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La espía española de la KGB

Pablo Cuvi

Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.

Actualizada:

15 ago 2026 - 05:55

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La KGB fue el siniestro servicio de inteligencia de la Unión Soviética en la época de la Guerra Fría. Aunque ocupó en la KGB un puesto medio y sin brillo en Alemania del Este, su más conocido exagente se llama Vladimir Putin, por lo que vino después.

Sin embargo, en la generación anterior, hubo una mujer nacida en el enclave español de Ceuta –tan mentado en estos días a causa de la invasión de los migrantes– que fue reconocida como una gran espía soviética y obtuvo el grado de coronel y las más altas condecoraciones. Incluso sacaron una estampilla con su rostro, no bello precisamente, aunque su cuerpo y su andar sustentaron una fama bien ganada de mujer seductora, algo que ayudaba en su trabajo.

Su nombre de pila fue África de las Heras, pero a lo largo de su tempestuosa vida iría asumiendo otros nombres, nacionalidades y oficios de cobertura, incluyendo el cuidado de los hijos de sus amigos de la élite intelectual y artística de Montevideo, ciudad desde donde organizó un centro de inteligencia clandestina para América del Sur en los peligrosos años de la Guerra Fría.

A eso apunta el título de un cautivante libro de no-ficción: ‘Mi niñera de la KGB’, escrito por Laura Ramos, hija del célebre trotskista argentino Jorge Abelardo Ramos y de la feminista Faby Carvallo, quien se mudó a Uruguay con sus niños luego del divorcio. Allí prosiguió con su vida extravagante y liberada en un mundillo intelectual donde se había colado África de las Heras con el nombre de María Luisa, fingiendo ser modista y cuidando también a Laura y su hermanito.

Pero las aventuras desopilantes de África empezaron mucho antes, en la Barcelona violenta y revolucionaria de inicios de la Guerra Civil, donde forma parte de una de esas temibles milicias antifascistas que recorrían las calles capturando, investigando y eventualmente dando el vire a los partidarios del golpe de Franco. Única mujer del grupo, se decía que practicaba abiertamente el amor libre con sus compañeros, pero cabe suponer que nunca perdía el control pues siempre fue fría, calculadora y convencida de su causa.

En esa época conoció a Carmen Mercader, otra comunista fanática, y fue reclutada por la inteligencia soviética, la NKVD de la época estalinista, cuyo principal objetivo era perseguir y eliminar a disidentes, anarquistas y sobre todo trotskistas. Lucharon juntas en las trincheras y, tras la derrota republicana, África logró infiltrarse en el círculo cercano de Trotski, quien ya se había refugiado en México. Se cuenta que fue ella quien proveyó a los agentes de Stalin de la información necesaria para organizar el asesinato ejecutado por Ramón Mercader, hijo de su amiga Carmen.

Antes, por seguridad, África había logrado escapar de México en las bodegas de un carguero soviético. Ya en Moscú, se especializó en radiotransmisión y, cuando los nazis invadieron Ucrania, se lanzó en paracaídas detrás de las líneas alemanas con un grupo de guerrilleros: su misión consistía en desinformar y boicotear a los invasores con transmisiones clandestinas. Allí obtuvo dos medallas al valor.

En su libro, Laura Ramos, que ha ido descubriendo los lados oscuros de su antigua niñera, apunta que todo lo que pueda lucir ignominioso de sus actividades políticas y privadas, “todo queda barrido por el coraje sin medida de su participación en la Segunda Guerra Mundial”.

Esa mujer con semejante historia revolucionaria se hará pasar en Uruguay por una modista amable que no mata una mosca, ríe y casi nunca habla de política. Eso mientras recopila información confidencial, organiza la red de espionaje y consigue papeles falsos para los espías soviéticos que ingresan por la democrática Montevideo a sus destinos sudamericanos. ¿Habrá estado Ecuador en su lista?

Como todo se enlaza tarde o temprano, Faby, la madre de Laura, fue amante de Raymond Molinier –ese lugarteniente de Trotski del que hablé en una columna reciente– que era muy activo políticamente en el Buenos Aires de los años 60 y 70. Alguien con la sagacidad de María Luisa tiene que haber reconocido a su némesis cuando Raymond iba a visitar a Faby en Montevideo, pero se guardó mucho de abrir la boca.

De modo que el testimonio de Laura Ramos complementa a la novela de Ovejero y Portela pues ambos textos nos adentran en ese mundo de la izquierda del siglo XX donde los choques entre facciones eran feroces y los personajes mataban y morían por sus ideales, por equivocados que estuvieren. Por ello, seguir la turbulenta trayectoria de la espía comunista a ratos equivale a chuparse un limón sutil.

A propósito: el limón que trajeron los españoles a América era conocido como limón ceutí pues lo importaban de Ceuta a la península. Acá adquirió más nombres y nacionalidades que su compatriota, doña África de las Heras. En Ecuador fue pasando de ceutí a sutil, aunque de sutil no tenga nada pues es muy ácido; en otros países lo apodan criollo, o de seda, o limón peruano, usado para el cebiche.

  • #Literatura
  • #libro
  • #comunismo
  • #Unión Soviética
  • #Espionaje

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