Nada. Solo se me venían imágenes de abrir el dulce comprado y comérmelo con queso. Sentí que estaba generando un hecho histórico desde cero.
Y de a poco, la cocina se fue llenando.
Mis hijos entraban con cara de sorpresa a preguntar qué hacía. Les pareció increíble que yo cocinara algo tan complicado. Pero eso fue lo más lindo, porque cada uno que entraba aportaba algo. La cuchara de palo estaba ahí y el que llegaba meneaba la mezcla, probaba y soltaba su opinión: "Ma, falta azúcar." "Ma, está de que le pongas canela." "Ma, ve, esta receta, en Paraguay le ponen limón."
Y le pusimos limón.
El Wilson entraba, meneaba, probaba y decía: "¿Qué hacen? Está rico, pero ¿no creen que está demasiado dulce?" Y así, los cinco juntos —mis hijos, mi marido y yo— estuvimos más de cinco horas buscando el punto perfecto. Pasamos por la textura de colada, luego de mermelada, hasta llegar a un dulce pegajoso y delicioso. Cinco horas de intensa convivencia.
Al final nos quedó una pasta muy rica que comimos con queso, todavía un poco caliente. Al día siguiente desayunamos y lo pusimos en el pan. La textura jamás cambió por más esperanza que le pusimos.
Debo reconocer algo: se me quema todo. Dejo cocinando garbanzos y alguien grita: "Los garbanzos se quemaron." Dejo cocinando frejol y alguien grita: "Los frejoles se quemaron." Dejo cocinando lentejas y alguien grita: "¡La olla está en llamas!" Soy de las que no creen tanto en el slow food, sino en el flash food. Todo lo cocino en llama alta o altísima.
Entonces que haya logrado hacer dulce de guayaba en llama lenta y bajita, por más de cinco horas, seguro les marcó a mis hijos. Aunque debo ser honesta: ellos estaban más interesados en ver el partido de Croacia vs. Inglaterra que en estar pendientes de la olla. Creo que también jugaba Colombia vs. Uzbekistán, y el Pacaí y el Rodrigo agarraron un plato con la mezcla hirviendo para no perderse un segundo del partido mundialista ni el delicioso saber del dulce, que todavía le faltaba algo para llegar al punto.
Pero entre los entretiempos iban a la cocina a chequear cómo iba la cocción.
Y nunca llegó el famoso "punto". Ese punto del que hablan todas las recetas y que, viendo el resultado final, creo que no llegamos a alcanzar del todo.
Aunque no tenga recuerdos de haber aprendido esto de alguien, lo lindo es eso: que mis hijos nunca se olvidarán del día que hice dulce de guayaba. Del pánico que teníamos todos de que se me quemara. De la cuchara de palo que uno a uno fuimos moviendo. Del limón agregado como un toque paraguayo. Del Wilson quejándose del azúcar, porque todo le parece que tiene demasiada azúcar, así no tenga ni un gramo. De haber comido dulce de guayaba, sin punto, viendo el partido de fútbol.
Mi amiga Jackie me regaló una funda de guayabas y sin querer nos regaló una tarde entera de recuerdos.