Punto de fuga
¿Ya están listos para San Valentín?
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Tal vez estoy exagerando. Pero tampoco tanto. Y quién quita que en dos o tres años más ya no lo esté para nada, y la gente (aunque en realidad es el mercado) ya empiece a mediados de septiembre a hacer compras, y a consumir toneladas de publicidad, de San Valentín por estas fechas. Hay algo en toda esta anticipación —al parecer inocua— que me tiene un poco mosqueada desde hace algún tiempo. Creo que lo que me incomoda es esa forma incesante que hemos encontrado (o la que nos fuerzan) de estar siempre, mentalmente, en otra parte o en otro momento.
Esta semana, en un mismo día pasaron dos cosas que volvieron a poner en marcha ese fastidio mínimo, pero corrosivo, que siento por el hecho de que las temporadas —o sea el tiempo específico para hacer y disfrutar de ciertas cosas— estén totalmente desdibujadas. Nos las están borrando del mapa, y yo me siento descolocada.
La primera ocurrió mientras iba a mi oficina: uno de los vecinos amaneció con la casa lista para Halloween (alegres esqueletos de plástico se achicharraban ya en el excesivo calor mañanero que está haciendo donde vivo). La segunda saltó en un grupo de WhatsApp cuando alguien propuso juntarse este fin de semana a tomar colada morada. En Quito ya hay gente tomando y vendiendo colada morada desde inicios de mes. Y a mí se me vuela la teja.
No crean que no me cuestiono si este conservadurismo mío con ciertas cosas no tendrá que ver con que estoy envejeciendo mal. Pero una prima, en el mismo grupo de WhatsApp, me tranquilizó diciéndome que no era eso, sino que soy Virgo y para mí, así como para ella con quien comparto signo zodiacal, “todo tiene un significado sagrado, jaja”. Me quedé tranquila: soy Virgo, no tengo mala vejez.
Volvamos al punto: este fenómeno de adelantarse a toda celebración por motivos, casi exclusivamente comerciales, tiene un nombre en Estados Unidos desde hace más de cuarenta años, le llaman Christmas creep y tiene su primo más joven, el Summerween; ambos cobijados por el nombre de familia: holiday creep, o sea, esa manía de adelantar las celebraciones para vendernos cosas que tiene la gente que vende cosas.
Las vidrieras y estanterías comerciales son las primeras en dar la alerta de que sea el mes que sea, uno tiene que ponerse en modo: Halloween, Navidad, San Valentín, Semana Santa, Día de difuntos, etc. Y el calendario o nuestras propias apetencias, ni siquiera la temperatura que haga, tienen ninguna relevancia.
Como cuando a inicios de agosto pasado, en medio de un calor digno de la quinta paila del infierno, en mi casa decidimos buscar refugio unas horas en una playa cercana, para lo cual necesitábamos un parasol más y no hubo poder humano que nos ayudara a conseguir uno en alguna de las decenas de megatiendas que tiene esta ciudad. ¿A quién se le ocurre querer comprar un parasol playero el momento en que lo necesita en agosto, pleno verano, en lugar de en febrero, que es cuando —aprendimos— lo venden?
Así las cosas, durante el verano las megatiendas, esas que venden de todo (desde un elefante hasta un alfiler, creo que decía la publicidad de El Globo), lucían esperpénticamente calabazas, calaveras y decoración de todo calibre alusiva a Halloween. De ahí el mote: Summerween. Y las tiendas de ropa, sin piedad alguna, mostraban sus mejores piezas de cashmere a clientes que huían de los 37 o 39 grados centígrados que hacían afuera y buscaban amparo y sanidad mental en sus almacenes con aire acondicionado.
Indiscutiblemente, esta ansiedad perpetua y este vivir siempre con la cabeza, y el bolsillo, en otro lado tienen un efecto positivo en la economía. Quién soy yo para negarlo, ni siquiera para discutirlo. A mí lo que me mosquea, creo, es la pérdida cada vez más acelerada de la ritualidad que envuelve a ciertas celebraciones y momentos de la vida. Con esa ritualidad desvanecida se pierden sentidos, vocabularios, imágenes, colores y recuerdos también…
Ya vendrán otros rituales y otras celebraciones y temporadas distintas a reemplazar todo aquello que conocimos y que nos hizo ser quienes somos. Es ley de vida, y no estoy contra. Pero igual no dejan de darme un poco de grima las coladas moradas y los salones de Navidad en septiembre. Sorry.