El indiscreto encanto de la política
El día en que un estadista derrotó al algoritmo
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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Dábamos por sentado que la política había cambiado para siempre. Que las ideas habían sido reemplazadas por los algoritmos; los discursos, por videos de treinta segundos; y el debate público, por una competencia permanente por captar —o desviar— la atención.
En ese ecosistema, la autoridad política parecía depender menos de la solidez de los argumentos que del número de seguidores, el nivel de interacción o la capacidad para convertir cualquier mensaje en tendencia. La experiencia y el conocimiento habían quedado relegados a un segundo plano.
Hasta que ocurrió lo inesperado.
Un expresidente de 87 años, sin cargo público ni aspiraciones electorales, concedió una entrevista y obligó al sistema político a discutir en sus términos. Habló de instituciones, separación de poderes, democracia y autoritarismo.
Sin depender de una maquinaria digital, instaló en el debate público conceptos como “criptodictadura” y “protodictador”. Durante varios días, el Gobierno dejó de imponer la agenda y pasó a responderle.
Osvaldo Hurtado derrotó, al menos por unos días, la lógica del algoritmo.
No produjo necesariamente el contenido más viral. Hizo algo más difícil: formuló ideas capaces de articular un malestar disperso y consiguió que muchas personas se reconocieran en ellas. Ordenó la conversación pública y obligó a sus adversarios a debatir en su territorio.
Los ataques no debilitaron su mensaje: ampliaron su alcance. Quienes intentaron descalificar a Hurtado por su edad, su trayectoria o su ideología terminaron reforzando la centralidad de sus argumentos.
Esa podría ser la principal lección de la semana. Más allá de la estrategia digital y la comunicación política, existe otra forma de construir influencia: la credibilidad acumulada durante décadas de estudio, reflexión, coherencia intelectual y compromiso con las instituciones. Esa autoridad no se compra ni se fabrica; mucho menos se improvisa durante una campaña electoral.
La democracia necesita algo más que comunicación eficaz. Necesita dirigentes capaces de producir argumentos, construir conceptos y pensar más allá del siguiente ciclo informativo. Necesita estadistas.
Quizá la enseñanza no sea que Osvaldo Hurtado derrotó al algoritmo, sino una más incómoda: cuando las ideas tienen suficiente fuerza, ni siquiera el algoritmo consigue ignorarlas.