Un país sin futuro
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Dos de los sicariatos más impactantes de los últimos meses tienen algo en común: fueron ejecutados por menores de edad. El pasado 11 de junio, el asesinato del gerente financiero de una universidad capitalina fue llevado a cabo por un joven de 17 años, un presunto sicario que pertenecería al grupo de delincuencia organizada Los Lobos. Pocos días después, el homicidio de un cabecilla de otro grupo de delincuencia organizada en pleno aeropuerto de Guayaquil fue llevado a cabo por otros dos jóvenes sicarios, ¡de apenas 14 y 15 años!
Y eso de lo que nos enteramos, porque han sido los casos más mediáticos de los últimos meses. Pero, ¿cuántos homicidios, secuestros, extorsiones, asaltos, robos y delitos por tráfico de drogas están siendo cometidos por jóvenes en nuestro país? Solo un ejemplo: de acuerdo a cifras del Ministerio del Interior y del Consejo de la Judicatura, en 2025 hubo 143 procesos judiciales contra adolescentes por causas de asesinato, triplicando la cifra de 49 del año 2020. Y esto es de lo que llega a esas instancias, porque son muchos los casos que nunca llegan a ser procesados, y ni siquiera denunciados.
Estos atroces hechos y números nos hablan más allá de lo obvio. Ya se ha discutido muchísimo sobre cómo nuestro país se ha visto involucrado en una espiral de violencia en los últimos años. El 2025 cerró como el año más violento en la historia del país, y en el 2026, aunque se ha visto una ligera tendencia a la baja en las muertes violentas, los números no parecen estar mejorando mucho.
Más allá de lo que se pueda decir de los números que retratan la violencia en nuestro país, si de verdad queremos encontrar soluciones, debemos identificar causas estructurales. No basta con tratar de eliminar a los mafiosos —que de todas maneras se agradece—, porque funcionan como en el mito de la Hidra, que cuando se les corta una cabeza, surgen dos nuevas. Si queremos reducir la violencia, no basta (y probablemente no sea la mejor estrategia) con enfrentar a las organizaciones criminales solamente mediante la estrategia de la “guerra” contra ellas.
¿Cuáles son esas causas estructurales? ¿Por qué pasa esto en el Ecuador? Los fenómenos descritos hablan, por un lado, de cómo los grupos de crimen organizado se han enquistado en nuestro país durante los últimos veinte años y de cómo Ecuador se ha convertido en uno de los principales puertos de exportación de droga de Latinoamérica. Pero también hablan de un Estado que ha abandonado a su población durante décadas (¿tal vez siglos?). Diga lo que se diga, el estado ecuatoriano, desde su fundación hace casi doscientos años, ha sido un “padre ausente”: nunca ha podido asegurar servicios básicos de salud, educación, infraestructura y bienestar para las grandes mayorías de la población.
Nuestra realidad actual habla también de cómo las élites de nuestro país NUNCA (así, con mayúsculas) han estado a la altura a la hora de construir un proyecto de país incluyente y verdaderamente democrático. Ni desde el sector público ni desde el privado, las élites intelectuales, económicas y políticas han logrado construir oportunidades razonablemente similares para todos. Aquí la democracia se defiende de labios para afuera, pero cuando se ha tratado de garantizar las mismas oportunidades para todos, pocos han estado presentes.
Con estos antecedentes, no nos debemos sorprender de que vivamos en una sociedad donde se mate a gente en las calles, donde el encontrar a cuerpos decapitados colgados de los puentes sea algo del día a día. La desigualdad, la pobreza, la falta de oportunidades reales para la mayoría de la población han ido abonando el terreno por décadas, para que hoy seamos lo que somos. El problema no es solamente que las mafias estén reclutando niños; es que, para muchos niños ecuatorianos, las mafias han venido a reemplazar al Estado que nunca estuvo ahí y a ofrecer algo que este y la sociedad no han logrado ofrecer: una expectativa de futuro.
En un país que ofrece poco a sus niños, los jóvenes son carne de cañón para las mafias. Entre que pagan “bien”, ofrecen un cierto estatus y una sensación de estabilidad —además de que hay pocas otras salidas atractivas— los niños terminan entregándose a las redes del crimen organizado a muy temprana edad. Eso es lo que les queda a muchos niños que, por azar del destino, les tocó nacer en algunos de los cantones más precarizados de nuestro país. O la pobreza o el crimen como salida. Un país sin futuro.