Columnista Invitada
Las verdades incómodas de la democracia ecuatoriana
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
Actualizada:
Desde hace unos días, las declaraciones del expresidente Osvaldo Hurtado causaron revuelo, preocupación y debate…. enhorabuena. Esto, porque consiguió interpelar a todos y poner a discutir al país, sobre aspectos de fondo que deberían interesar a cualquier demócrata.
El expresidente Hurtado hizo varias advertencias respecto al estado de la democracia en el Ecuador. Y justamente por eso, recibió una ola de reacciones. Los ataques personales no se hicieron esperar, y las redes sociales se han dedicado a tratar de desviar sus importantes cuestionamientos con descalificaciones e insultos.
Pero más allá de los burdos intentos de evitar que el debate público se recomponga, se vuelve fundamental hacer un análisis respecto de varios temas que fueron puestos con frontalidad sobre la mesa. Examinándolos detenidamente, hay razones poderosas para retomar la discusión nacional sobre la independencia de poderes, el sistema de partidos, la libertad de expresión y la justicia electoral.
Sobre independencia de poderes e institucionalidad
En democracia, la independencia de los órganos de control es fundamental. Cuando sus actos demuestran total libertad de actuación, garantizan solvencia en sus decisiones y sana distancia con el poder de turno. Órganos de control al servicio del poder político son trampas para la democracia y socavan lentamente la institucionalidad.
Por lo tanto, insistir en la importancia de debatir sobre el estado de la justicia es correcto. Normalizar la politización de la justicia es herir de muerte al derecho fundamental de los ciudadanos de acceder a una justicia imparcial, y colocar a todos en un estado de indefensión colectiva.
Sobre el sistema de partidos
No hay democracia sin partidos. Pero como ya se ha dicho, y lo ratifica el expresidente: mientras no se reforme el sistema de partidos y se geste otro más riguroso, que acabe con los partidos de papel y produzca estructuras políticas sólidas, los procesos electorales defectuosos se repetirán una y otra vez. El lúcido llamado a replantear la visión del sistema electoral para garantizar elecciones libres y justas es oportuno y urgente.
Sobre la libertad de expresión
La prensa libre ha sido siempre la defensora de los contrapesos y ha sido el aliado estratégico clave de la ciudadanía al momento de visibilizar corrupción, violación de derechos y sobre todo emitir críticas que bien procesadas han servido al poder para mejorar su gestión. Por lo tanto, tratarlos como adversarios o enemigos a los que hay que neutralizar es un grave error. Lesiona la democracia, porque impone una autocensura muy peligrosa y vulnera el derecho de acceso a la información.
La autocensura de la opinión se alimenta con el miedo a ser objeto de persecución sistemática, y el costo de sucumbir ante él produce consecuencias insalvables. Por lo tanto, defender la libertad de expresión es una obligación democrática.
Sobre la justicia electoral
El derecho de participación política debe ser tutelado por el Estado. Si bien ese derecho conlleva obligaciones de las organizaciones políticas de someterse a reglas vigentes, transparentar sus procedimientos y responder por sus irregularidades, no es menos cierto que, el dejar fuera de la competencia electoral de forma arbitraria a partidos que son adversarios políticos es perjudicial para la democracia, porque elimina organizaciones sin reglas claras, debido proceso ni criterios objetivos. Si una autoridad cancela un partido por presiones políticas, la competencia electoral ya no es libre.
Finalmente, la polarización política del país no se va a solucionar profundizando el anticorreísmo y el correísmo. Esa lógica empobrece el debate y ha permitido que la defensa de la democracia dependa del nombre de quien resulta afectado. Eso no puede seguir siendo así.
Estas verdades incómodas han sido planteadas oportunamente y con seriedad por un expresidente, y deberían ser el punto de partida para inaugurar un gran debate nacional sobre estas y otros temas más.
El país necesita recuperar una conversación política sin miedo. Pero para que esto suceda, quizás es momento de que el poder deje de vivir a la defensiva escuchando enemigos donde solo hay verdad y, cultivando la calma, se decida a dialogar sin ponerse en guerra.
Un expresidente se ha levantado, cuestiona, y propone al país que se debata. Veamos cómo se recoge este guante.