El Chef de la Política
El arte de refutar
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Uno de los rasgos esenciales de los buenos políticos es refutar con elegancia los argumentos tanto de los opositores como de la opinión pública. Los buenos políticos, antes y ahora, proponen ideas, las que dan sentido a su presencia en la vida pública, y a partir de ellas construyen una línea mediática o de comunicación. Los buenos políticos piensan antes de actuar y piensan dos veces antes de reaccionar a quienes cuestionan sus decisiones. Pienso, luego actúo, sería la máxima. Las estrategias de persuasión o de disuasión vienen después. Por lo dicho, ser un buen político es una tarea compleja para la que no todas las personas tienen las destrezas necesarias. Esas destrezas no se aprenden en la universidad sino en la práctica misma de la vida política.
Los malos políticos todo lo resuelven a golpe de hígado, entrañas y criterios poco razonados. Como están provisionalmente en el poder, asumen que lo que hacen o dejan de hacer es siempre correcto y que la opción que tiene la ciudadanía es sujetarse y esperar al siguiente proceso electoral. Ganen elecciones y después critiquen, es el argumento peregrino de los malos políticos. Asumen que la confianza depositada en las urnas es invariante en el tiempo y que la objeción a sus decisiones es sinónimo de delito o atentado a la seguridad del Estado. Este tipo de políticos, los malos, son la versión simplona de Hobbes y el prototipo deforme de Maquiavelo. Usan la violencia legítima del aparato estatal de forma tan burda que no tardan en evidenciarse como lo que son: políticos del peor fuste.
Como las ansias de poder les sobrepasa y las luces que orientan sus juicios son opacas y fugaces, al nivel de un fósforo prendido en la obscuridad, los malos políticos responden a las críticas señalando el pasado de quien las formula. No refutan el argumento sino a la persona. No proponen una idea alterna, sino que buscan deslegitimar a quien transmite el mensaje que no les gusta. Piden pruebas sobre las opiniones y tararean superficialidades para intentar salir del embrollo.
Ese tipo de políticos, los de mala calidad, en ocasiones llegan a tal nivel de superficialidad que no encuentran más argumentos para refutar que atacar la edad o estatura de quien los critica. Cuando eso pasa, ahí hay un síntoma de desesperación, pérdida de sentido de la realidad y, en lo de fondo, un genuino desconocimiento de lo que es la administración del Estado. No es necesario refutar a la estupidez. Lo prudente es escuchar las sandeces y colocarlas en su genuina dimensión. Cuando desde el poder hay insultos como respuesta a las críticas, en el fondo, hay una buena noticia: están desesperados porque el fin de su efímero poder está cerca. Solo es cuestión de tiempo.
Si el arte de refutar fuera parte del ácido desoxirribonucleico (ADN) de los malos políticos, entonces confrontarían las críticas con evidencia empírica, con datos. Por ejemplo, tomarían las últimas mediciones de V-Dem sobre los rendimientos de la democracia. Ahí tendrían un argumento sólido, de fondo, para refutar. También podrían ir a la información de Freedom House, si buscan una fuente alterna. Otra opción sería colocar por delante estadísticas sociales en salud o educación y a partir de ello instalar el debate. Pero claro, eso es mucho pedir. Es más fácil presentar la agresión burda y encargar a los genuflexos que expandan su diatriba entre la ciudadanía. Estos malos políticos encuentran en el arte de refutar su principal enemigo. Detestan discutir alrededor de ideas porque eso los desnuda en su pequeñez intelectual y moral. Por esa razón, los malos políticos de antes preferían esquivar las reglas de la democracia amparándose en las bayonetas. Como ahora eso ya no es aceptable, los malos políticos recurren a estrategias ruines que, al final, resultan ineficaces. Como son así, carentes de entendederas, los malos políticos asumen que fácilmente podrán imponer, a punta de garrote, sus condiciones. Lo que ellos no dimensionan, porque la lectura de la historia patria es un ejercicio que les desborda, es que hay países en los que no existen las condiciones estructurales para que sus proyectos puedan asentarse más allá de unos pocos años. Ecuador es uno de ellos. Sigan así, rehuyendo a refutar con altura. Pronto estarán pidiendo clemencia.