Punto de fuga
Otra Penélope posible
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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No tengo una lectura erudita de la más reciente película de Christopher Nolan, La Odisea. Pero, como todo el mundo, he pasado el último par de semanas leyendo artículos, posts de variado interés y calado, o viendo videos alusivos, a favor, en contra y también todo lo contrario. En mi odiseamanía caí en una película que se me pasó cuando se estrenó en 2024, The Return (La Odisea: El regreso), de Uberto Pasolini. Y ahí sí me quedé pensando. Me gustan las películas que me hacen pensar, sean histórica o literariamente precisas o no.
En la película de Pasolini, Penélope no es la esposa casi inane que Nolan alcanza a esbozar con las justas. He escuchado comentarios que lo tachan de misógino, pero quizás no es eso, sino que tal vez no le dio la imaginación o el interés para crear un personaje femenino que esté realmente vivo. Con la excepción de Circe, todos los personajes femeninos de esta última película de Nolan son de llorar. Pero, bueno, es una película de acción y tampoco hay que pedirle peras al olmo.
Un personaje vivo, como el que logra Pasolini, en cambio, tiene que por fuerza ser complejo, contradictorio incluso. Y la Penélope que protagoniza Juliette Binoche en esta película está increíblemente viva. Esa vida viene de su notoria inconformidad con la suerte que le toca vivir, con las preguntas que hace y se hace, a veces sin palabras. Y con la negativa de ser lo que se espera de ella: sumisa e incondicional. No, esta Penélope es escéptica, está dispuesta a confrontar, y a perdonar también siempre y cuando haya una verdadera rendición de cuentas de por medio. No para castigar, sino para comprender y poder volver a inventar una vida conjunta.
Al ver a esa Penélope —que Binoche interpreta con maestría, junto a un magnífico Ralph Fiennes como Ulises—, salgo del mito, me salgo de la película incluso, y pienso en la vida de pareja, que es esa enorme institución que de alguna forma sostiene al mundo y que miles de millones de personas (casadas entre sí o no) viven como su odisea particular; como ese gran periplo del que a veces no salen enteras, como pareja al menos.
Y me gusta de esta Penélope, sobre todo, que revela, con sutileza quirúrgica, el deseo que la asedia. En un punto, uno llega a dudar de si esa espera eterna ha sido cumplida a rajatabla. Es una reina-esposa-madre que es también un sujeto sexual, que desea y quiere ser deseada. No es la mártir del matrimonio, o sí, porque de eso va la historia original, pero lo es a su pesar y lo hace saber.
Otro rasgo que se agradece en la Penélope de Pasolini es la negativa a aceptar callada y agradecida el regreso. No, ella quiere explicaciones, ella no se quiere olvidar de lo que pasó ni dejar que Ulises olvide. Ella quiere que recuerden juntos, para luego sí olvidar juntos lo que sea necesario olvidar, y, solo entonces, seguir adelante de la mano. No hay atajos si se quiere vivir una vida plena, que es lo contrario de fácil.
A diferencia de los millares de Penélopes que la cultura popular ha creado a lo largo de los siglos, esta no es una mujer que lo aguanta todo y lo perdona todo; al menos, no antes de recibir las explicaciones del caso. No es tampoco la enamorada que pierde la razón por la desaparición del amado. Ella está entera, desgastada por la espera, pero dispuesta a seguir. Seguramente como los millones de Penélopes que alrededor del mundo esperan a un marido, novio o prometido que migró hace años o meses, con la promesa de volver o mandarlas a traer lo antes posible.
Que cuenten sus historias las mujeres de Jatumpamba, en Cañar, o Ambatillo Alto, Pungoloma o Mogato, en Tungurahua; todos, pueblos convertidos en casi desiertos masculinos, que salen adelante movidos por la fuerza de voluntad de centenares de mujeres con parejas en el extranjero, y que quizá vivan aferradas a la posibilidad de un regreso. Mientras esperan, cada una de esas Penélopes de carne y hueso, contemporáneas, tienen que tomar decisiones. Complejas, contradictorias, humanas. Y ojalá, si esos reencuentros se concretan, los respectivos Ulises tengan la hombría de bien de rendir cuentas y no exigir mucho a cambio. Ya ellas lo han dado (lo están dando) todo.