Formol para la democracia
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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El expresidente Osvaldo Hurtado logró algo tan inusual en nuestra política como es colocar sobre la mesa un tema de fondo. Este era nada más y nada menos que la democracia o, con mayor precisión, la calidad de la democracia. Como era de esperarse, en un medio en que representantes políticos y autoridades hacen ostentación del analfabetismo funcional, la respuesta fue bajarle al nivel del insulto personal o, peor aún, llevarlo al estercolero de las redes sociales en que se mueven como peces en aguas sucias. La respuesta más sonada, no por su contenido sino por la condición de su emisor, fue la que aludió a la edad del expresidente. No fue solo un argumento ad hominen, como llaman los juristas, sino una alusión ad senectute, una forma peyorativa de aludir a la edad. Pero, por la pobreza intelectual que demuestra esa reacción no cabe darle más vueltas y es mejor ir al tema de fondo, que quedó intocado en todo el episodio.
La calidad de la democracia es una preocupación que ha tomado cuerpo a nivel mundial desde hace unas dos décadas. Es obvio que así sea, ya que la democracia presenta signos de erosión en muchos países y en varios de sus componentes. Para entender de qué va la cosa, hay que comenzar por aclarar precisamente cuáles son esos componentes. El primero, el que sienta los cimientos, es el Estado de derecho o imperio de la ley. Su vigencia plena asegura las libertades civiles y los derechos básicos, comenzando por la inviolabilidad de la vida y abarcando todos los factores que hacen posible el pleno desarrollo del ser humano como tal (libertad de pensamiento, de opinión, de creencias, de movilización, entre otros).
Para que esos principios no queden en el aire, el Estado de derecho debe concretarse en instituciones. Estas se establecen en el ordenamiento constitucional y legal que define lo permitido y lo prohibido. A la vez, debido a que en democracia el poder está limitado por los mismos derechos ciudadanos, señala la manera en que este debe distribuirse y controlarse. Para ello se lo divide en tres funciones básicas que asimismo se controlan mutuamente (solo a una partida de irresponsables se le ocurrió la novelería de los cinco poderes que entorpece el funcionamiento). En otros términos, por encima de todo lo demás están los derechos y las libertades de la ciudadanía.
Es en todos esos aspectos donde aparecen en mayor medida las señales de erosión de los regímenes democráticos contemporáneos. Las amenazas más corrientes son las interferencias entre las funciones del Estado, el uso de los órganos de justicia como arma política o de persecución y sobre todo las de los mandatarios que exceden sus funciones y violan derechos (generalmente aduciendo peligros como la inseguridad). Así se van configurando unos regímenes que mantienen el sustantivo democracia, pero añaden algún adjetivo propio de los autoritarismos. ¿Suena a algo conocido?
El segundo componente de la democracia es el de los derechos políticos, con sus expresiones concretas en la participación y en la representación ciudadana. Desde el ágora ateniense, el núcleo de la democracia ha sido el papel central y activo de la ciudadanía. Para cumplir ese cometido, es necesario asegurar que todas las personas, independientemente de su origen y de su condición social, étnica, religiosa, laboral, etc., cuenten con las condiciones adecuadas para ejercer su rol ciudadano.
Ese es otro nivel en que aparecen muchas señales de erosión. Organizaciones sociales que son excluidas, grupos sociales a los que se margina de una u otra manera, cancha que se inclina para la contienda electoral, árbitros que se venden al mejor postor y, para seguir con la metáfora futbolística, juego sucio y clima adverso ya no en las graderías ni en las afueras de un hotel, sino en las redes y en los medios controlados por el poder. ¿Algo que ver con nuestra realidad?
Dejemos los demás componentes para otra oportunidad. Por el momento solo cabe decir que no estaría mal una buena dosis de formol para conservar con buena calidad a cada componente de la democracia. Siempre es más sano preservar lo positivo que arriesgarse a decir sandeces, aunque se las diga con soltura.