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Ciencia y Tecnología

X, la red social de las polémicas y la polarización, cumple 20 años con un fuerte crecimiento

Cuando se llamaba Twitter y antes que la adquiriera el magnate Elon Musk, la red social tenía unos 370 millones de usuarios. Ahora tiene 585 millones, un crecimiento que no la aleja de las polémicas: el algoritmo de X ha hecho que sea una importante máquina de desinformación y prioriza los contenidos que más polarizan. Ha hecho de la polarización, se advierte, una nueva forma de entretenimiento.

El magnate Elon Musk, dueño de X, durante un banquete ofrecido para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de China, Xi Jinping, en Beijing, el 14 de mayo de 2026.

El magnate Elon Musk, dueño de X, durante un banquete ofrecido para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de China, Xi Jinping, en Beijing, el 14 de mayo de 2026.

- Foto

AFP

Autor:

Manuel G. Pascual

Actualizada:

17 jul 2026 - 06:00

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El 14 de julio se cumplieron 20 años desde el lanzamiento de Twitter. En este tiempo, la plataforma ha cambiado significativamente, mucho más allá de sustituir el pajarito azul por la X blanca sobre fondo negro. Tras adquirirla en 2022 por 44.000 millones de dólares, Elon Musk relajó las normas, restableció cuentas hasta entonces censuradas por saltarse las reglas y despidió a los moderadores de contenido (junto a la mitad de la plantilla). Decidió que su trabajo lo hicieran los propios usuarios con las llamadas notas de la comunidad, que añaden contexto o matizan la falsedad de las publicaciones. Ese sistema ha demostrado ser incapaz de garantizar la circulación de contenidos veraces. Todo cabe en la jungla de X, donde circula hasta pornografía infantil. La llegada de Musk marcó el inicio de una transformación profunda que incluye el lanzamiento de un servicio de pago y que, atendiendo únicamente a las cifras de usuarios, ha funcionado.

X es hoy una plataforma que difunde desinformación, tal y como acreditan varios estudios; que le da más peso a las proclamas de la extrema derecha y que ha cambiado su algoritmo para priorizar los contenidos que más polarizan. Es también el juguete de alcance masivo de Musk, que lo usa para azuzar persecuciones racistas, como ha pasado recientemente en Belfast; para atacar públicamente a quien considera oportuno o para impulsar carreras electorales, como la que devolvió a Donald Trump a la Casa Blanca. La única vez que el magnate de origen sudafricano ha tenido que rectificar fue a principios de este año, cuando hizo que la herramienta de inteligencia artificial (IA) generativa de X, Grok, dejara de poder crear imágenes hiperrealistas de desnudos a partir de fotos reales. Y si rectificó, fue porque el mundo entero se le echó encima.

the bird is freed

— Elon Musk (@elonmusk) October 28, 2022

A pesar de esta gran mutación, X sigue atrayendo a 585 millones de usuarios únicos mensuales. La cifra, aportada por la propia compañía, es bastante más alta que cuando se llamaba Twitter: antes de comprarla Musk, tenía unos 370 millones de usuarios, aunque había llegado a acariciar los 400. Las cifras han mejorado.

¿Por qué siguen los usuarios confiando en X pese a su evidente transformación? El primer motivo es el tamaño, la inercia. Para que una red social sea interesante, tiene que haber una comunidad que merezca la pena. En Twitter estaba todo el mundo. Cuando mutó a X y el giro ultraderechista se hizo evidente, muchos desertaron. Pero otros no. “Los gobiernos y partidos políticos han optado, a pesar de la degradación de esta plataforma, por mantener sus perfiles en X para informar de sus actividades o expresar sus opiniones”, apunta Carmela Ríos, periodista experta en redes sociales y desinformación. “Una parte importante de la política se ha quedado en X, lo que ha generado un círculo en torno al que se construye después la conversación política en la que todo el mundo participa, aunque quizás no se haga en un tono muy civilizado”. Eso, a su vez, ha tenido consecuencias. “El hecho de que X haya consolidado su posición ha terminado por encumbrar a los políticos faltones, agresivos polemistas e incluso mentirosos. Es decir, a los que saben remar a favor del algoritmo”.

