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La alegría como una manera de estar en el mundo

María Brown Pérez

Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.

Actualizada:

21 sep 2026 - 05:45

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Hace algunos meses escribí sobre el valor del silencio a propósito de la muerte de mi tío Alberto. El pasado viernes murió mi tío José María Pérez Arteta y, al pensar cómo honrar su memoria, no encuentro una mejor manera que compartir una de las lecciones que me dejó: el enorme valor de vivir con alegría.

Mi tío José era un hombre alegre y bondadoso, de una manera muy suya. Y una de las cosas que mejor hacía era reírse de sí mismo.

Cuando yo era chica me explicaba, con absoluta seriedad, que había dos partes del cuerpo que nunca dejaban de crecer: la nariz y las orejas. Y añadía que, como “la juventud se cura solo con los años”, uno de los inevitables efectos secundarios de aquella cura era terminar con una nariz y unas orejas “superlativas”.

Entonces, haciendo alusión a su propia nariz, recitaba de memoria a Quevedo:

“Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado…”

Y se reía a carcajadas de sí mismo.

Con los años he entendido que aquello encerraba una virtud mucho más importante de lo que parecía. Ese humor que nos permite mirar nuestras propias imperfecciones con cierta distancia y cariño está asociado con mayor bienestar, optimismo y capacidad para enfrentar las dificultades. Quizás porque para reírse genuinamente de uno mismo hay que haber hecho las paces con el hecho de que ninguno de nosotros es perfecto.

Mi tío parecía entenderlo intuitivamente. Podía tomarse poco en serio a sí mismo y, al mismo tiempo, tomarse muy en serio a los demás.

Era profundamente generoso. Vivía su fe y la caridad de una manera práctica, sin demasiados discursos. Durante años participó en brigadas médicas junto con sus amigos de la Orden de Malta, de la cual fue nombrado caballero. Servir no era para él una idea abstracta; significaba ir, acompañar y hacer.

  • La paradoja de la felicidad

Una vez viajé con él a la Amazonía para una de esas brigadas. Fueron varias horas en carro. Nos perdimos, si mal no recuerdo, por lo menos tres veces. Llegamos tarde, pero llegamos felices. Porque con José María hasta perderse podía convertirse en parte del paseo. La conversación era siempre agradable y las historias parecían inagotables.

Era también una suerte de memoria viva de nuestra familia. Padre de tres, esposo y abuelo, recordaba nombres, anécdotas, poemas e historias. Hablaba de sus abuelos y de quienes lo precedieron con enorme cariño. Y había algo particular en su manera de recordarlos: buscaba siempre lo mejor de cada uno.

Pero quizás una de las cosas que más admiraba en él era su curiosidad por la vida.

Montó a caballo hasta los 90 años. Aprendió a bucear a los 80. Iba a pilates con mi hermana, que hoy tiene 30. Parecía no haber aceptado nunca esa idea de que hay una edad a partir de la cual uno debe comenzar a retirarse de las cosas que disfruta. Mientras podía aprender, conversar, moverse, ayudar o descubrir algo nuevo, había una razón para seguir haciéndolo.

Y conservó hasta el final otra capacidad que a veces perdemos mucho antes de envejecer: la de maravillarse.

En nuestra familia había una suerte de rito cuando nacía un bebé. José María quería cargarlo. Lo abrazaba entre sus brazos, lo llamaba por su nombre y lo miraba profundamente a los ojos. No recuerdo un bebé de un hermano, primo o sobrino —incluida mi propia hija— que no haya pasado por sus brazos durante sus primeras semanas o meses de vida.

  • El valor de la virtud

Siempre me impresionó verlo hacerlo. Un hombre que había vivido tanto podía seguir mirando a un recién nacido como si estuviera frente a algo extraordinario.

Quizás allí estaba una parte del secreto de su alegría.

Quienes estudian el bienestar han encontrado algo que probablemente nuestros abuelos sabían sin necesidad de leer investigaciones: las emociones positivas no son simplemente momentos agradables. La alegría, el afecto, la curiosidad y la gratitud nos ayudan a crear vínculos, a ampliar nuestra mirada y a atravesar mejor los momentos difíciles. La alegría no significa desconocer el dolor. Significa no permitir que el dolor nos quite la capacidad de reconocer lo bueno.

José María tuvo también una enorme conciencia del legado. Durante muchos años cuidó la Fundación Pérez Pallares y el colegio nacido de la voluntad de una tía abuela suya, Rosa, que entendió que una de las mejores maneras de ayudar a otros era educarlos. Al final de su vida tomó la decisión de entregar la presidencia de la Fundación y confiar el colegio a CRISFE, buscando que una obra que había salvaguardado durante décadas pudiera continuar creciendo y sirviendo a otros.

Para mí, que hoy tengo la responsabilidad de continuar ese camino, ese gesto tiene un significado especialmente profundo. Un legado no consiste en conservar algo exactamente como lo recibimos. Consiste en cuidarlo lo suficiente como para entregárselo a la siguiente generación.

Perdimos un pilar de nuestra familia. Perdimos a un abogado ejemplar, a un hombre que hizo del servicio una práctica cotidiana y a un caballero a carta cabal.

Pero hay personas que, cuando se van, nos dejan también una manera de vivir.

José María nos deja sus historias, su legado, las brigadas, los caballos, los paseos en velero en el lago San Pablo, una vida intensa. Y, por supuesto, aquella nariz de la que se rio toda la vida mientras recitaba a Quevedo.

Me deja, sobre todo, una lección que quisiera aprender a vivir mejor: tomarnos un poco menos en serio a nosotros mismos y mucho más en serio la posibilidad de hacer el bien a los demás, y no dejar que los años nos quiten la curiosidad, la capacidad de maravillarnos ni las ganas de reír.

Porque quizás la alegría también sea eso: una forma de agradecer que seguimos vivos.

  • #Familia
  • #educación
  • #Crisfe
  • #abogados

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