Descentralización, libertad y prosperidad
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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La semana pasada el expresidente Oswaldo Hurtado llamó "criptodictador" al presidente Daniel Noboa y lamentó que, tras superar el gobierno autoritario de Rafael Correa, Ecuador esté hoy en manos de otro gobierno autoritario. La discusión que se desató giró en torno a las personas. Pero el problema no es quién está a la cabeza del gobierno, sino un sistema con demasiado poder concentrado en el centro. En un estado centralista no existe una sana división de poderes entre el gobierno nacional y los gobiernos locales. Para evitar proyectos autoritarios hay que descentralizar las funciones y la capacidad recaudatoria y regulatoria hacia los niveles inferiores, de modo que la pirámide de poder se invierta y pesen más las decisiones locales que las del centro.
Una ventaja central de un orden descentralizado es que genera competencia entre niveles de gobierno. El Premio Nobel de Economía F.A. Hayek afirmaba que el conocimiento está disperso y la competencia es un proceso de descubrimiento. En una organización con decisiones centralizadas, solo tiene impacto real el conocimiento de quienes administran desde el centro; los demás deben conformarse con la jerarquía de objetivos de esa cúpula. Un orden espontáneo de mercado, en cambio, "puede aprovechar los conocimientos de todos los participantes, y los objetivos a los que sirve son los objetivos particulares de todos sus participantes en toda su diversidad y polaridad".
La competencia entre jurisdicciones aporta lo mismo que la competencia entre empresas: coloca al individuo como soberano para elegir entre la mayor cantidad posible de opciones. Mi colega Ilya Somin, del Instituto Cato, escribió un libro sobre el "voto con los pies": la libertad de moverse entre jurisdicciones —de una ciudad, un estado, un país o una empresa a otra— es superior a la mera libertad de elegir autoridades. Los sistemas muy centralizados, como el ecuatoriano prácticamente desde su fundación, anulan esa competencia y encarecen el voto con los pies, que suele exigir emigrar.
Muchos dicen que Ecuador es muy pequeño para descentralizarse, pero uno de los países más prósperos del mundo es Suiza, con la mitad de la población de Ecuador y un sexto de su territorio. El suizo promedio gana cerca de 16 veces lo que el ecuatoriano. Si la comparación con Suiza incomoda, sobran ejemplos de prósperos órdenes descentralizados: la República de Venecia duró unos 1.100 años y dio origen a la banca moderna; la República de Florencia acuñó el florín, moneda estándar del comercio europeo por siglos; y la Liga Hanseática, admirada por próceres iberoamericanos, fue una confederación comercial entre ciudades como Hamburgo, Lübeck y Bremen que dominó el comercio durante cinco siglos. Hoy abundan jurisdicciones autónomas prósperas, soberanas o no: Singapur, Dubái, Abu Dabi y Hong Kong, hasta que Beijing desmanteló su autonomía en 2019-2020.
Volviendo a Suiza, es interesante cómo los órdenes descentralizados pueden generar una unidad estable a pesar de la diversidad de su población. Suiza ha funcionado como un orden descentralizado desde 1500, con la breve interrupción de la invasión napoleónica en 1798. Después del caos, los suizos acordaron el Pacto Federal de 1815, que luego fue sustituido por solo tres constituciones posteriores: la de 1848, la de 1874 y la de 1999, ninguna alterando el modelo descentralizado del poder político. Ecuador, en cambio, lleva 20 constituciones desde 1830.
¿Cómo perduran tanto y prosperan estos órdenes descentralizados siendo tan pequeños? Nassim Taleb explica que algunas cosas no escalan de manera lineal: "un elefante no es un ratón grande" y, de hecho, es mucho más frágil. Lo comprobamos en la supervivencia misma: el elefante está en peligro de extinción, mientras que en Nueva York probablemente haya más ratones que personas. Asimismo, los estados grandes son más frágiles que los pequeños; lo que funciona a escala pequeña puede ser fatal a gran escala. Un orden comunista puede funcionar en un kibutz, pero como estado nacional ha sido catastrófico. Mientras más grande es un sistema, se vuelve menos adaptable: un elefante que debe esquivar un tráfico imprevisible tiene menos posibilidades de cruzar que un ratón.
Lo mismo ocurre con las instituciones públicas. Quienes se oponen a la descentralización señalan alcaldes corruptos y despilfarro municipal. Pero por cada uno podemos señalar casos iguales o peores en el gobierno central, con la diferencia de que allí la escala del daño es muy superior. Descentralizar el poder y los recursos no eliminará la corrupción, la ineficiencia ni el autoritarismo; lo que sí puede lograr es limitar la escala del daño, fortalecer la rendición de cuentas y devolver a los ciudadanos el poder de votar con los pies. Si de verdad queremos reducir los abusos de poder y mejorar los servicios públicos, conviene distribuir el poder no solo entre ramas del gobierno, sino entre niveles, y que el más cercano a las personas retenga la mayor parte de los recursos y responsabilidades.