La diferencia de X con el Twitter de hace diez años es enorme, pero puede que también la estemos amplificando de forma inconsciente. “Habría que preguntarse antes si aquel Twitter que ahora echamos de menos existió en algún momento”, se cuestiona Ekaitz Cancela, economista e investigador del grupo Tecnopolítica, de la Universitat Oberta de Catalunya. “Hemos asumido que las redes sociales representaban la promesa democrática que estaba en las plazas españolas en 2011 o en las primaveras árabes. Nos olvidamos de que entonces también convivía con el acoso o la aceleración de la vida, y que descansaba sobre el mismo negocio de hacer caja con nuestros datos. Lo que queda de aquello es sobre todo nostalgia”.

Ríos da otra clave que puede explicar el éxito del actual X: “Es un instrumento ideologizado muy entretenido en el que los contenidos ultras y agitadores de todo pelaje tienen paso preferente en el timeline de cualquier usuario, quiera o no quiera. Ya no vale para conversar sosegadamente, ni para encontrar información ordenadamente, ni para seguir en tiempo real la evolución de una emergencia, como los grandes incendios”, describe. “Y aún así, X conserva un ADN periodístico, más que nada por incomparecencia del resto de redes sociales, donde aún es más laborioso encontrar buena información”.

Ninguna otra plataforma ha logrado desarrollar un entorno como el de Twitter-X, reina en el espacio del microblogging o publicación de textos cortos (con imágenes, vídeos o audio). Meta, dueña de las dos redes sociales más grandes del mundo (Facebook, con más de 3.000 millones de usuarios activos mensuales, e Instagram, que roza los 3.000 millones), lo intentó con Threads, su versión de Twitter, pero no ha llegado a arrancar. Bluesky, que creció mucho gracias a usuarios exiliados de X, nunca ha rebasado la línea de los 40 millones, 14 veces menos que la red social de Musk.

just setting up my twttr

— jack (@jack) March 21, 2006

No es fácil hacerle sombra a X. “En la economía digital, ilusionar no basta. Lo importante es mantener a la gente conectada el mayor tiempo posible. Cuando en todas las redes sociales se valoriza el odio y la violencia, la promesa de una alternativa menos sesgada no es suficiente”, opina Cancela. “Bluesky reproduce la arquitectura de Twitter sin romper con su economía política de la atención: necesita crecer, retener usuarios y, tarde o temprano, monetizar la atención que acumula”.

El algoritmo de X ha hecho que sea una importante máquina de desinformación. Y que le guste a muchos dirigentes autocráticos. Por extraño que parezca, eso puede ser positivo para algunos colectivos. “X, al contrario que Signal, está poco restringida en el mundo. Es usada por perfiles muy heterogéneos, levanta menos sospechas. Todavía hay académicos que lo usan para poderse comunicar en entornos de represión, por ejemplo las personas afectadas por el genocidio de Gaza”, ilustra Lorena Jaume-Palasí, experta en ética y filosofía del derecho aplicadas a la tecnología y fundadora de Algorithm Watch o The Ethical Society. El hecho de que ofrezca la posibilidad de acceder a información no filtrada es una ventana para los lugares en los que los medios de comunicación están controlados por la Administración.

Un reciente estudio de IAB, la mayor asociación mundial de comunicación, publicidad y marketing digital, señala que muchos usuarios siguen informándose con X; otros no se van porque no quieren dejar un espacio tan importante a las voces del espectro ultra, y un tercer grupo sigue ahí porque disfruta asistiendo o participando en salseos políticos o reyertas por tuit interpuesto. “X ha hecho de la polarización una nueva forma de entretenimiento, una especie de bar del lejano Oeste americano donde uno puede optar por tomar un whisky apostado detrás del pianista o agarrar una silla del salón y mezclarse en la pelea”, concluye Ríos.

Contenido publicado el 14 de julio de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

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