En sus Marcas Listos Fuego
Todos estamos enfermos
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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Llevo más de un año queriendo escribir esta columna y hasta hoy no había encontrado tiempo en la agitada coyuntura del país. Pero creo que es necesaria para frenar, parar el frenetismo y respirar.
Empiezo con la conclusión saltándome las premisas: mis amigos son enemigos entre sí.
Sí, ese es el efecto de las redes sociales. Omitiré nombres, para que ustedes hagan suya esta columna y este ejercicio de reflexión con sus propias amistades.
Los humanos, los de carne y hueso, no nos parecemos a nuestros usuarios digitales o a nuestro postureo mediático en medios de comunicación. La verdad es que, como buenos humanos, cargamos múltiples máscaras y las usamos según el escenario al que nos enfrentamos.
Por ejemplo, tengo un gran amigo/a en redes sociales que, cuando está en X, es una bestia: hostil, desquiciado/a, intolerante, vulgar. Pero en persona, lejos del personaje que quien sabe por cuáles bemoles psicológicos construyó, es un ser humano amigable, sensato/a, tolerante y educado/a.
Tengo amigos fanáticos en redes sociales, con discursos falaces, que cuando los encuentro en persona están centrados y son de una lógica indestructible.
Otros, en cambio, en redes son un amor. En persona, unos salvajes.
Y así podría seguir todo el día….
El asunto es que muchos de mis amigos/as en el mundo real no se conocen en el mundo real. Sólo se conocen en redes sociales. Y como en redes sociales son, mayoritariamente unos animales, son enemigos entre sí.
Se acusan, se insultan, se ofenden, se dañan. No logran morderse la lengua. Se injurian, se calumnian, se destruyen. Los veo aniquilarse mutuamente, destruirse la reputación, los veo vomitar odio y, cuando reflexiono, me doy cuenta de que, si se conocieran en la vida real, serían grandes amigos.
Es que, en la vida real, lejos del escudo de la pantalla y el teclado, todos somos distintos.
Ese “imbécil” al que odias en redes, en la vida real puede ser un gran padre, una gran madre, un gran hijo o hija, un amigo incondicional, pero, además, una ser humano con sus propios problemas y sus propios dramas.
Pero hemos decidido odiarnos entre todos porque somos incapaces de identificar las máscaras.
¿Qué la tendencia política nos hace enemigos? ¿Por qué? Yo tengo amigos de extrema izquierda y de extrema derecha que, cuando estamos juntos, nos podemos reír y burlar sanamente de nuestras ideologías.
Aun me reclaman, queridos amigos/as, cuando saben que me llevo bien con tal o cual “miserable”, “machista impresentable”, “comunista”, “derechista explotador”, “facho”, “curuchupa hipócrita”, “ateo sanguinario”, etc. etc. Y me río, porque yo conozco a mis amigos en el mundo real y sé que no son nada de eso. Y me callo, callo lo que me dicen ellos de ese amigo que me reclama.
Por eso hace mucho decidí empezarlos a juntar. Presentarlos y sorprenderlos. Para que se vayan dando cuenta, cuando se estrellan de narices con sus enemigos, que sus rivales no han sido los monstruos que construyeron en sus cabezas.
Así como Instagram es la red para simular que todos tienen una vida perfecta (mientras se derrumban en múltiples miserias), X es la red para simular que la vida es una mierda (cuando en la vida real todo está bien).
El problema, amigos/as, es cuando nos creemos que lo que ocurre en redes sociales es la vida real. Resulta ser que, si apagamos el celular y vemos a nuestro alrededor, hallaremos que la vida brilla, mientras que, por dejar el alma y nuestras frustraciones en X, quienes más nos necesitan nos miran, desconcertados, anhelantes de un poco de atención.
Este es el mal, el cáncer el siglo XXI: construimos al enemigo sin darnos cuenta que estamos siendo enemigos de nosotros mismos.
Les invito a detenerse a reflexionar y a preguntarse: ¿qué sé yo de la vida del ser humano que está atrás de un usuario digital? En casi todos los intentos descubrirán que saben nada.
¿Saben qué hago yo cuando me encuentro en la calle con alguien que en redes sociales me insulta? Me acerco a saludarle. No le reto a puñetes, no le enfrento, no le exijo que tenga los cojones de decirme los mismo en la cara y sin bajarme la mirada. Simplemente le ofrezco mi mejor y sincera sonrisa.
¿Qué ocurre a continuación? Tartamudean. No saben cómo reaccionar. ¿Por qué? Porque se encuentran con un tipo que no está enojado y no lo entienden. No lo entienden porque no logran salir del rol.
Usted, querido lector, está enfermo. Todos lo estamos. La pregunta es: ¿qué hacemos para que el algoritmo, del que somos esclavos, no termine de controlarnos para siempre?
Y queridos enemigos digitales, cuando nos encontremos en la calle no duden en invitarme a tomar un buen café, que estaré encantado de contarles que mis columnas son polémicas y agresivas por estrategia editorial, mientras que quien las escribe es retraído y silencioso, pero al final, igual que ustedes: un ser humano lleno de defectos y virtudes, de traumas y de alegrías, de metas y arrepentimientos.