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El día en que Quito quiso gobernarse

Miguel Molina Díaz

Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.

Actualizada:

16 ago 2026 - 05:50

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El Ecuador no ha resuelto la crisis de su identidad y, en consecuencia, de su proyecto nacional de largo aliento. Incluso un acuerdo mínimo y elemental, como la fecha de su día nacional, ha sido en el mejor de los casos puesto en duda, para no decir olvidado. Relatos seudo-históricos, más bien de poca monta, han buscado banalizar lo que la historiografía ecuatoriana ha llamado el Primer Grito de Independencia, el 10 de agosto de 1809. Se trata de un acontecimiento político de alta complejidad que, sí, tampoco soporta el relato heroísta y a rajatabla de una gesta para romper sin dilaciones con el imperio español. Hay que mirar y analizar el acta que, en la Sala Capitular de San Agustín, firmaron los próceres que constituyeron la Junta Suprema de Quito: “Nos, los infrascritos diputados del pueblo, atendiendo las presentes circunstancias críticas de la nación, declaramos solemnemente haber cesado en sus funciones a los magistrados de esta capital y sus provincias (…). Prestará juramento solemne de obediencia y fidelidad al Rey (…). Sostendrá la pureza de la religión, los derechos del Rey, los de la Patria y hará guerra mortal a todos sus enemigos, principalmente franceses…”.

Se suele usar la mención expresa a Fernando VII, el Rey de España que en ese momento estaba defenestrado y era prisionero de Napoleón, para cuestionar el movimiento quiteño del 10 de agosto. Cierta nostalgia hispanista de acá, que ignora la historia, lo celebra como un acto de lealtad. Intentos iletrados de revisionismo histórico, con inspiración regionalista, acusan que esa Junta Suprema no contribuyó al proceso de la Independencia, porque no habría tenido esa voluntad. La dimensión política del 10 de agosto, sin embargo, implicó que por primera vez desde la Conquista los nacidos en este Nuevo Mundo se creyeran capaces de mandar y asumir, como derecho propio, un gobierno. Así lo entendió España, incluso como una subversión peligrosa y radical contra el orden colonial, por lo que un año después, el 2 de agosto de 1810, masacraron a los más de 70 autores de la Junta y sus cómplices e impusieron una pacificación a sangre y fuego.

Muchos de los masacrados abrazaban las ideas de la Ilustración y habían sido seguidores del pensamiento de Eugenio Espejo, fundador del primer periódico de estas tierras, Primicias de la Cultura de Quito, que apareció el 5 de enero de 1792. El primer presidente de la Junta Suprema había sido Juan Pío Montúfar y Larrea, II marqués de Selva Alegre, cuyo hijo, Carlos de Montúfar, al enterarse de los hechos, se pasó de la orilla realista a la patriota y fue parte del movimiento que expidió la Constitución del Estado de Quito en 1812. Combatió bajo las órdenes de Bolívar hasta ser ejecutado en Buga el 31 de julio de 1816. Su caso explica el espíritu y la complejidad de aquellos tiempos en los que, lo fundamental e indispensable, era pensar, una y otra vez, cómo se debía forjar el futuro y qué rol en esa empresa íbamos a tener los habitantes de estas tierras.

Lo cierto es que el 10 de agosto de 1809 dio inicio, para lo que había sido la Real Audiencia de Quito, a un proceso libertario de varias fases, como lo ha señalado Ayala Mora, cuyos siguientes hitos fueron la Independencia de Guayaquil el 9 de octubre de 1820, la de Cuenca el 3 de noviembre de 1820 y el triunfo definitivo de la Gran Colombia, el 24 de mayo de 1822, en las faldas de volcán Pichincha, que aseguró la independencia de los territorios que en 1830 serían el Ecuador. En su libro ‘Batallas cotidianas. Quito 1808-1822’, Ivonne Guzmán y María Antonieta Vásquez Hahn narran los más de ochenta tumultos, así como la miseria, sangre y luto que durante esos 14 años se dieron en esta ciudad sitiada y desabastecida que, según el virrey de Lima José Fernando de Abascal, era belicosa.

Por supuesto que queda abierto el debate –y, por lo demás, es muy interesante– sobre los impulsos reaccionarios, contra la Ilustración, que también tuvo la Independencia. Y esto porque luego vinieron repúblicas que perpetuaron el modelo de hacienda, basadas en la opresión y explotación al pueblo indígena. Pero eso nada tiene que ver con el hecho de que, en los fundamentos mismos del Ecuador republicano, Quito encarnó un programa político de largo aliento y, a partir de la idea del 10 de agosto como punto de partida del proceso libertario, propuso el imaginario de lo que debía ser el país: una república independiente, soberana y basada en una tradición que era la causa de la libertad.

Sí, hubo un tiempo en que Quito no estaba sumida en la irrelevancia y defendía un plan de país que se basaba, fundamentalmente, en una tradición ilustrada y capaz de pensar en una obra, insisto, de largo alcance. Era una capital que producía líderes, no para coyunturas de espuma, sino para la historia. Es decir, cultivaba una cultura política que, ni de lejos, se parecía a esta enajenación seudodraconiana y tropical, que la ha sustituido. Esa insustancialidad, basada en los chismes de divulgadores de fakenews. Debe ser la única capital latinoamericana sin diario impreso de larga data, sin partidos políticos con relevancia nacional y sin memoria viva sobre el inicio de su proceso independentista. Hoy es una ciudad, milenaria, que cree que nació el 6 de diciembre de 1534 y no sabe que el 10 de agosto es más que un día de descanso. Fue el inicio de algo continental, que transformó a Sudamérica con tres actos, muy sencillos, pero poderosos: pensar, pensar y pensar.

  • #Quito

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