Clientelismo puro y duro
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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En una escena de la serie argentina 'El puntero', una mujer se acerca al dirigente local para decirle que la parada del bus escolar está muy lejos de su casa y que, en un contexto de inseguridad, eso le pone en riesgo a su hijo. Un par de escenas más adelante, el dirigente, ayudado por otra persona, implanta un poste en un terreno, se gira, camina unos cuatro metros y llama a una puerta. La abre la misma señora: “Listo, tu hijo ya está seguro, no tiene que caminar para tomar el colectivo”, dice y la cámara enfoca al extremo superior del poste donde está la señal de parada del bus. Se cierra la escena.
¡Para que más! En esa secuencia está (casi) todo lo que hay que decir sobre el fenómeno político denominado clientelismo. Que este consiste en el intercambio de votos por favores, sostienen los entendidos. Ese intercambio tiene, en el un extremo, a una necesidad básica insatisfecha y, en el otro extremo, a un personaje clave para su solución. Este último no es el político que cosechará los votos, sino el intermediario que los siembra, los cultiva y los canaliza hacia el candidato o hacia la autoridad correspondiente. Generalmente ese intermediario (el broker, según el anglicismo correspondiente, el puntero en el argot argentino) es una sola persona, como el de la serie televisiva, que moviliza a una red de pobladores urbanos y en ocasiones esta pasa a ser identificada por el nombre de aquel individuo (¿Nos suenan Toral Salamea o Balerio Estacio?).
Ahora, cuando nos acercamos a las elecciones locales ya se dejan ver los movimientos de esos individuos con sus respectivas redes. Desde hace casi un siglo el terreno político ecuatoriano ha sido el espacio ideal para el florecimiento y desarrollo de esta modalidad de hacer política. El velasquismo, el cefepismo, el roldosismo, el socialcristianismo y el correísmo se asentaron sobre esas bases. La debilidad e incluso la ausencia de partidos, junto al rechazo a las ideologías, fueron a la vez causas y efectos de esas prácticas, a las que se sumó en años recientes la banalidad de las redes sociales.
El explosivo crecimiento de la profesionalización de la asesoría política ha puesto un ingrediente de modernización para la permanencia y el crecimiento de esas prácticas. Con contadas excepciones, quienes asesoran las campañas se limitan a recoger cuidadosamente una o dos necesidades, expresadas en alguna encuesta, para centrar en ellas las propuestas del candidato o candidata. Si en la serie televisiva la decisión frente a la urna se definía por la colocación de un poste para marcar la parada del bus, en las elecciones de noviembre muy bien podrá ser por el arreglo del bordillo o por el retiro de los escombros que dejó el vecino. Adiós a cualquier posibilidad de oír algo parecido a un plan integral de ciudad o a un programa de desarrollo provincial.
La corriente dominante dentro de la consultoría política ha inventado el agua tibia al optar por el tecno-clientelismo. Esto no es sino inducir a sus asesorados a seguir las huellas por las que hemos transitado durante décadas. La campaña fragmentada en una o dos necesidades básicas fomenta el clientelismo y debilita a la democracia.