La voz de Jorge Enrique Adoum
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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El título de esta columna tiene que ver con un poema o un intento de poema que, por ventura, no he podido encontrar. Lo esbocé hace muchos años, cuando creí que era por fin consciente de la influencia que tuvo Jorge Enrique Adoum (Ambato, 29 de junio de 1926 – Quito, 3 de julio de 2009) en mis búsquedas literarias, estéticas, intelectuales y políticas. Han pasado los años y, ahora lo sé, es muy difícil dimensionar la influencia de un autor que te marca en la adolescencia. Parafraseándolo diría que, a esa edad, leer a Adoum era como decir el mundo. Y es por eso que hoy, a horas de celebrar su centenario, me propongo volver a pensar en el poeta iniciático de mis lecturas.
Digo volver porque tengo la costumbre, cada cierto tiempo, quizá cuando más lo necesito, de releer mis poemas preferidos de Adoum. Es una experiencia curiosa. Vuelvo, de repente, a las barricadas del París de 1968 o al desentierro de los amantes de Sumpa, en la península de Santa Elena, ocho mil años antes del Cristo. Vuelvo, por ejemplo, a su cementerio personal, que fue también el mío, y recupero la visión que tuve entonces sobre varios de mis ídolos: Julio Cortázar, el cronopio, o Luz Helena Arizmendi, la madre de los hermanos Restrepo, poema, por lo demás, en el que resuena la lucha continental por los derechos humanos.
La experiencia es curiosa, precisamente, porque es un volver no sólo a las imágenes que recrean esos versos, sino a mi propia voz leyéndolos, cuando era un poco más que un niño y me aferraba a la poesía, leída en voz alta, como mi manera de habitar el lenguaje, que era como decir otra vez el mundo. La voz de Adoum narraba, en mi juventud, lugares impresionantes, como Hiroshima tras la bomba y, fundamentalmente, un país, casi siempre amargo y rara vez luminoso, que aparecía en casi todas sus páginas y que aún, pese a todos mis esfuerzos, me resulta difícil comprender del todo: Ecuador. Tan lleno de señas particulares, de contradicciones, de heroísmos e infamias, de una larga obsesión por repetir una y otra vez los errores de su historia.
En aquel tiempo inicial pensé mucho en Adoum. Creo que adoré al poeta, admiré al novelista, discutí y crecí con el intelectual, discrepé y concilié con el político. Pensé que tener todos sus libros era mi destino y, en arrebatos de amor o de ilusión, obsequié algunos de ellos, como si hubiese sido un pedazo de mí lo que entregaba. Con los años, y gracias a las librerías de viejo, he vuelto a reconstruir mi colección, empresa que logré concluir precisamente este año, cuando volvió a mí la primera edición de ‘Ciudad sin ángel’, su segunda y última novela.
Varias son las lecciones que de él obtuve en mi camino hacia la escritura. Por ejemplo, que los personajes son “(ya está dicho) un poco como Frankenstein, con órganos, lenguajes y actitudes que pertenecieron a él (se refiere a Gallegos Lara) y a otras personas, reales o imaginadas”, y como Frankenstein, un día se nos escapan de las manos y actúan por su cuenta. Aprendí que en todo lo que uno escribe, además de una propuesta estética, suele haber algo de confesión, porque la escritura es un acto tan público como íntimo. Y, quizá lo más importante, su obra me enseñó que el motor de la escritura y quizá uno de los grandes temas de la literatura, es el deseo, ese anhelo de abrazar aquello que no se tiene y que las palabras, y los silencios, dibujan como una visión que se evapora en el aire (the rest, diría Galo Gálvez, was not silence sino mierda).
No sabría como definir al poeta iniciático de una persona. Me gusta pensar que uno de los primeros pasos serios que di en la literatura fue buscarlo para proponerle una entrevista, para la revista de mi colegio. Era mayo de 2009. Hablamos por teléfono y me pidió que le enviara las preguntas a su correo electrónico. Me dijo que, por su salud, no podía recibirme, lo cual lamentaba más por él que por mí. Después de su muerte, que aconteció en julio, pude publicar la entrevista en una revista cultural y de prestigio. Mi abuela se sintió feliz. Durante muchos años fui tras los pasos de los escritores que amaba para que me guiaran en el camino, con más entrevistas. También creé un personaje que inventaba entrevistas a escritores para ganarse la vida. En cualquier caso, hay versos de Adoum que, al leerlos, se sienten como volver al hogar o al centro de mí mismo. Cuando los leo, insisto, escucho mi voz juvenil, pero también la voz de él en la llamada telefónica que ocurrió antes de todo. Antes de que responda las preguntas de mi entrevista. Antes de leer y leer como un demente. Antes de buscar, lo que no sé si se me ha perdido, en la literatura.