Entre la influencer, el sicario y los viejos libros
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Según una encuesta española, un 40% de los colegiales encandilados quieren ser influencers, mientras que en Ecuador muchos adolescentes de las áreas marginales se convierten en traficantes y sicarios empujados por la miseria y el desamparo, pero atraídos también por el prestigio y el billete del que gozan los capos, cuya imagen es acrecentada por la crónica roja y las series de televisión. Frente a estas dos distorsiones de la vida actual, los libros y la lectura llevan perdida la batalla hace numerosos años.
Señalo esto pues, a partir de la ya célebre prueba PISA, se comenta mucho en estos días que los alumnos de colegio comprenden poco o mal lo que leen. Esto si es que leen, pues ya casi no tocan los libros por culpa, dicen, del puto celular que les tiene atados como zombis a su pantalla, junto a la inteligencia artificial que les resuelve las tareas, ahorrándoles el trabajo de pensar e investigar.
Pero no es tan simple el asunto, ni es cuestión de buscar un culpable y pelado el pollo. Que prohíban en Francia y en Australia el uso del celular en los colegios está muy bien, aunque ya andarán los psicólogos juveniles ocupadísimos con los síndromes de abstinencia de los alumnos, mientras los inspectores persiguen a los resabiados que introducen subrepticiamente aparatos tal como antes introducían marihuana.
Pero se trata de un problema cultural mucho más amplio e histórico, que exhibe numerosas aristas; una de ellas tiene que ver con el prestigio del que hablábamos al principio. O, si prefieren, con la pérdida lenta e inexorable del enorme prestigio que tenían los libros, yo diría que hasta los años 70 cuando la televisión fue desplazando a la biblioteca.
Calificada como “the idiot box”, la televisión marcó el inicio de la cultura audiovisual que instaló los nuevos paradigmas y los nuevos íconos sociales: las/los conductores de programas de televisión cuyos rostros asomaban todos los días en la pantalla, metiéndose hasta el dormitorio. Ellos eran los primeros influencers de una nueva generación que aprendió a ver el mundo, ya no en los libros de aventuras o historias, sino a través de una pantalla.
Hasta entonces, eran los escritores, los pensadores, los intelectuales en general quienes gozaban de prestigio, admiración y respeto: los doctores, los leídos y escribidos, se destacaban en la arena social y política, en el Congreso Nacional, en los gabinetes presidenciales, en la diplomacia y el magisterio. Tenían y ostentaban poder, un poder que se irradiaba también al sector que nos ocupa: los colegios.
En los años 60, incluso aquellos que no eran alumnos aplicados sentían la presión social de conocer obras indispensables de tipos como Dostoyevski o Hemingway, o Somerset Maughan para no quedar como ignorantes. Era un reflejo de lo que pasaba entre los adultos. En los cocteles, si alguien decía “Pareja Diezcanseco”, por ejemplo, otro acotaba “La hoguera bárbara” y el tercero podía añadir “El Grupo de Guayaquil”. Aunque parezca una caricatura, la literatura era un tema casi obligatorio de conversación, algo que incentivaba la lectura y de paso el estudio, tal como lo hacía un concurso colegial de oratoria llamado “El libro leído”.
No estoy diciendo que todos eran aficionados a los libros, faltaba más, pero el ambiente era propicio pues había revistas y periódicos de lo más variados tópicos que la gente leía en los consultorios, en los buses, en cualquier lado. Hasta en los baños solía hallarse una canasta con revistas para los usuarios constipados.
Ese mundo se halla en extinción y es descabellado pretender que los jóvenes vuelvan a hundirse durante largas horas en las páginas amarilladas de ‘Ana Karenina’ o en los juegos exquisitos de ‘Rayuela’. De lo que se trata es de aprovechar la tecnología como lo hacen por ejemplo en Estonia, donde usan una versión adaptada de ChatGPT “que guía al alumno en vez de resolverle su consulta”, según la ministra de Educación.
Pero lo más grave de todo este rollo es que el peso y el prestigio que detentaban los intelectuales del siglo XX se ha trasladado a la inteligencia artificial y nadie está preparado para el mundo que se nos viene encima cuando se vuelva autónoma.